El motivo principal para el Arrepentimiento 2

Mira fijamente al que fue traspasado, y nota el sufrimiento que incluye la palabra “traspasado”. Nuestro Señor sufrió mucho y terriblemente. No puedo en un discurso cubrir la historia de sus sufrimientos; los sufrimientos de su vida de pobreza y persecución; los sufrimientos de Getsemaní y de su sudor de sangre; los sufrimientos de haber sido objeto
de deserción, negación y traición; los sufrimientos ante Pilato; los azotes, las escupidas y las burlas; los sufrimientos de la cruz con su deshonra y agonía… Nuestro Señor fue hecho maldición por nosotros. La pena del pecado, o lo que es equivalente, él soportó: “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “El castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).

¡Hermanos, los sufrimientos de Jesús debieran derretir nuestro corazón! Lloro esta mañana porque no lloro como debiera hacerlo. Me acuso a mí mismo de esa dureza del corazón que condeno porque puedo contarles esta
historia sin emocionarme. Los sufrimientos de mi Señor son inimaginables. ¡Pensemos y consideremos si alguna vez hubo dolor como su dolor! Aquí nos inclinamos para ver un abismo aterrador y mirar en sus profundidades sin fondo… Si consideramos tenazmente el que Jesús fuera traspasado por nuestros pecados y todo lo que esto significa, nuestro
corazón tendría que ceder. Tarde o temprano, la cruz sacará a luz todos los sentimientos de los cuales somos capaces y nos dará capacidad para más. Cuando el Espíritu Santo pone la cruz en el corazón, el corazón se disuelve de ternura… La dureza del corazón muere cuando vemos a Jesús morir tan trágicamente.

Hemos de notar también quiénes lo hirieron: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron”. En cada caso, los que están actuando son las mismas personas. Nosotros dimos muerte al Salvador, aun nosotros, los que miramos a él y vivimos… En el caso del Salvador, el pecado fue la causa de su muerte. Las transgresiones lo traspasaron. Pero, ¿las transgresiones de quién? No fueron las de él, porque él no conoció pecado, ni había malicia alguna en su boca. Pilato dijo: “Ningún delito hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Hermanos, el Mesías fue ajusticiado, pero no por su propia culpa. Fueron nuestros pecados los que mataron al Salvador. Él sufrió porque no había otra manera de vindicar la justicia de Dios y dejarnos escapar. La espada, que nos hubiera herido a nosotros, entró en acción contra el Pastor
del Señor, contra el Hombre que era el Compañero de Jehová (Zac. 13:7)… Si esto no nos destroza y derrite el corazón, pasemos entonces a notar por qué llegó al punto en que pudo ser traspasado por nuestros pecados. Fue amor, amor poderoso, ninguna cosa sino el amor lo que lo llevó a la cruz. Ningún otro cargo más que este puede jamás serle imputado: “Fue culpable de un exceso de amor”. Se puso a disposición para ser traspasado porque estaba decidido a salvarnos… ¿Podemos oír esto, pensar en esto, considerar esto y aún permanecer indiferentes? ¿Somos peores que
las bestias? ¿Hemos dejado toda humanidad que es humana? Si Dios el Espíritu Santo está obrando ahora, una mirada de Cristo indudablemente derretirá nuestro corazón de piedra…

Quiero decirles también, amados, que cuanto más se fijen en Jesús crucificado, más se afligirán por sus pecados. Cuanto más piensen en él más se enternecerán. Quiero que miren mucho al Traspasado, para que aborrezcan mucho al pecado. Los libros que tratan sobre la pasión de nuestro Señor y los himnos que cantan acerca de su cruz han sido muy atesorados por la mente de los santos debido a su influencia santa sobre el corazón y la conciencia. Vivan en el Calvario, amados, porque allí vivirán una vida cada vez más plena en él. Vivan en el Calvario, hasta que vivir y amarle sea una misma cosa. Les digo, miren al Traspasado hasta que su propio corazón haya sido traspasado. Un teólogo del pasado dijo: “Mira la cruz hasta que todo lo que está en la cruz esté en tu corazón”. Dijo además: “Mira a Jesús hasta que él te mire a ti”. Miren constantemente a su persona sufriente hasta que él parezca volver la cabeza y mirarlos a
ustedes, como lo hizo con Pedro cuando este salió y lloró amargamente. Miren a Jesús hasta que se vean así mismos: lloren por él hasta que lloren por sus propios pecados… Él sufrió en el lugar, reemplazo y sustitución de hombres pecadores. Este es el evangelio. Sea lo que sea que otros prediquen, “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23). Siempre llevaremos la cruz en la mente. La sustitución de Cristo por el pecador es la esencia del evangelio. No restamos importancia a la doctrina de la Segunda Venida; pero, primero y ante todo, predicamos al Traspasado: esto es lo que los llevará al arrepentimiento evangélico cuando el Espíritu de gracia se derrame.

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).