Obras, Gracia y Salvación 2

El primero es esta cuestión de las obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Siempre es en relación con las
obras que somos más susceptibles de jactarnos. Es aquí donde el diablo nos tienta a todos de una manera muy sutil. ¡Obras! Esa era la razón por la cual los fariseos eran los peores enemigos de Jesucristo: no porque simplemente hablaban, sino porque realmente hacían. Cuando aquel fariseo dijo: “ayuno dos veces a la semana”, estaba diciendo la verdad. Cuando dijo: “doy diezmos de todo lo que gano” era exactamente lo que hacía (Lc. 18:12). No era que los fariseos simplemente dijeran que hacían cosas, en realidad las hacían. Y por esto, resintieron tanto la predicación del Hijo de Dios y fueron los más responsables de su crucifixión. ¿Es demasiado decir que siempre es más difícil convertir a una persona buena que a una mala? Creo que la historia de la Iglesia da prueba de ello. Los peores opositores de la religión evangélica han sido siempre gente buena y religiosa. Algunos de los perseguidores más crueles en la historia de la Iglesia han sido de esta clase. Los santos siempre han sufrido al extremo a manos de gente buena, moral y religiosa. ¿Por qué? Por las obras. El verdadero evangelio siempre denuncia la dependencia de las obras y el orgullo por las obras y el jactarse de las obras, y la gente así no puede soportarlo. Toda su posición se basa en eso: En lo que son y lo que han hecho y lo que siempre han estado haciendo. Ésta es toda su posición y si se les quita eso, no tienen nada. Por lo tanto, aborrecen tal predicación y se defenderán hasta el último suspiro. El evangelio nos convierte en mendigos a todos.
Nos condena a cada uno. Nos desnuda. Pablo argumenta en todas partes que no hay diferencia ante Dios, entre el gentil que está fuera del redil y el judío religioso. “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Las
obras deben continuar, pero no ser motivo de jactancia. Sin embargo, tenemos la tendencia de jactarnos de ellas. Nos jactamos de nuestra vida recta, de nuestras buenas obras, de nuestras prácticas religiosas, de nuestra asistencia a los cultos (y particularmente si asistimos temprano en la mañana) y de muchas cosas más. Estas son las cosas, o sea, las actividades religiosas, que nos hacen cristianos. Ese es el argumento.

Pero el Apóstol expone y denuncia todo esto y lo hace, sencillamente, diciendo que hablar de las obras es volver a estar bajo la Ley. Dice que si usted piensa que su vida recta es lo que lo hace cristiano, está
volviendo a estar bajo la Ley. Agrega que hacerlo es inútil, por esta razón: Si vuelve a ponerse bajo la Ley, se condena a sí mismo porque “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20). Si trata usted de justificarse por su vida y por sus obras, va rumbo a la condenación porque las mejores obras del hombre no son suficientes a los ojos de Dios. La Ley ha condenado a todos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Por tanto, dice Pablo, no sean necios, no le den la espalda a la gracia porque al hacerlo, van camino a la condenación. Las obras de ningún hombre serán jamás suficientes para justificarlo a los ojos de Dios. ¡Qué necio pues, es volver a estar bajo las obras!

Pero no sólo eso, sigue explicando en el versículo diez, hacerlo es poner las cosas al revés. La gente como la mencionada, cree que por sus buenas obras se convierte en cristiana, mientras que Pablo dice
que es exactamente lo contrario: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. La tragedia es que las gentes piensan que hacer ciertas cosas y evitar otras, y que ayudar a los demás, es la manera de llegar a ser cristianos. “¡Qué ceguera!”, dice Pablo. La manera de considerar las buenas obras es ésta: Dios nos convierte en cristianos a fin de que podamos hacer buenas obras. No es cuestión de que las buenas obras conduzcan al cristianismo, sino que el cristianismo conduce a las buenas obras. Es exactamente lo contrario de lo que la gente tiende a creer. Por lo tanto, no hay nada que sea tan completamente contradictorio a la verdadera posición cristiana que esta tendencia de jactarse de las obras y de pensar que por lo que somos y hacemos nos convertimos en cristianos. ¡No! Dios hace que la persona
llegue a ser cristiana por gracia, por medio de la fe, y luego, siendo cristiana ésta hace sus buenas obras. La jactancia queda excluida en lo que llegar a ser cristiano se refiere. No debemos jactarnos de nuestras obras. Si de alguna manera somos conscientes de nuestra bondad o si estamos dependiendo de algo que hemos hecho, estamos negando la gracia de Dios. Es lo opuesto al cristianismo.

