Obras, Gracia y Salvación 1

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. (Efesios 2:8-10).

Somos cristianos total y exclusivamente como resultado de la gracia de Dios. Recordemos que gracia significa “favor inmerecido”. Es una acción que surge enteramente del carácter divino lleno de gracia. Entonces, la proposición fundamental es que la salvación es algo que nos viene enteramente de parte de Dios. Lo que es aún más importante es que, no sólo viene de parte de Dios, sino que viene a pesar de nosotros mismos, es un favor “inmerecido”. Es decir, no es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Hay muchos que parecen creer que lo es, que la salvación es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Pero la palabra gracia niega eso. Es a pesar de nosotros. El Apóstol, como hemos visto, se ha preocupado mucho por afirmar esto… Préstele atención: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” y luego, en lugar de seguir con su tema, dice en paréntesis “(por gracia sois salvos)” (Ef. 2:5). Aquí lo dice un poco más explícitamente. La salvación no es en ningún sentido la respuesta de Dios a algo en nosotros. No es algo que en ningún sentido merezcamos o nos ganemos. La esencia total de la enseñanza aquí y en todo el Nuevo Testamento es que no tenemos ningún derecho a la salvación; que no
merecemos nada más que castigo y el infierno y ser quitados de la presencia de Dios por toda la eternidad y que, sin embargo Dios, por su propio amor, gracia y maravillosa misericordia, nos ha otorgado esta salvación. Ese pues, es el significado más exacto del término gracia.

Continuemos con este tema que enfocaron los siete versículos anteriores. ¿Cuál es la finalidad de esos versículos? ¿No es simplemente para mostrarnos el mismo tema negativa y positivamente? ¿Cuál es la
finalidad de esa horrible descripción del hombre natural como resultado del pecado en los primeros tres versículos de Efesios 2, sino para mostrar que el hombre, por estar en pecado, sólo merece castigo? Es
hijo de ira por naturaleza y, no sólo por naturaleza, sino también por su comportamiento, su conducta, por toda su actitud hacia Dios, viviendo según las normas de este mundo, siendo gobernado por el príncipe de la potestad del aire. Esa es la clase de criatura que es: Muerta en sus delitos y pecados, una criatura de pasiones, deseos de la carne, “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Ef. 2:3). No hay descripción posible más atroz. Es imposible imaginar un estado peor. Una criatura así, ¿puede merecer algo? ¿Tiene tal criatura derecho alguno a estar en la presencia de Dios? ¿Puede presentarse con un pedido o una exigencia? La finalidad del Apóstol es declarar que una criatura tal no merece nada de parte de Dios, sino justo castigo. Y luego se prepara para presentar su gran contraste: “pero Dios”… Y todo el propósito de eso es indudablemente exaltar la gracia y la misericordia de Dios, y mostrar que, aunque el hombre no merece nada de nada, Dios no sólo le da, le da generosamente y hasta lo colma de las “abundantes riquezas de su gracia” (Ef. 2:7).

Ese, por lo tanto, es el primer principio: Somos cristianos, total y exclusivamente, como resultado de la gracia de Dios. Me he referido a ese quinto versículo porque es de suma importancia en esta discusión.
Notemos la manera cómo el Apóstol lo insertó aquí, lo deslizó, lo insinuó. ¿Por qué lo hizo? Notemos el contexto. Dice que cuando “aun estando nosotros muertos en pecados”, Dios nos dio vida. Allí de inmediato agrega: “…por gracia sois salvos”. Si no lo comprendemos a estas alturas, no lo comprende-remos nunca. Lo que ha estado diciendo es esto: Estábamos muertos, lo que significa totalmente sin vida, y, por lo tanto, sin ningún tipo de habilidad y, necesariamente, lo primero era que nos vivificara, que nos diera vida. Y dice que eso es exactamente lo que Dios ha hecho por nosotros. Por lo tanto dice: “¿No lo entienden? Es por gracia que sois salvos”. Lo incluye aquí obviamente por esa razón. Es la única conclu-sión a la que podemos llegar. Las criaturas que se encontraban espiritualmente muertas, ahora están vivas, ¿cómo sucedió? ¿Puede un muerto resucitarse a sí mismo? Imposible. Hay sólo una respuesta: “Por gracia sois salvos”. Llegamos, por lo tanto, a esta conclusión inevitable: Somos cristianos en este instante, total y exclusivamente por la gracia de Dios.

