Celoso de Buenas Obras 1

“Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Debemos anhelar hacer el bien y estar contentos de hacerlo. Celo es “un grado más elevado del amor”; cuanto más amamos,
más anhelamos demostrarlo. Es indudable que el celo por algo nos pone en acción inmediatamente para hacer todo voluntaria,
libre y alegremente, como sugiere el Apóstol: “Pues conozco vuestra buena voluntad, de la cual yo me glorío entre los de Macedonia, que Acaya está preparada desde el año pasado; y vuestro celo ha estimulado a la mayoría” (2 Co. 9:2). Estar atacando y argumentando a cada momento con el Espíritu de Dios no es celo. No somos llamados a la simple práctica de buenas obras, sino que tenemos que tomar la delantera, ser los más entusiastas y ser adalides. Estemos atentos para ver las oportunidades de hacer el bien y aprovecharlas. Debiéramos estar contentos por las oportunidades de demostrar nuestro afecto por Dios y nuestro
aborrecimiento por el pecado. Esto es celo: Estar dispuestos y anhelar hacer el bien.

Ser celoso es negarse a uno mismo y mantenerse firme a pesar de los desalientos. El celo es un afecto mezclado; en parte consiste de amor y, en parte, de indignación. Cuando soy celoso de algo, amo ese algo y aborrezco y me libro de todo lo que lo obstruye. El celo nos pone a trabajar y nos hace perseverar a pesar de los desalientos. El celo no vacila en trabajar duro o llevar una carga; ¡mayor es la dedicación, mayor es la gloria! Los hijos de Dios se alegran de que no pueden servir a Dios sin que les cueste algo, como declara David: “No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 S. 24:24). Los hombres, definitivamente, no son celosos y sus corazones no están firmes en los caminos de Dios cuando cualquier excusa débil y pequeña
ganancia material los aparta y cada pequeñez los afecta de modo que rompen su comunión con Dios y cada débil tentación interrumpe y echa por tierra todos sus propósitos y resoluciones relacionados con el deber y la obediencia, ya sea respecto de la oración, caridad o acciones rectas. Tenemos que ser decididos porque “bueno es mostrar celo en lo bueno siempre” (Gá. 4:18).

Ser celoso de buenas obras significa diligencia y seriedad para llevar la piedad a su nivel más elevado… ¿Acaso es celoso el que se contenta con un poquito de caridad o un poquito de adoración? La pereza e inactividad son opuestas al celo: “No perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Ro. 12:11). Esto es así cuando nuestro espíritu arde…Un gran afecto no se contenta con cosas mezquinas ni la escasez de santidad… Aquellos que están plantados en la Vid noble que es Jesucristo, están llenos de buenas obras.

Ser celosos de buenas obras es ser constantes hasta el final. El fuego sobre el altar nunca se apagaba, siempre se mantenía ardiendo; de la misma manera nunca dejemos que el fuego de nuestro celo se apague. Celo no es como el fuego en la paja. ¡Ay! los fervores repentinos que pronto desaparecen… En cambio, el verdadero celo es como el fuego de una brazada de leña cuyo calor es duradero: “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre” (Gá. 4:18). El celo auténtico no se esfuma apenas un momento como un ataque de entusiasmo, que no proviene de la santificación; por lo tanto, mantengamos nuestro fervor. Cuidémonos de todo decaimiento, especialmente cuando vamos envejeciendo. Las actividades de la juventud son muy apasionadas porque los jóvenes desbordan de entusiasmo y todos parecen estar llenos de ardor, pero a veces, estas actividades no son tan sinceras. En cambio,
las acciones en la madurez son más firmes, aunque muchas veces les falte vigor y ardor. Por lo tanto, procuremos conservar nuestro celo: “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó?” (Gá. 5:7). Cuando al hombre carnal se le acaba el entusiasmo, se da por vencido, se enfría, es negligente e indiferente a cuestiones religiosas…

LA RELACIÓN Y EL LUGAR DEL CELO EN LAS BUENAS OBRAS ES UNA CARACTERÍSTICA DEL PUEBLO DE DIOS Y UN FRUTO DE LA MUERTE DE CRISTO:

Es una característica del pueblo de Dios. Hay en la nueva criatura una predisposición e inclinación por hacer buenas obras. Como todas las criaturas han sido creadas con una inclinación por hacer lo correcto, esta predisposición en la nueva criatura es de realizar actos celestiales. Así como las chispas vuelan hacia arriba y las piedras caen hacia abajo, la nueva criatura es llevada a la obediencia y santidad por un principio de gracia interior… Las buenas obras son una característica de la nueva criatura: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef. 2:10). Así como un artífice pone una marca en su obra para identificarla, Dios coloca una marca visible en sus siervos; no crea una nueva criatura para obras de la vieja vida. Las buenas obras son testigos de que podemos ofrecer evidencia de la verdad y el poder de la gracia. Lutero dice: “Las buenas obras son la fe
encarnada”, es decir que la fe se manifiesta en ellas, tal como el Hijo se manifestó en la carne. Son testigos para el mundo, para nosotros y para Dios demostrando que de él somos. Son señales y testimonios para el mundo. Ésta es la insignia por la que Dios quiere que sean conocidos sus hijos, no por pompa y esplendor mundano, no por excelencias externas, riquezas, grandezas ni posesiones, sino por nuestro celo de buenas obras.