Pero, por desgracia, no son sólo las obras y acciones las que tienden a insinuarse. Hay algo más: ¡La fe! La fe tiende a entrar y hace que nos jactemos. Hay mucha controversia sobre el versículo 8 de Efesios 2:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La gran pregunta es a qué se refiere el “esto”. Y hay dos corrientes de opiniones. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [o sea la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”, dice una corriente. Pero según la otra corriente, el “esto” no se refiere a la “fe”, sino a la “gracia” mencionada al principio de la frase: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [esta posición de gracia] no de vosotros, pues es don de Dios”. ¿Es posible resolver la disputa? No lo es. No es una cuestión de gramática, no es una cuestión de palabras… es una cuestión que no puede ser resuelta. Y hay un sentido en el que realmente no importa para nada porque, al final de cuentas, resulta lo mismo. O sea que es importante que evitemos convertir a la fe en “obras”.

Pero hay muchos que lo hacen. Convierten su fe en un tipo de obras. Existe en nuestros días una enseñanza popular sobre evangelización que afirma que la diferencia en el Nuevo Testamento es la siguiente: En el Antiguo Testamento, Dios se dirigió a su pueblo y dijo: “Ésta es mi Ley, estos son los Diez Mandamientos, cúmplanlos y les perdonaré, y serán salvos”. Pero siguen diciendo, ahora no es así. Dios ha descartado todo eso, ya no hay ninguna Ley. Dios simplemente dice: “Cree en el Señor Jesucristo” y si lo haces, serás salvo. En otras palabras, dicen que por creer en el Señor Jesucristo el hombre se salva a sí mismo. Esto es convertir a la fe en obras porque indica que nuestra acción es lo que nos salva. En cambio, el Apóstol dice “esto”. Si “esto” se refiere a la fe o a la gracia no importa; “usted es salvo”, dice Pablo, “por gracia… y esto no de vosotros”. Si es mi creencia lo que me salva, me he salvado a mí mismo. Pero Pablo dice “no de vosotros”, no se trata de mí mismo, por lo que nunca debo hablar de mi fe de manera que sea “de mí”. Y no sólo eso. Si llegara a ser cristiano de esa manera, entonces me da algo de razón para jactarme; pero Pablo dice: “no por obras, Algunas autoridades en la lengua griega creen que esto se refiere a toda la frase “porque por gracia sois salvos por medio de la fe”, lo cual incluye la fe para que nadie se gloríe”. El jactarme tiene que ser totalmente excluido.

Por lo tanto, cuando pensamos en la fe, hemos de tener cuidado de considerarla con base en eso. La fe no es la causa de la salvación. Cristo es la causa de la salvación. La gracia de Dios en el Señor Jesucristo es la causa de salvación y nunca debemos hablar de modo que presentamos a la fe como la causa de nuestra salvación. Entonces, ¿qué es la fe? La fe no es más que el instrumento por medio del cual nos llega. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe”. La fe es el canal, es el instrumento por medio del cual nos llega esta salvación que es por la gracia de Dios. Somos salvos por gracia “por medio de la fe”. Ésta es simplemente el medio por el cual la gracia de Dios que salva, entra en nuestra vida. Por ende, tenemos que tener siempre mucho cuidado de nunca decir que el hecho de que creemos es lo que nos salva. Creer no salva. La fe no salva. Cristo salva, Cristo y su obra consumada. No nuestra creencia, no nuestra fe, no nuestro entendimiento, nada que podamos hacer nosotros; “no de vosotros”, “la jactancia queda excluida”, “por gracia, mediante la fe”.

Es indudable que toda la finalidad de los tres primeros versículos de este capítulo es mostrar que no hay otra posición posible. ¿Cómo puede el “muerto” en delitos y pecados salvarse a sí mismo? ¿Cómo puede
el hombre “muerto”, cuyo corazón está “enemistado contra Dios” (porque eso es lo que la Biblia nos dice del hombre natural), hacer algo meritorio? Es imposible. Lo primero que nos sucede, nos ha dicho el
Apóstol en los versículos 4 al 7, es que Dios “nos dio vida”. Puso una nueva vida dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque sin vida nada podemos hacer. Lo primero que necesita el pecador es vida. No puede pedirla
porque está muerto. Dios le da vida y demuestra que la tiene creyendo en el evangelio. Tener vida es el primer paso. Es lo primero que sucede. Yo no pido tener vida. Si lo pidiera, no necesitaría que me
dieran vida porque ya la tengo. Pero estoy muerto y soy un enemigo, y estoy en contra de Dios; no entiendo y estoy lleno de odio. Pero Dios me da vida. Me ha dado vida juntamente con Cristo. Por lo tanto, jactarse queda totalmente excluido, tanto jactarse de las obras como jactarse de la fe. La jactancia tiene que quedar excluida. La salvación es exclusivamente de Dios.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.