“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.