El Apóstol nunca se cansaba de decirlo. ¿Qué más podía decir? Cuando recordaba aquel Saulo de Tarso blasfemo, que aborrecía a Cristo, a la Iglesia Cristiana, que respiraba amenazas y muerte y se empeñaba por exterminar al cristianismo; y luego observaba cómo era ahora, ¿qué más podía decir que: “Soy lo que soy por la gracia de Dios?”. Y tengo que confesar que no puedo comprender cómo ningún cristiano puede observarse a sí mismo y decir algo diferente. Cuando se arrodilla usted ante Dios y no percibe que sólo es “un deudor de su misericordia”, confieso que no lo entiendo. Tiene algo trágicamente defectuoso, ya sea en su sentido de pecado o en su comprensión de la grandeza del amor de Dios. Éste es un tema constante del Nuevo Testamento, es la razón por la cual los santos, a través de los siglos, siempre han alabado al Señor Jesucristo. Ven que cuando no tenían ninguna esperanza, cuando estaban realmente muertos y eran viles y repugnantes, “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3), como lo expresa Pablo cuando le escribe a Tito, Dios posó su vista sobre ellos. Mientras éramos “aún pecadores”, “siendo enemigos” (Ro. 5:8, 10) —estando enemistados, sabiéndonos extraños, viviendo totalmente
opuestos a él— fuimos reconciliados con Dios por medio de su Hijo. No podemos dejar de ver que es por gracia y sólo por gracia que somos cristianos. Es algo enteramente inmerecido, es sólo como resultado de
la bondad de Dios.

La segunda proposición, como lo he indicado, es presentada por el Apóstol en una forma negativa. Dice que el hecho de que seamos cristianos, no nos da ningún derecho a jactarnos. Esa es la forma negativa de la primera proposición. La primera es que somos cristianos, total y exclusivamente como resultado la gracia de Dios. Por lo tanto, en segundo lugar, tenemos que decir que el hecho de ser cristianos no nos da ningún derecho a jactarnos. El Apóstol lo dice en dos declaraciones. La primera es: “esto no de vosotros”. Pero no se conforma con eso, tiene que ser aún más explícito con estas palabras: “para que nadie se gloríe”. Tenemos aquí dos declaraciones de vital importancia. Es indudable que nada puede ser más fuerte que esto: “no de vosotros, para que nadie se gloríe”. Este tiene que ser siempre la prueba crucial de nuestro concepto de la salvación y de lo que nos hace cristianos.

Examínese por un momento. ¿Cuál es su idea de usted mismo como cristiano? ¿Cómo llegó a ser cristiano? Serlo, ¿de qué depende? ¿Cuál es el antecedente, cuál es la razón? Esa es la pregunta crucial, según el Apóstol la prueba vital. Su idea de cómo llegó usted a ser cristiano, ¿le dio algún derecho de jactarse de sí mismo? ¿Refleja de alguna manera sus propios méritos? De ser así, de acuerdo con esta declaración —y no vacilo en decirlo— usted no es cristiano. “No de vosotros, para que nadie se gloríe”. En el tercer capítulo de la epístola a los Romanos, el Apóstol lo dice con más claridad todavía. Hace su pregunta. Aquí, dice, está el camino de salvación y enseguida pregunta en el versículo 27: “¿Dónde, pues, está la jactancia?”. Y contesta diciendo: “Queda excluida”, fue echada por la puerta y se puso bajo llave. Aquí no hay ningún lugar para esto.

No es de sorprender que al apóstol Pablo le gustara tanto expresar esto en esa manera particular porque antes de su conversión, antes de ser cristiano, sabía mucho de jactancias. Nunca hubo alguien más
satisfecho de sí mismo, ni más seguro de sí mismo que Saulo de Tarso. Estaba orgulloso de sí mismo en todo sentido: Orgulloso de su nacionalidad, orgulloso de la tribu israelita en que había nacido, orgulloso
del hecho que había sido educado como fariseo y a los pies de Gamaliel, orgulloso de su religión, orgulloso de su moralidad, orgulloso de sus conocimientos. Nos revela todo esto en el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses. Se jactaba. Se ponía de pie y afirmaba, por así decir: “¿Quién puede negar esto? Aquí estoy, un hombre bueno, moral y religioso. Vean cómo cumplo mis deberes religiosos, vean cómo vivo mi vida, véanme en todo sentido; me he entregado a esta vida pía, santa y estoy satisfaciendo a Dios”. Esa era su actitud. Se jactaba. Se creía ser un hombre así y que había vivido de una manera de la que podía sentirse orgulloso. Jactancioso es una de las palabras que mejor lo describían. Pero cuando fue salvo, comprendió que una de las mayores diferencias de ser cristiano le significó que todo eso fue echado fuera y era irrelevante. Por eso es que usaba un lenguaje bastante fuerte. Cuando recordaba todo de lo que tanto se jactaba, decía que estimaba todo como: “pérdida y basura”. No se conformaba con decir que era malo; era vil, sucio, repugnante. ¿Jactancia? ¡Excluida! Pero el Apóstol conoce tan bien el peligro que esto representa, que no se conforma con una declaración general, sino que indica dos sentidos en particular en que somos más susceptibles de jactarnos.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.