En Adán todos Mueren

A doctrina de la Caída, con todas sus horribles consecuencias, resplandece con terrible claridad en el libro de Dios: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

La doctrina de la Caída está en el fundamento de la expiación: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lc. 5:31). Jesús no vino “a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32). Vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Su gloriosa obra fue anunciada a José por el ángel, cuando dijo: Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

Mientras vemos a la entonces feliz pareja20, después de su terrible caída, nos vemos obligados a usar el lenguaje del profeta llorón: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!” (Lam. 4:1). El pecado de Adán fue un compuesto de incredulidad, orgullo, sensualidad, ingratitud y rebelión. La incredulidad, al dar crédito al tentador, más que a Dios. Orgullo, en el deseo de ser sabios como dioses, conociendo el bien y el mal. La sensualidad, en la lujuria por el fruto prohibido. Ingratitud, en alianza con los ángeles caídos. Rebelión, al pisotear la autoridad de Jehová.

El Apóstol dice: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Ti. 2:14). La serpiente sedujo primero a Eva con su sutileza y luego, Eva ganó una fácil conquista sobre su marido porque está escrito: “Y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gn. 3:6). Por este acto, Adán [cedió] a la gratificación pecaminosa de la tentación y se convirtió en un participante pleno de su culpa y miseria. En esta culpa, toda su descendencia estaba igualmente involucrada, pues está escrito: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Ro. 5:18). “… en Adán todos mueren,…” (1 Co. 15:22).

El efecto de la Caída fue la vergüenza, el compañero inseparable del pecado. “Y conocieron que estaban desnudos;…” (Gn. 3:7). La imagen de Dios se había ido. Su túnica de natural inocencia se había ido. Su paz y pureza se habían ido. ¡Horrible condición! De hecho, estaban en verdad, desnudos y sin protección ante todos los terrores de la justicia indignada de Dios y sin ninguna cobertura para apaciguar su ira.

Otro efecto de la Caída fue la oscuridad de la mente. “Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gn. 3:8). Asombrosa ceguera: esconderse de ese Ser, cuyos ojos son más brillantes que diez mil soles, que llena el cielo y la tierra con su presencia, y de quien no se esconde ningún secreto.

El miedo esclavizante fue otro fruto de la Caída. Cuando Dios le preguntó a Adán por qué se escondía, él respondió: “Tuve miedo” (Gn. 3:10). ¡Ah, qué tormento interior produjo el pecado en el alma de nuestros primeros padres! ¡Cómo cambió su condición! Ahora tenían miedo de mirar a Aquel cuya presencia era su cielo y su alegría.

La impiedad y la impenitencia fueron también los viles hijos de la Caída. Cuando Dios amonestó a Adán por comer del árbol del cual Él le había ordenado que no comiera, Adán respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Note la impiedad: “La mujer que me diste por compañera”, cargando la culpa sobre el Todopoderoso, como si hubiera dicho: “Si nunca me hubieras dado a esta mujer, nunca habría pecado contra ti”. ¡Oh! ¡Qué insulto impío a la benevolencia, bondad y amor divinos! Note también la impenitencia de Adán: “Ella me dio del árbol, y yo comí”, evadiendo la responsabilidad de haber comido el fruto que le dio Eva, como si se viera obligado a comer porque ella le presentó el fruto y como si su propia voluntad no tuviera nada que ver con ello.

No vemos aquí ninguna convicción de pecado, ninguna confesión de culpabilidad, ningún [remordimiento] a causa de ello. En el Jardín del Edén no se vieron signos de penitencia, ni de quebrantamiento de un corazón… Eva era tan mala como su marido. Ella, de la misma manera, se esforzó por [justificarse] diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gn. 3:13).

Ahora observa, oh alma mía; sí, observa con asombro, gratitud y amor la ilimitada gracia y misericordia de Jehová. Aquel que no perdonó a los ángeles que pecaron, proclamó una salvación rica y libre para el hombre rebelde. El Señor prometió un libertador, la simiente de la mujer, que hiriera la cabeza de la serpiente. En la plenitud de los tiempos, Jesús, el Salvador, nació de una virgen pura, nacido para salvar a su pueblo de sus pecados y para vencer los poderes de la muerte y el infierno. Este precioso Jesús es predicado ahora, a través del evangelio eterno a todos los hijos e hijas culpables de Adán, con la bendita seguridad de que todos los que creen en Él serán salvos.

