El arrepentimiento pertenece exclusivamente a la religión de pecadores. No tiene cabida en las actividades de criaturas no caídas. Aquel que nunca ha cometido un acto pecaminoso, ni ha tenido una naturaleza pecaminosa, no necesita perdón, ni conversión, ni arrepentimiento. Los ángeles santos nunca se arrepienten. No tienen nada de qué arrepentirse. Esto resulta tan claro que no hay razón para discutir el tema. En cambio, los pecadores necesitan todas estas bendiciones. Para ellos, son indispensables. La maldad del corazón humano lo hace necesario.

Bajo todas las dispensaciones, desde que nuestros primeros padres fueran despedidos del Jardín del Edén, Dios ha insistido en el arrepentimiento. Entre los patriarcas, Job dijo: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Bajo la Ley, David escribió los salmos 32 y 51. Juan el Bautista clamó: “Arrepentíos, porque el reino
de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). La descripción que Cristo hizo de sí mismo fue que había venido para llamar a “a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Justo antes de su ascensión, Cristo mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y los Apóstoles enseñaron la misma doctrina, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Por lo tanto, cualquier sistema religioso entre los hombres que no incluya el arrepentimiento de hecho es falso. Dice Matthew Henry: “Si el corazón del hombre hubiera seguido recto y limpio, las consolaciones divinas quizá hubieran sido recibidas sin la previa operación dolorosa; pero siendo pecador, tiene que primero sufrir antes de recibir consolación, tiene que luchar antes de poder descansar. La herida tiene que ser investigada, de otro modo no puede ser curada. La doctrina del arrepentimiento es la doctrina correcta del evangelio. No solo el austero Bautista, que era considerado un hombre triste y mórbido, sino también el dulce y amante Jesús, cuyos labios destilaban miel, predicaba el arrepentimiento…” Esta doctrina no dejará de ser mientras exista el mundo.

Aunque el arrepentimiento es un acto obvio y muchas veces dictaminado, no puede realizarse verdadera y aceptablemente sino por la gracia de Dios. Es un don del cielo. Pablo aconseja a Timoteo que instruya en humildad a los que se oponen, “Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Tim. 2:25). Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador “para dar arrepentimiento” (Hch. 5:31). Por lo tanto, cuando los paganos se incorporaban a la iglesia, esta glorificaba a Dios, diciendo: “¡¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!!” (Hch. 11:18). Todo esto coincide con el tenor de las promesas del Antiguo Testamento. Allí, Dios dice que realizará esta obra por nosotros y en nosotros. Escuche sus palabras llenas de gracia: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Eze. 36:26-27)… El verdadero arrepentimiento es una misericordia especial de Dios. Él la da. No procede de ningún otro. Es imposible que la pobre naturaleza que ha caído tan bajo se recupere por sus propias fuerzas como para que realmente se arrepienta. El corazón está aferrado a sus propios caminos y justifica sus propios caminos pecadores con una tenacidad incurable hasta que la gracia divina ejecuta el cambio. Ninguna motivación hacia el bien es lo suficientemente poderosa como para vencer la depravación del corazón natural del hombre. Si hemos de obtener su gracia, tiene que ser por medio del gran amor de Dios hacia los hombres que perecen.

No obstante, el arrepentimiento es sumamente razonable… Cuando somos llamados a cumplir responsabilidades que somos renuentes a cumplir, nos convencemos fácilmente que lo que se nos exige es irrazonable. Por lo tanto es siempre provechoso para nosotros tener un mandato de Dios que compele nuestra conciencia. Es realmente
benevolente que Dios nos hable con tanta autoridad sobre este asunto. Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). La base del mandato radica en que todos los hombres en todas partes son pecadores. Nuestro bendito Salvador no tenía pecado, y por supuesto, no podía arrepentirse. Salvo esa sola excepción, desde la Caída no ha habido ni una persona justa que no necesitara el arrepentimiento. Y no hay nadie más digno de lástima que el pobre iluso que no ve nada en su corazón y su vida por lo que debe arrepentirse.

Continuará …

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.