[Sin duda], toda esposa cristiana debe amar al Señor Jesucristo. Tiene que amar a Cristo en Él mismo y su fe en él debe ser una “obra por el amor” (Gá. 5:6). Debe dar la primacía de su afecto a Cristo mismo. Está obligada, sobre todo, a amar al Señor Jesucristo, su Esposo espiritual, con todo su ser y su corazón. Sea éste el desvelo principal de la esposa cristiana, de modo que pueda decir con razón que Cristo es de ella y ella es de él (Cnt. 2:16). Ahora bien, si la buena esposa tiene a Cristo presente con ella en todos sus dolores —como lo tienen todos los que lo aman con un amor firme en todas sus aflicciones— tiene todo, teniéndolo a él, quien “manda salvación a Jacob” (Sal. 44:4) y “bendición”
(Lv. 25:21).

Además de Cristo, la buena esposa tiene que amar más que a nadie a su propio esposo y esto, “entrañablemente, de corazón puro” (1 Co. 7:2; Tit. 2:4; 1 P. 1:22). Sí y nunca debe tener pensamientos negativos acerca de él, a quien una vez creyó digno de ser su esposo. Donde este amor conyugal es consecuente con el amor cristiano anterior, todo será fácil. Así fue con Mrs. Wilkinson, “una esposa sumamente cariñosa, cuya paciencia era admirable en medio de los terribles dolores que sufría en la [concepción] y en dar a luz a sus hijos. Decía: ‘No le temo a ningún dolor. Me temo a mí misma no sea que por impaciencia diga alguna palabra impropia’”. “Es un estado bendito”, dijo el teólogo antiguo quien la citó “cuando el dolor parece liviano y el pecado pesado”.

“SANTIDAD”— que interpreto, como a la fe y el amor, desde lo cristiano y conyugal, a lo más general y especial.

Está la santidad que se considera más generalmente, como una gracia universal, que es congruente con una cristiana como tal, forjada por el Espíritu en la nueva criatura por la paz lograda por Cristo. [Por esto] —en el alma cambiada a su semejanza— hay una permanencia, por gracia, en un estado de aceptación con Dios y también un esfuerzo por ser santo como él es santo, en cada partícula de su [comportamiento], tanto hacia Dios como hacia el hombre, en público y en privado. Al igual que como todo cristiano debe vivir su salvación en la “santificación del Espíritu” (2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2) y “en paz con todos” por medio de Cristo (He. 12:14; 13:12), la esposa cristiana en gestación se preocupa seriamente de la buena obra que tiene como fruto “la santificación” (Ro. 6:22), hasta donde pueda al producir el fruto de su vientre.

La santidad puede considerarse en un sentido más especial como conyugal y singularmente apropiada al estado matrimonial, siendo ésta un ejercicio más particular de santidad cristiana en el matrimonio. [Aunque] esto concierne a todos (tanto al esposo como la esposa) en esa relación, la mujer que espera un hijo está obligada a vivir “en santidad
y honor” (1 Ts. 4:4-5), es decir, en una forma especial de limpieza y castidad conyugal que es lo opuesto a la “concupiscencia” o la apariencia de ella. [Entonces] no debe haber, hasta donde sea posible, ninguna apariencia o mancha de impureza en el lecho matrimonial; para que haya una simiente santa y que se mantenga ella pura de cualquier sombra de lascivia.

“MODESTIA” —así llamamos nosotros a esa gracia. Otros la llaman “temperancia”, otros “sobriedad”, otros “castidad”. Y, en general, “la palabra parece significar aquel hábito gentil que se manifiesta en la madre de familia como una propensión a ser prudente, seria y moderada” … ya que esto parece expresar lo que quiere decir el Apóstol y, por
ende, interpreto esto, como en el caso de las gracias anteriores, en un sentido general al igual que específico.

En un sentido general como cristiana, “todo aquel que invoca el nombre de Cristo” tiene por tanto que “apartarse de iniquidad” (2 Ti. 2:19). Por ende, la esposa cristiana y la que espera un hijo, se preocupa por ser sobria y modesta, lo cual limpia la mente de (conflictos) y ordena los afectos de manera que sean aceptables a Dios.

En un sentido específico, la gracia conyugal especial de temperancia y modestia debe ser practicada por la mujer embarazada con sobriedad, castidad y [gentileza], en lo que atañe a sus afectos y sentidos,

(1) Con modestia —debe controlar sus pasiones y afectos.

(2) Con temperancia —debe moderar sus sentidos, especialmente controlar bien los del gusto y tacto. (i) Sobriedad —que se aplica más estrictamente a moderación de su apetito y sentido de gusto, para desear lo que es conveniente y evitar el descontrol… La mujer (embarazada) tiene como gran preocupación cuidar su seguridad y la del hijo que
espera… Las mujeres en gestación quienes “se visten del Señor Jesucristo y no proveen para los deseos de la carne” (Ro. 13:14) deben comer y beber para su salud, no para consentir sus gustos. (ii) Castidad —se refiere a la esposa cristiana que evita cualquier sugerencia ni participa en ninguna [conversación] que pueda poner en riesgo su contrato
matrimonial o que la lleve a cometer un [acto] incongruente con el estado “honroso” en que se encuentra, o el uso indebido de “el lecho sin mancilla” (He. 13:4).

En la práctica de esto y con las gracias enunciadas anteriormente, la esposa buena, habiendo aprendido bien la lección de negarse a sí misma, puede llevar su carga confiando humildemente en las ayudas de lo Alto a la hora de sus dolores de parto y estar segura de que tendrá el mejor de los resultados. Porque, con estas cualidades, tiene, por las preciosas promesas en mi texto, una base segura de ser objeto de una excepción grata de la maldición de dar a luz y de la liberación de aquella culpa original que, de otra manera, agrava los dolores de la mujer en estos casos.

Tomado de “How May Child-Bearing Women Be Most Encouraged and Supported against, in, and under the Hazard of Their Travail? en Puritan Sermons.

Richard Adams (c. 1626-1698)Pastor inglés presbiteriano; nacido en Worrall, Inglaterra.