De esta breve visión de la apostasía y la recuperación del hombre, es evidente que el hombre es el único autor de su destrucción y que su salvación es por gracia, totalmente gratuita, no buscada e inmerecida. A través de la Caída, el hombre perdió todo el poder espiritual y la voluntad de amar y servir a Dios. Pero por el pacto de la gracia, él recupera ambos, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

Una atenta lectura de los capítulos tercero y cuarto del Génesis convencerá a todo humilde indagador de la verdad, mediante la enseñanza del Espíritu divino, de que todo hombre nacido en este mundo, no merece otra cosa que la condenación eterna, puesto que “lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6) y “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50). “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7), fue la respuesta del Salvador al inquisitivo Nicodemo. El pecador puede poner reparos y discutir, pero su propio corazón lo condenará. Su propia vida lo condenará. La ley de Dios lo condenará. El pecado de su naturaleza, como hijo caído de Adán, lo condenará. Él no encontrará nada más que condenación aquí y juicio en el mundo venidero. Pero que mire fuera de sí mismo al segundo Adán, el Señor del cielo —a Jesucristo, el libertador prometido. Allí encontrará todo lo necesario para reparar las ruinas de la Caída—, sí, para elevarlo a un estado más glorioso, tanto como si Adán nunca hubiera pecado…

¡Un misterio asombroso! ¡Oh! ¡Maravillosa sabiduría de Dios!, al impartir así tanto bien a partir de tanto mal, y lo hizo para mostrar, aún más, las riquezas de su gloria y manifestar el resplandor de sus perfecciones; aunque Satanás desatara una terrible plaga sobre su nueva y justa creación.

Así, Satanás fue frustrado, y “así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:21). “Cantad loores, oh cielos, porque Jehová lo hizo; gritad con júbilo, profundidades de la tierra; prorrumpid, montes, en alabanza; bosque, y todo árbol que en él está; porque Jehová redimió a Jacob, y en Israel será glorificado” (Is. 44:23).

Con seguridad, sólo los tontos pueden burlarse del pecado… El orgullo, la malicia, la envidia, la murmuración, la impureza y toda abominación odiosa a un Dios santo, y destructiva para nuestra raza miserable, brotan de esta raíz venenosa. Cada partícula de pecado contiene una infinidad de maldad y merece la condenación eterna.

Pero, oh alma mía, si quieres ver el pecado en los colores más oscuros y en los efectos más terribles, ve a Belén y pregunta: “¿Por qué el Rey del cielo se convirtió en un niño de días? ¿Por qué estaba Él, que llena todo el espacio, envuelto en pañales y acostado en un pesebre?”. Ve a Getsemaní y pregunta: “¿Por qué el Dios encarnado agonizó y sudó grandes gotas de sangre?”. Ve al tribunal y pregunta: “¿Por qué se sometió a juicio el Juez soberano de los hombres y de los ángeles? ¿Por qué el inocente sufrió tales
indignidades? ¿Por qué fue condenado a morir el inocente?”. Ve al Calvario y pregunta: “¿Por qué el Señor de la gloria colgó del árbol maldito? ¿Por qué el Señor de la vida se dignó derramar su alma hasta la muerte?”.

Fue para salvarte de tu pecado, para redimirte de la maldición de la Ley al ser hecho maldición por ti, para liberarte de ir al infierno, convirtiéndose en tu rescate. Fue para merecer el cielo para ti por su preciosa expiación y obediencia hasta la muerte. Fue para comprar para vosotros el Espíritu eterno, por cuya poderosa ayuda podéis creer y amar, y deleitaros en este precioso Salvador, este adorable Redentor, este libertador Todopoderoso, a través del cual vuestros pecados son perdonados y por el cual tenéis acceso
a Dios como vuestro Padre reconciliado. ¡Oh alma mía! Alabado sea el Señor por su misericordia y nunca deje de hablar bien de su nombre.

El pecado —incluso tu pecado— clavó, traspasó y afligió al Señor de la gloria. ¡Oh! Entonces odien el pecado y evítenlo como si temblaran al clavar una lanza en el pecho de su Salvador, como si temblaran al pisotear su sangre sagrada. “La paga del pecado es muerte,…”. ¡Oh, pero regocijaos en esta amable declaración!: “…más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

De (Spiritual Exercises of the Heart), Reformation Heritage Books,


Thomas Reade (1776-1841): Laico inglés y autor; nacido en Manchester, Inglaterra, Reino Unido.