El motivo principal para el Arrepentimiento

LA SENSIBILIDAD DIVINA QUE HACE QUE LOS HOMBRES SE AFLIJAN POR HABER PECADO SURGE DE UNA OPERACIÓN DIVINA. No está en el hombre caído renovar su propio corazón. ¿Puede el adamantino convertirse en cera o el granito ablandarse hasta llegar a ser barro? Solo él, que extiende el cielo y pone el fundamento de la tierra, puede formar y reformar desde adentro el espíritu del hombre. El poder para que la roca de nuestra naturaleza fluya con ríos de arrepentimiento no radica en la roca misma. El poder radica en el Espíritu omnipotente de Dios…
Cuando trata con la mente humana por medio de sus operaciones secretas y misteriosas, la llena de nueva vida, percepción y emoción. “Dios me debilita el corazón”, dijo Job (Job 23:16, Reina Valera Contemporánea); y, en el mejor sentido de la palabra, esto es verdad. El Espíritu Santo nos ablanda como cera, de manera que puede grabar en nosotros su sello sagrado… Pero ahora paso al núcleo y meollo de nuestro tema—

LA SENSIBILIDAD DE CORAZÓN Y AFLICCIÓN POR EL PECADO DE HECHO ES CAUSADA POR UNA MIRADA DE FE AL HIJO DE DIOS QUE FUE TRASPASADO. El verdadero dolor por el pecado no viene sin el Espíritu de Dios. Pero aun el Espíritu de Dios mismo no obra sino por medio de llevarnos a mirar a Jesús el crucificado. No existe un verdadero pesar por el pecado hasta que la mirada se pose en Cristo… Oh alma, cuando te acercas a mirar al que todos los ojos debieran mirar, a aquel que fue traspasado, entonces tus ojos comienzan a llorar por aquello que los ojos debieran llorar, ¡el pecado que dio muerte a tu Salvador! No existe el arrepentimiento salvador a menos que esté a la vista de la cruz… El arrepentimiento evangélico y ningún otro, es el arrepentimiento aceptable. La esencia del arrepentimiento evangélico es que posa su mirada en él, a quien hirió con su pecado… Ten por seguro que por dondequiera que el
Espíritu Santo realmente se acerque, siempre conduce al alma a mirar a Cristo. Hasta ahora nadie ha recibido el Espíritu de Dios para salvación, a menos que lo haya recibido por haber sido llevado a mirar a Cristo y a afligirse por el pecado.

La fe y el arrepentimiento nacen juntos, viven juntos y prosperan juntos. ¡No separe el hombre lo que Dios ha juntado! Nadie puede arrepentirse del pecado sin creer en Jesús ni creer en Jesús sin arrepentirse de su pecado. Acuda entonces con amor a él quien sangró por usted en la cruz, porque al hacerlo encontrará perdón y será maleable en sus manos. Qué maravillo es que todas nuestras impiedades son remediadas por esa única receta: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). No obstante, nadie mirará hasta que el Espíritu de Dios lo impulse a hacerlo. No obra en nadie para salvación a menos que se someta a sus influencias y pose su vista en Jesús…

La mirada que nos bendice con el fin de ablandar el corazón es una que ve a Jesús como aquel que fue traspasado. Quiero comentar esto por una razón. No es mirar a Jesús como Dios lo único que afecta el corazón, sino que es mirar a este mismo Señor y Dios como crucificado por nosotros. Es cuando vemos al Señor herido, que nuestro propio corazón comienza a ser herido. Cuando el Señor nos revela a Jesús, empieza a revelarnos nuestros pecados…

Vengan, almas queridas, vayamos juntos a la cruz por un ratito y fijémonos quién fue el que recibió la estocada del soldado romano. Miren su costado, y noten esa terrible herida que ha traspasado su corazón y dio inicio al doble torrente. El centurión exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mat. 27:54). Él, quien por naturaleza es Dios sobre todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3), tomó sobre sí nuestra naturaleza y se hizo hombre como nosotros, excepto que no estaba manchado por el pecado. En su condición de hombre, fue
obediente hasta la muerte, aun la muerte en la cruz. ¡Fue él quien murió! ¡Él, el único que tiene inmortalidad, condescendió a morir! ¡Fue todo amor y gracia, no obstante, murió! ¡La bondad infinita fue crucificada en un madero! ¡Una riqueza sin medida fue traspasada por una lanza! ¡Esta tragedia excede a todas las demás! Por más deplorable que pueda ser la ingratitud del hombre, ¡es en este caso la más deplorable de todas! Por más horrible que sea su inquina contra la virtud, ¡esa inquina es más cruel en este caso! Aquí el infierno ha sobrepasado todas sus villanías anteriores, clamando: “Este es el heredero; venid, matémosle” (Mat. 21:38).

Dios vivió entre nosotros, y el hombre nada quiso saber de él. Hasta donde el hombre pudo herir a su Dios y dar muerte a su Dios, se ocupó de cometer este horroroso crimen. ¡El hombre dio muerte al Señor Jesucristo y lo traspasó con una lanza! Al hacerlo, demostró lo que le haría al Eterno mismo si pudiera. El hombre es, de hecho, un deicida. Estaría contento si no hubiera un Dios. Dice en su corazón: “No hay Dios” (Sal. 14:1). Si su mano se pudiera extender todo lo que se puede extender su corazón, Dios no existiría ni una hora más. Esto es lo que significa herir a nuestro Señor con tanta intensidad de pecado: significó herir a Dios.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué es el buen Dios perseguido de este modo? Por la bondad de nuestro Señor Jesús, por la gloria de su persona y por la perfección de su carácter, les ruego: ¡Siéntanse sobrecogido y avergonzados de que fue herido! ¡Esta no es una muerte común! Este homicidio no es un crimen cualquiera. ¡Oh hombre, aquel que fue herido con la lanza era tu Dios! Allí, en la cruz, ¡contempla a tu Creador, tu Benefactor, tu mejor Amigo!

Continuará …

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).