No hay árboles infértiles en el huerto de Cristo… Nuestro Padre es glorificado en sus siervos que dan mucho fruto: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Jn.15:8). Para Dios es muy importante; por eso dice en 1 Crónicas 16:29: “Dad a Jehová la honra debida a su nombre”. Ahora bien, es para honra de Dios que somos plantados e injertados en Cristo, a fin de abundar en buenas obras… Piensen que al igual que en un árbol la savia y la vida no están a la vista, pero se evidencia en su fruto, el celo de buenas obras es lo que se ve… Es la diferencia entre nosotros y los hipócritas; el hipócrita, al igual que un rubí, parece arder, pero al tocarlo, es muy frío. Lo mismo sucede con los que pretenden ser religiosos, hablan
mucho, pero no tienen verdadero celo ni calor espiritual. Es de notar que nuestro Señor mismo da prueba de su origen divino por medio de sus obras: “Aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn. 10:38). Lo mismo sucede con nuestras obras: Son evidencia sensible de que estamos en Cristo y Cristo en nosotros.

Las gracias no siempre se evidencian en sentir, sino en dar fruto, los efectos no se pueden esconder. Son señales y evidencias a Dios mismo. El Señor las considerará como marcas y evidencias de su pueblo… él producirá obras, a fin de que la fe de sus escogidos sea para alabanza y honra. No que Dios quiera evidencias de nuestra sinceridad, sino que quiere que todo el mundo sepa que no hemos sido estériles. El hombre que sabe que será interrogado se prepara para dar respuestas y daría mucho por saber las preguntas de antemano. Cristo nos ha dicho cuáles son las preguntas con las que seremos examinados y juzgados el Día del Juicio. Dirá: “¿Has alimentado y vestido a mi pueblo? ¿Has satisfecho sus necesidades? ¿Lo has consolado con amonestaciones y
exhortaciones espirituales? ¿Has sido bueno, santo y justo?” (ver Mt. 25:31-46). Por lo tanto, ocupémonos de poder dar una respuesta que no nos avergüence en el Día Final. Este celo de buenas obras ocupa el lugar de un testigo: Ante Dios, como la regla y medida de su proceso; a nosotros, como una razón de nuestra seguridad y al mundo como la gran vindicación del honor de la fe que profesamos.

Es el fruto de la muerte de Cristo… Es indudable que Dios no ha invertido todo este costo y trabajo para nada. No se propuso enviar a Cristo al mundo y Jesucristo no se entregó a sí mismo sin ningún propósito en mente, sino para hacer arder en nosotros el fuego de una gran piedad. Los que viven en un nivel bajo de santidad son una afrenta y deshonran todos los designios del evangelio. No muestran conciencia del amor de Dios a Cristo ni el amor de Cristo al darse a sí mismo. Nuestra redención se cumplió, no sólo para nuestro beneficio, sino también para que pudiéramos cumplir nuestros deberes en el nivel más elevado de piedad.

En parte, Cristo también nos dio el don del Espíritu, a fin de capacitarnos para buenas obras, sí, para que seamos celosos de ellas: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Ti. 3:5, 6). Ahora el Espíritu mora en nuestro corazón para impulsarnos a practicar nuestros dones. “El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14). Así lo afirma Juan 7:38-39, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él”. El Espíritu no es una fuente tapada, sino que sigue fluyendo. ¡El Espíritu de Dios es un Espíritu todopoderoso y penetra en el alma, no sólo como una brisa suave, sino como un fuerte viento! Viene, no sólo en la forma de paloma, sino como lenguas de fuego repartidas (Hch. 2). Viene como un Espíritu de poder para avivar y dar vida al alma elevándola a grandes alturas y dándole fervor por la obediencia.

Consideremos lo siguiente: Así como el hombre bajo la influencia de Satanás (el espíritu inmundo) es malo y es llevado como manada de cerdos al mar, el que es influenciado por el Espíritu de Dios es llevado con gran intensidad por el camino de Dios. El diablo no tiene las ventajas sobre sus instrumentos como las tiene el Espíritu de Dios sobre nosotros. El diablo obra y se manifiesta en todos los hijos de desobediencia: Es “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2), pero el diablo no puede obrar más que con el consentimiento del hombre, ni puede hacerlo de inmediato en el alma, sino en los sentidos y en su ilusoria imaginación; en cambio, Dios puede obrar inmediatamente en aquellos sobre los cuales tiene dominio. Por lo tanto, siendo influenciados por él, por fuerza son celosos y dedicados, porque el Espíritu de Dios no se mueve “en cámara lenta”… Cuando
el Espíritu manifiesta su poder en el alma, los que tienen el Espíritu Santo no lo toman a la ligera, como lo hacen los hombres carnales, sino en serio. No juegan con la fe cristiana, sino que hacen de ella su misión más importante para asombrar al cielo y tener una comunión constante con Dios: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11:12).

Continuará …

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” en The Complete Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Nombrado como una de los tres secretarios de la Asamblea de Westminster. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.