El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 1


“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:10).

¿Por qué se regocijan los moradores del cielo cuando se arrepienten los pecadores?… Dios no se regocija en el
arrepentimiento de pecadores porque pueda agregar algo a su felicidad o gloria esencial. Él ya es infinitamente glorioso y feliz, y lo seguiría siendo aunque todos los hombres sobre la tierra y todos los ángeles del cielo se lanzaran frenéticamente al infierno… Entonces, ¿por qué se regocija Dios cuando nos arrepentimos?

Se regocija porque entonces sus propósitos eternos de gracia y sus compromisos con su Hijo se cumplen. Aprendemos de las Escrituras que todos los que se arrepienten fueron escogidos por él en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo y que se los dio como pueblo suyo en el pacto de redención…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque traerlos al arrepentimiento es obra de él mismo. Es una consecuencia del don de su Hijo y se efectúa por el poder de su Espíritu. Las Escrituras nos informan que él se regocija en todas su obras. Se regocija en ellas con razón, pues todas son muy buenas. Si se regocija en sus demás obras, mucho más se regocija en esta, pues de entre todas sus obras es la más grande, la más gloriosa y la más digna de él. En esta obra, la imagen de Satanás es borrada y la imagen de Dios restaurada en el alma mortal. En esta obra, el
hijo de ira se transforma en heredero de gloria. En esta obra, el hierro candente es quitado del fuego eterno y plantado entre las estrellas en el firmamento celestial, ¡para allí brillar con una luz cada vez más esplendorosa para toda la eternidad! ¿No es cierto que esta es una obra digna de Dios, una obra en la que Dios puede… regocijarse?

Dios se regocija en el arrepentimiento de los pecadores porque esto le brinda una oportunidad de hacer misericordia y demostrar su amor por Cristo al perdonarlos en su nombre. Cristo es su Hijo amado en quien siempre se complace. Lo ama como se ama a sí mismo con un amor infinito, un amor que para nosotros es imposible de concebir tal como lo
son su poder creativo y duración eterna. Ama [a Cristo] no solo por su relación cercana y la unión inseparable que subsiste entre ellos, sino también por la santidad y la excelencia de su carácter, especialmente por la benevolencia infinita que demostró al hacerse cargo la gran obra de la redención del hombre y cumplirla. Como es la naturaleza del amor manifestarse en actos bondadosos hacia el objeto amado, Dios no puede menos que querer demostrar su amor por Cristo y mostrarles a todos los seres inteligentes lo totalmente complacido que está con su carácter y conducta como Mediador…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque le satisface verlos escapar de la tiranía y las consecuencias del pecado. Dios es luz: santidad perfecta. Dios es amor: benevolencia pura. Su santidad junto con
su benevolencia lo impulsa a regocijarse cuando los pecadores escapan del pecado. El pecado es esa cosa abominable que él aborrece. Lo aborrece por ser algo impío o maligno y algo amargo o destructivo. Indudablemente es ambas cosas. Es la plaga, la lepra, la muerte de seres inteligentes. Infecta y envenena todas sus facultades. Los hunde en las profundidades más bajas de culpabilidad y desdicha y los contamina con una mancha, la cual ni todas las aguas del mar pueden quitar, que todos los fuegos del infierno no pueden quitar, de la cual nadie los puede limpiar sino la sangre de Cristo.

Tal es la perversidad de su naturaleza que si pudiera ser admitido en las regiones celestiales, instantáneamente transformaría a los ángeles en demonios y convertiría el cielo en el infierno… El pecado ya ha transformado a ángeles en demonios. Ya ha convertido a este mundo de ser un paraíso a ser una prisión… Ha traído la muerte al mundo y todas nuestras desgracias… Aun ahora anda por toda la tierra acechando a nuestro mundo subyugado, trayendo ruina y sufrimiento de diez mil diferentes maneras. En su estela deja pleitos y discordias, guerras y derramamientos de sangre, hambrunas y pestilencia, dolor y enfermedad…

Consideren estos males consumados, y para saber la medida entera de la desdicha que tiende a producir el pecado, tienen que seguirla hasta la eternidad. [Tienen] que descender a esas regiones donde la paz y la esperanza nunca llegan. Allí, por la luz de la revelación, contemplen el pecado tiranizando a sus desdichadas víctimas con furia incontrolable, avivando el fuego inextinguible y afilando los dientes del gusano inmortal. Vean ángeles y arcángeles, tronos y dominios, principalidades y poderes despojados de toda su gloria y hermosura original, amarrados con cadenas eternas y ardiendo de furia y malicia contra aquel Ser en cuya presencia antes se gozaron y cuyas alabanzas antes cantaron. Vean multitudes de la raza humana en agonías indescriptibles de angustia y desesperación, maldiciendo al Regalo, al Dador del regalo y Prolongador de su existencia, anhelando en vano ser aniquilados para dar fin a sus sufrimientos. Síganlos a través de largas, largas eras de eternidad y véanlos hundiéndose cada vez más en el abismo sin fondo de la ruina, blasfemando perpetuamente a Dios por sus plagas, y recibiendo el castigo de estas
blasfemias en continuos agregados a sus desdichas. Tal es la paga del pecado. Tal es la condenación inevitable del impenitente hasta el final.

Desde estas profundidades de angustia y desesperación, alcen su mirada a las mansiones de los benditos y vean a qué alturas de gloria y felicidad la gracia de Dios elevará a todo pecador que se arrepiente. Vean a aquellos que han sido así favorecidos en los éxtasis indescriptibles de gozo, amor y alabanza, contemplando a Dios cara a cara, reflejando su imagen perfecta, brillando con un esplendor como el de su glorioso Redentor. Véanlos llenos de la plenitud de la Deidad y bañándose en esos ríos de placer que fluyen eternamente a la diestra de Dios… ¡Contemplen esto, y luego digan si la santidad y benevolencia infinita no tiene razón para regocijarse por cada pecador que por arrepentimiento escapa de las desventuras y se asegura la felicidad aquí descritas con tanta imperfección!

Continuará …

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.