El Arrepentimiento y el Juicio Universal 3

Ahora ha llegado el gran periodo en que el estado final y eterno de la humanidad ha sido determinado sin posibilidad de cambios. Desde esta era de primordial importancia, su felicidad o infelicidad sigue en un tenor
uniforme e ininterrumpido: ningún cambio, ninguna graduación, sino de gloria en gloria en la escala de la perfección o de abismo en abismo en el infierno. Este es el día en que terminan todos los designios de la Providencia, los cuales se fueron cumpliendo durante miles de años.

¡El tiempo era, pero ya no es más! Ahora todos los hijos de los hombres entran en una duración que no se mide por las revoluciones del sol ni por los días, meses y años. Ahora amanece la eternidad, un día que nunca tendrá noche. Esta mañana terriblemente gloriosa está solemnizada con la ejecución de la sentencia. En cuanto es dictada, los impíos pasan inmediatamente a su castigo eterno, mientras que los justos a vida eterna. ¡Vean la multitud atónita a la izquierda, con sus miradas de horror, dolor y desesperación, llorando y retorciéndose las manos y contemplando con
ansiedad aquel cielo que perdieron! ¡Ahora un adiós eterno a la tierra y todos sus placeres! ¡Adiós a la alegre luz del cielo! ¡Adiós a la esperanza, el dulce consuelo del sufrimiento!

El cielo muestra su desaprobación desde lo alto, los horrores del infierno se extienden por todas partes a su alrededor, y desde adentro, la conciencia les carcome el corazón. ¡Conciencia! ¡Oh tú, poder maltratado y exasperado que duerme ahora en tantos seres, qué venganza severa y abundante te tomarás sobre los que ahora se atreven a violentarte! ¡Oh,
qué nefastas reflexiones sugerirá entonces la mente! ¡El recuerdo de misericordias atropelladas! ¡De un Salvador despreciado! ¡De medios y oportunidades de salvación desaprovechados y perdidos! Estos recuerdos arderán en el corazón como escorpiones. Pero, ¡oh eternidad! ¡Eternidad! ¡Con cuánto horror circulará tu nombre por los abismos del infierno! ¡Eternidad de sufrimiento! ¡Aflicción sin fin, sin ninguna esperanza de un final! ¡Oh, este es el infierno de los infiernos! ¡Este es el padre de la desesperación! Desesperación: el ingrediente directo del sufrimiento, la pasión más atormentadora que sienten los demonios.

Pasemos a contemplar una escena más encantadora y gloriosa. Observen el ejército brillante y triunfador marchando, bajo la dirección del Capitán de su salvación, hacia su hogar eterno donde estarán para siempre con el Señor, todo lo feliz que su naturaleza en su más elevada expresión puede serlo. ¡Con qué exclamaciones de gozo y triunfo ascienden! ¡Con qué aleluyas sublimes coronan a su Libertador!…

Y ahora cuando todos los habitantes de nuestro mundo, para quienes este fue formado, son llevados a otras regiones, también la tierra se encuentra con su destino. Es apropiado que un planeta tan culpable, que ha sido el escenario del pecado durante tantos miles daños, que sostuvo la cruz sobre la cual su Hacedor expiró, se ha convertido en un monumento de la desaprobación divina… Y ¡vean! ¡La llamarada universal comienza! ¡Los cielos desaparecen con gran estruendo! ¡Los elementos se derriten en el calor intenso! ¡La tierra y las obras que en ella hay se consumen en el
fuego! Ahora las estrellas se salen de sus órbitas, los cometas centellean iracundos, la tierra se estremece. ¡Los Alpes, los Andes y todos los altos picos de largas cadenas montañosas estallan como Montes Etna ardientes, o truenan y relampaguean y humean y flamean y se sacuden como el Sinaí cuando Dios descendió sobre él para publicar su fogosa Ley! Las rocas se derriten y corren en torrentes de llamas; los ríos, lagos y océanos hierven y se evaporan. Irrumpen capas de fuego y columnas de humo, se escuchan ensordecedores e insufribles truenos y relámpagos, y todo arde y se extiende en la atmósfera de polo a polo… ¡Todo el planeta se ha disuelto ahora en un desordenado océano de fuego líquido! ¿Dónde encontraremos ahora los lugares donde estaban las ciudades, donde los ejércitos luchaban,
donde las montañas extendían sus crestas y levantaban sus cabezas en alto? ¡Ay! Todos se han perdido y no han dejado ni un vestigio en los lugares que una vez eran. ¿Dónde estás, o patria mía? Sumida con todo lo demás como una gota en el océano ardiente…

Todos tendremos que aparecer ante el Tribunal Divino y recibir nuestra sentencia según nuestras obras realizadas en el cuerpo. Si es así, ¿qué estamos haciendo que no nos preparamos con más diligencia?… ¿Qué piensan ahora los pecadores entre ustedes acerca del arrepentimiento? El arrepentimiento es el gran preparativo para este terrible día. En mi texto, como lo he destacado ya, el Apóstol menciona el juicio final como un motivo poderoso para arrepentirse. ¿Y qué pensarán los criminales acerca del arrepentimiento cuando vean que el Juez asciende al trono? Ven, pecador,
mira hacia delante y ve el tribunal ardiente ya listo, tus crímenes expuestos, tu condenación pronunciada y tu infierno que ya comienza. ¡Ve al mundo entero destruido y arrasado por el fuego inagotable debido a tus pecados!

Con estos estas realidades por delante, ¡te llamo al arrepentimiento!… Dios, el Dios grande a quien obedecen cielo y tierra, manda que te arrepientas. Sea cual fuere tu reputación, seas rico o pobre, anciano o joven, blanco o negro, sea donde sea que te sientas o paras, este mandato te llega a ti. Dios manda ahora que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Estás este día firmemente obligado a hacerlo por su autoridad. ¿Te atreves a desobedecer ante la perspectiva de todas las terribles consecuencias del Juicio que pronto te espera?… Arrepiéntete por orden de
Dios porque él ha designado un día en que juzgará al mundo en justicia por medio de aquel Hombre que él ha decretado, de lo cual te ha dado total seguridad de que lo ha levantado de entre los muertos.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.