(b) Por otro lado, sin arrepentimiento no hay felicidad alguna en la vida presente. Puede haber optimismo, entusiasmo, risa y alegría mientras hay buena salud y dinero en el bolsillo. Pero estas cosas no significan felicidad sólida. Hay en todos los hombres una conciencia, y esa conciencia tiene que ser satisfecha. Mientras que la conciencia sienta que el pecado no ha causado arrepentimiento y no ha sido abandonado, no estará tranquila y no dejará que el hombre se sienta tranquilo por dentro…

(c) Además, sin arrepentimiento no puede haber idoneidad para el cielo en el mundo venidero. El cielo es un lugar preparado, y los que van al cielo tienen que ser un pueblo preparado. Nuestro corazón tiene que estar en armonía con las labores del cielo, de otra manera el cielo mismo sería una morada amarga. Nuestra mente tiene que estar en armonía con los habitantes del cielo, o de hecho la sociedad del cielo pronto nos resultaría intolerable… ¿Qué cosa podría hacer usted en el cielo si llega allí con un corazón que ama el pecado? ¿Con cuál de los santos hablaría? ¿Junto a quién se sentaría? ¡Seguramente los ángeles de Dios no producirían música melodiosa en el corazón del que no puede aguantar a los santos en la tierra y que nunca alabaron al Cordero por su amor redentor! Seguramente la compañía de patriarcas, apóstoles y profetas no sería motivo de gozo para el hombre que no lee su Biblia ahora y a quien no le importa conocer lo que los apóstoles y profetas escribieron. ¡Oh, no! ¡No! No puede haber felicidad alguna en el cielo, si allí llegamos con un corazón impenitente…

Le ruego por las misericordias de Dios que considere profundamente las cosas que he estado diciendo. Vive usted en un mundo de engaños, falsedades y mentiras. Que nadie lo engañe en cuanto a la necesidad del arrepentimiento. ¡Oh, que los que profesan ser cristianos vieran, supieran y sintieran más de lo que hacen, de la necesidad, la necesidad absoluta de un auténtico arrepentimiento ante Dios! Hay muchas cosas que no son necesarias. Las riquezas no son necesarias. La salud no es necesaria. La ropa fina no es necesaria. Los dones y el mucho saber no son necesarios. Millones han llegado al cielo sin todo eso. Miles están llegando al cielo cada año sin todo esto. Pero nadie ha llegado al cielo sin “el arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

No permita que nunca nadie lo convenza que cualquier religión, en la que el arrepentimiento ante Dios no ocupa un lugar prominente, merece ser llamada el evangelio. ¡Un evangelio, sí! No es evangelio aquel en que el
arrepentimiento no es lo principal. Un evangelio es el evangelio del hombre, pero no el de Dios. ¡Un evangelio! Viene de la tierra, pero no del cielo. ¡Un evangelio! No es de ninguna manera el evangelio. Es puro antinomianismo3 y nada más. Mientras abrace usted sus pecados y se aferre a sus pecados y tenga sus pecados, puede hablar todo lo que quiera sobre el evangelio, pero sus pecados no han sido perdonados. Si gusta, puede llamarlo legalismo. Si gusta, puede decir que “espero que al final todo resulte bien ––Dios es misericordioso— Dios es amor ––Cristo murió— espero ir al cielo al final”. ¡No! Le afirmo que eso no está bien, nunca estará bien… Está usted pisoteando la sangre de la expiación. No tiene hasta ahora arte ni parte con Cristo. Mientras que no se arrepienta del pecado, el evangelio de nuestro Señor Jesucristo no es evangelio para su alma. Cristo es un Salvador del pecado, no un Salvador para el hombre en pecado. Si el hombre quiere retener sus pecados, el día vendrá cuando ese Salvador misericordioso le dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41).

No permita que nadie le haga creer que puede ser feliz en este mundo sin el arrepentimiento. ¡Oh, no!… Cuanto más sigue sin arrepentirse, más infeliz será ese corazón suyo. Cuando vaya haciéndose anciano y peine canas ––cuando ya no pueda ir a donde una vez iba, y disfrutar de lo que antes disfrutaba— la desdicha y el sufrimiento lo atacarán como un hombre armado. Escríbalo en las tablas de su corazón: ¡sin arrepentimiento no hay paz!

Espero ver muchas maravillas en el día final. Espero ver algunos a la derecha del Señor Jesucristo quienes yo temía ver a su izquierda. Y veré a algunos a la izquierda que suponía buenos creyentes y esperaba ver a la derecha. Pero estoy seguro de una cosa que no veré. No veré a la derecha de Jesucristo a ningún hombre impenitente.

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

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