Celoso de Buenas Obras 3

Consideremos cómo nosotros mismos hemos sido apasionados y activos en los caminos del pecado: ¿Acaso no lo seremos aún más en los caminos de Dios? Muchos podríamos decir: “Cuando era malo y carnal, lo era de todo corazón y ¿seré menos ahora en un estado de gracia?”. El Apóstol lo dice de esta manera interesante: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación” (Ro. 6:19). Notemos cómo el Apóstol lo presenta con un prefacio: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad”, es decir, el hombre con sentido común y buen juicio considera que debe ser tan diligente en superarse para alcanzar
la altura de santificación y ser celoso de buenas obras, como lo fue para elevarse a la altura del pecado y ser celoso del infierno. ¿No debiéramos querer salvarnos como quisimos arruinarnos y condenarnos a nosotros mismos? Si nos apresurábamos a cometer perversidades como si ansiáramos ser condenados, ahora, por lógica, debiéramos ser tan celosos de Dios como lo fuimos de Satanás. Antes podíamos estar de juerga de día y de noche y ¿entonces, ahora no podemos pasar algunos días ayunando y orando? ¿Nos sentimos impacientes por cada hora que le dedicamos a Dios?… Es justo que nos propongamos, hasta donde nos permitan nuestras fuerzas, ser tan activos y celosos de Dios, y crecer en gracia como lo éramos para incrementar nuestro pecado y culpabilidad. Antes, no nos rendíamos porque queríamos hacer el mayor mal posible; ser tan perversos que hubiera sido imposible serlo más. ¿Por qué no debiéramos ahora procurar crecer en la gracia? ¿Puede una conversión ser correcta cuando el pecado ocupa más de nuestros pensamientos que los que ocupa Dios?…

Consideremos lo que Cristo ha hecho para comprar nuestra salvación. No fue un juego ni una broma redimir [a pecadores]. Cristo se entregó para ser tentado, para ser perseguido, para ser crucificado, para sufrir amargas agonías, ¿y para que todo este sacrificio no sirva para nada? Las tentaciones de Cristo y los sufrimientos de su cruz muestran que no es cosa fácil llevar un alma al cielo y, por lo tanto, ¿no hemos de ser celosos de Dios? El cristiano carnal e indiferente le resta importancia a los sufrimientos de Cristo, como si no fueran parte del plan de Dios para la salvación. Pierden el tiempo y lo consideran un complemento de la religión de modo que no es una cuestión indispensable para salvar sus almas: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” (Lc. 24:26) y “fue necesario que el Cristo padeciese” (24:46). Dios dispuso todo de manera que
ninguna otra cosa podía tomar su lugar. Que Cristo tuviera que sufrir fue ordenado de antemano.

Pero alguien puede objetar: “¡Cómo insiste usted en este celo e intensidad para hacer buenas obras con base en lo que Cristo ha hecho! Porque si él ya hizo tanto, ¿qué necesidad tenemos de más?”. Respondo: “Él se ha ido al cielo como Capitán de nuestra salvación y nosotros debemos ir en pos de él; ha ido para establecer en el cielo nuestro derecho a él, pero tenemos que esforzarnos en nuestra marcha hacia él. Canaán fue dada a Israel, pero tuvieron que tomar posesión de ella con la espada. [De igual manera], Caleb tuvo que vencer y echar fuera de Hebrón a los gigantes, aunque de antemano Dios le había dado esa ciudad. Por lo tanto, aunque el cielo ya nos ha sido dado y Cristo ya lo ha tomado por nuestro derecho, tenemos nuestras luchas antes de poseerlo;
sí, el poder de Satanás ha sido quebrantado, su calcañar ha sido herido, y, sin embargo, quedan algunas reliquias de la batalla que tenemos que vencer. Por lo tanto, seamos dedicados, seamos celosos hasta alcanzar la meta.

Consideremos lo aborrecible que es para Dios la falta de celo. No aceptará un espíritu frío, indiferente y neutral: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Ap. 3:16). Los creyentes fríos y perezosos, que no tienen más que formulismos muertos, son como agua tibia en el estómago. No hay nada que cause tantas náuseas al estómago como algo tibio. De manera similar, Dios vomitará con repugnancia a los tibios.

Consideremos lo deshonroso que es para el Dios viviente el que le sirvamos con un corazón muerto y sentimientos fríos, después de haber hecho un pacto con nosotros en términos tan gloriosos y nobles… “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:14). Dios, quien es un Dios viviente, debe contar con un servicio ferviente, pero los hombres lo adoran como un ídolo muerto… Lo que hacemos, tenemos que hacerlo de todo corazón y con todas nuestras fuerzas. Recordemos
que la fe cristiana no es fruto de nuestra imaginación. No adoramos las vanidades de los gentiles, por lo tanto, no seamos muertos, fríos e indiferentes. Adoramos al Dios vivo y merece que le sirvamos con vida, celo y toda la fuerza del amor.

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” en The Complete Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Nombrado como una de los tres secretarios de la Asamblea de Westminster. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.