Las Escrituras y las buenas obras 1

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16, 17).

Al hombre, dejado a su suerte, siempre le ha sido imposible discernir la verdad entre lo que parecen ser doctrinas conflictivas, como son la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre; la elección por gracia y la proclamación universal del evangelio; la justificación por la fe de Pablo y la demostración de la fe por las obras de Santiago. Con demasiada frecuencia, donde se ha insistido en la soberanía absoluta de Dios, se ha ignorado la responsabilidad del hombre y donde se ha mantenido con firmeza la elección incondicional, se ha descuidado la predicación sin límites del evangelio a los incrédulos. Por otro lado, donde se ha enfatizado la responsabilidad humana y un ministerio evangélico, la soberanía de Dios y la verdad de la elección, por lo general se han ido reduciendo o se han ignorado por completo.

Muchos de nuestros lectores han visto ejemplos que ilustran la verdad presentada en el párrafo anterior, pero pocos se percatan de que existe exactamente la misma dificultad cuando se intenta mostrar la
relación precisa entre fe y buenas obras. Si, por un lado, algunos han errado atribuyéndoles a las buenas obras un lugar que las Escrituras no justifican, por otro lado, algunos no le dan a las buenas obras la
función que las Escrituras les asignan. Si, por un lado es un error grave adjudicar nuestra justificación delante de Dios a algo que nosotros hacemos, por otro lado, son igual de culpables los que niegan que las buenas obras son necesarias para poder llegar al cielo y afirman que son simplemente evidencias o frutos de nuestra justificación. Sabemos muy bien que estamos ahora, por así decir, en terreno difícil, y que corremos el peligro de ser acusados de herejía. No obstante, consideramos indispensable buscar la ayuda divina al encarar esta dificultad y luego dejarla en sus manos.

En algunos sectores, las demandas de la fe, aunque no totalmente negadas, han sido degradadas debido al celo por magnificar las buenas obras. En otros círculos, conocidos como ortodoxos (y son los que ahora
tenemos principalmente en mente), rara vez se les adjudica a las buenas obras el lugar que les corresponde y, muy pocas veces, reciben los creyentes exhortaciones serias para que las realicen. Sin duda, a veces esto se debe al temor de valorar menos la fe y llevar al pecador al error de confiar más en sus propias acciones que en la justicia de Cristo. Pero estos temores no debieran impedir que el predicador declare “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27)… ni que olvide el mandato divino: “que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tit. 3:8).

Este versículo recién citado es el más pertinente para estos días de libertinaje y liberalismo, de profesiones de fe que nada valen y de jactancia vacía. La expresión “buenas obras” aparece en el Nuevo Testamento en plural o en singular más de treinta veces, no obstante lo cual muchos predicadores reconocidos por lo correcto de su fe, rara vez los usan, enfatizan y se explayan en ellos, tanto que muchos que los escuchan podrían llegar a la conclusión de que esas palabras aparecen una o dos veces en la Biblia…Además, Efesios 2:8-10 afirma que Dios ha juntado dos cosas benditas de vital importancia que nunca deben ser separadas en nuestro corazón ni en nuestra mente, a pesar de que muy a menudo se las separa en el púlpito moderno. ¿Cuántos sermones se predican basados en estos primeros dos versículos que declaran con tanta claridad que la salvación es por fe y no por obras? Y por otro lado, casi nunca nos recuerdan que la frase que comienza con gracia y fe, se completa en el versículo 10, que nos dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Iniciamos esta serie destacando que la palabra de Dios puede usarse por diversos motivos y leída con diferentes intenciones, pero que 2 Timoteo 3:16-17, da a conocer para qué es realmente “útil”, de hecho para adoctrinar o enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia y todo esto para que “el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”… consideremos ahora cómo es que nos prepara para “toda buena obra”. Hay aquí otro criterio vital por el cual el alma sincera, con la ayuda del Espíritu Santo, puede juzgar si su lectura y estudio de la Palabra, en realidad le está siendo provechosa.

Continuará …

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

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A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.