Las Escrituras y las buenas obras 2

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos el lugar correcto de las buenas obras. “Muchos, en su anhelo por apoyar la ortodoxia como un sistema, hablan de la salvación por gracia y fe de un modo que le restan importancia a la santidad y a la vida consagrada a Dios. Pero esto no se fundamenta en las Sagradas Escrituras. El mismo evangelio que declara que la salvación es dada libremente por la gracia de Dios por fe en la sangre de Cristo, también dice que la fe sin obras es muerta. Si por un lado asegura, de la manera más enfática, que el pecador es justificado por la justicia del Salvador que le es imputada cuando cree en él sin ninguna relación con las obras de la Ley, también nos asegura que sin santidad nadie verá a Dios, que los creyentes son limpios por la sangre de la expiación, que sus corazones son purificados por fe, que obra por amor y vence al mundo. La gracia que da salvación a todo hombre, enseña a todo el que lo recibe, que dejando toda impiedad y lascivias mundanas, deben vivir modesta, recta y devotamente en este mundo. Temer que la doctrina de la gracia
puede sufrir por inculcar debidamente las buenas obras sobre un fundamento bíblico denota un conocimiento inadecuado y muy defectuoso de la verdad divina. Y cualquier manipulación de las Escrituras con el fin de silenciar su testimonio a favor de los frutos de la justicia como algo absolutamente necesario en el cristiano, es una perversión y una falsificación de la Palabra de Dios”.

Pero, ¿qué fuerza (preguntan algunos) tiene este mandato de Dios de realizar buenas obras, cuando, a pesar de que no lo obedecemos, de igual manera somos justificados por la imputación de la justicia de Cristo, pudiendo ser salvos sin ellas? Una objeción sin sentido como ésta es por pura ignorancia del estado presente del creyente y su relación con Dios. Suponer que el corazón del regenerado no es tan eficazmente influenciado por la autoridad y los mandatos de Dios como para ser obedecidos como si fueron dados a fin de ser justificados, es ignorar lo que es la fe auténtica y los argumentos y motivaciones que afectan y constriñen principalmente la mente del cristiano. Además, es no tener en cuenta la conexión inseparable que Dios ha hecho entre nuestra justificación y nuestra santificación. Suponer que uno de los dos existe sin el otro es descartar todo el evangelio. El Apóstol trata justamente con esta objeción en Romanos 6:1-3.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la necesidad absoluta de las buenas obras. Está escrito que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22) y que “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6). Las Escrituras de la Verdad, también declaran: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14). La vida que viven los santos en el cielo no es más que la consumación plena de la vida que, después de la regeneración, viven aquí en la tierra. La diferencia entre ambas no es de tipos, sino de grados. “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Pr. 4:18). Si no hay un andar con Dios aquí en la tierra, no habrá una morada con Dios allá en el cielo. Si no hay una verdadera comunión con él en el tiempo, no la habrá con él en la eternidad. La muerte no obra ningún cambio vital en el corazón. Es cierto que los pecados dejados atrás cuando muere el santo, son dejados para siempre, pero en ese momento no se le imparte ninguna nueva naturaleza. Si antes de morir no aborrecía el pecado y amaba la santidad, tampoco lo hará después.

En realidad, nadie quiere irse al infierno, aunque son pocos los que están dispuestos a dejar el camino ancho que inevitablemente allí los lleva. A todos les gustaría ir al cielo, ¿pero están realmente dispuestos
y decididos los cristianos profesantes a andar por el camino angosto, el único que los puede llevar allí? Es a estas alturas que podemos discernir el lugar preciso que las buenas obras ocupan en relación con la salvación. No la merecen, pero son inseparables de ella. No obtienen un título en el cielo, pero están entre los medios que Dios ha dispuesto para que su pueblo llegue al cielo. Las buenas obras no son en ningún sentido lo que causa la obtención de la vida eterna, pero son parte del medio (como lo son la obra del Espíritu en nosotros y el arrepentimiento, la fe y la obediencia nuestras) que conduce a ella. Dios ha dispuesto el camino por el que tenemos que andar para llegar a la herencia que Jesús compró para nosotros. Una vida de obediencia diaria a Dios es lo único que nos da la felicidad que Cristo compró para su pueblo. Somos admitidos ahora por fe, entraremos en ella al morir y la disfrutaremos a plenitud cuando él vuelva.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la verdadera naturaleza de las buenas obras… La verdadera naturaleza de las “buenas obras” fue demostrada perfectamente por el Señor Jesús. Todo lo que hizo fue en obediencia a su Padre. Él no “se agradó a sí mismo” (Ro. 15:3), sino que obedeció las órdenes de Aquel que lo envió (Jn. 6:38). Pudo decir: “yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). No había límites cuando Cristo se sometía a la voluntad del Padre. Él siempre fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Asimismo, todo lo que hizo procedía de su amor al Padre y a su prójimo. El amor es el cumplimiento de la Ley; sin amor, el cumplimiento de ley no es sino una sujeción servil que no puede ser aceptable a Aquel que es Amor. La prueba de que la obediencia de Cristo fluía del amor se encuentra en sus palabras: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). Igualmente, todo lo que hacía Cristo buscaba la gloria del Padre: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn. 12:28). En todas sus acciones revelaba siempre su motivación.

La Palabra nos es provechosa cuando nos enseña el verdadero alcance de las buenas obras. Esto es tan amplio que incluye el cumplimiento de nuestras obligaciones en cada relación en la que Dios nos ha colocado. Es interesante e instructivo notar que la primera “buena obra” (que describen) las Escrituras es la unción del Salvador por parte de María de Betania (Mt. 26:10; Mr. 14:6). Indiferente por igual a la gloria o la crítica de los hombres, con sus ojos puestos solamente en el “señalado entre diez mil”, le prodigó su precioso ungüento. Otra mujer, Dorcas (Hch. 9:36), se menciona como alguien que “abundaba en buenas
obras”; después de adorar al Señor sale del recinto de adoración y se consagra al servicio que glorifica a Dios entre los hombres y beneficia a sus prójimos.

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra” (Col. 1:10). La crianza de los hijos (sin provocarlos a ira), practicar la hospitalidad (espiritual); lavar los pies de los santos (satisfacer necesidades temporales) y socorrer a los afligidos (1 Ti. 5:10) son acciones llamadas “buenas obras”. A menos que nuestra lectura y estudio de las Escrituras nos convierta en mejores soldados de Jesucristo, mejores ciudadanos de nuestro país, mejores miembros de nuestra familia terrenal (más buenos, gentiles y generosos) “enteramente preparados para toda buena obra”, poco o nada nos aprovecha.

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

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A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.