El Apóstol menciona en este versículo, cuatro gracias necesarias y relevantes para la perseverancia o continuidad de la promesa de salvación a la mujer con hijos: “fe, amor, santificación y modestia”. Tales gracias son apoyo contra y en sus dolores de parto, a saber:

“FE”— que interpreto, incluye claramente lo que es divino y moral, o cristiano y conyugal.

Una fe divina, la cual es “preciosa y para preservación del alma” (2 P. 1:1; He. 10:39), es una gracia del Espíritu Santo por la que el corazón iluminado, unido a Cristo, lo recibe y se entrega a él como Mediador y siendo así “una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2), dependiendo enteramente de él. Por esta fe, la buena esposa, habiendo recibido al Hijo de Dios, quien es también Hijo del hombre, nacido de mujer, debe vivir en sujeción a Cristo, su Cabeza espiritual. Entonces aunque sus dolores sean muchos, sus agonías vertiginosas y agudas, puede confiar que todo le irá bien, sea ya por dar a luz sin novedad, al fruto de su vientre, como “herencia de Jehová”, por su amor gratuito (Sal. 127:3), o siendo que su alma sea salva eternamente, como parte del pacto con el Dios todopoderoso (Gn. 17:1-7).

Fue ésta la fe que practicaban las mujeres piadosas que daban a luz, mencionadas en la historia de la genealogía de nuestro Salvador (Mt. 1:1-17). Se requiere el ejercicio continuo [de esta fe] de cada mujer cristiana consagrada, a fin de que viva por esta fe en medio de los dolores que pueden terminar en la muerte porque por este principio recibirá el mejor apoyo y derivará virtud de su Salvador para endulzar la copa amarga y recibir fuerza para mantenerla cuando sienta “angustia como de primeriza” (Jer. 4:31), como lo hizo Sara, el ejemplo destacado de la mujer piadosa en estas circunstancias. Acerca de ella, dice la Palabra: “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (He. 11:11). Perseverar en vivir por fe en la providencia y promesa de Dios, aviva el espíritu caído de la mujer que sin esa fe es débil y temerosa en medio de la buena obra de traer un hijo al mundo. Aunque el peligro inminente de la madre y el hijo puede acobardar aun a la mujer buena cuando sufre dolores de parto, “por fe” puede conseguir alivio por la fidelidad de Aquel que promete, como lo hizo Sara o por este mensaje positivo que él ha consignado en mi texto.

En consecuencia, la mujer recta, aunque frágil, puede entregarse a Dios “plenamente convencida” con [Abraham] “el padre de la fe” de que el Señor “era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Ro. 4:21) en el momento preciso que él determine que es el mejor. Por lo tanto, en su humilde posición, la esposa piadosa que vive por fe superando la naturaleza, cuando “lamenta y extiende sus manos” y lanza sus dolorosos gemidos ante el Todopoderoso (Jer. 4:31), concluye: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (1 S. 3:18; 2 S. 15:26; Lc. 22:42). Si le parece mejor a él llevarse a la madre y a su bebé, puede ella decir: “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová”, como
dice el profeta por otra circunstancia (Is. 8:18). Pone su confianza en aquella gran promesa de que la Simiente de la mujer herirá a la serpiente en la cabeza (Gn. 3:15). Por eso se consuela ella sabiendo que las consecuencias de la mordedura de la serpiente fueron anuladas por Aquel que nació de una mujer. Si ha estado antes en esta condición,
puede decir: “La tribulación produce paciencia y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza” (Ro. 5:3-4). Entonces por fe, puede concluir: “Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré” (Sal. 63:7). Esta fe salvadora, que demostraré más adelante, presupone e implica arrepentimiento y se expresa por medio de la meditación y la oración.

[Esta fe] presupone e implica arrepentimiento. La cual, por una auténtica conciencia de pecado y necesidad de apropiarse de la misericordia de Dios en Cristo; hace realidad lo que predice el profeta: “Y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones” (Ez. 20:43; 36:31). Ésta es una decisión muy apropiada para la mujer que engendra hijos, que está preocupada sobre todo por dar “frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:8), a fin de que Dios la reciba por gracia cuando de todo corazón se aparta del pecado, acude a él y confía en él.

La fe salvadora se expresa generalmente —en aquellas mujeres que están realmente unidas a Cristo y en quienes él mora— por medio de la meditación y oración. Estas son también indispensables para sostener a las embarazadas al ir acercándose a los dolores que le fueron asignados. La fe se expresa en la meditación. Llevar el alma a contemplar lo que Dios hace (como cera ablandada y preparada para el sello), ablanda el corazón para que se impriman sobre él cualesquiera marcas o firmas sagradas. Además, La fe se ejercita por medio de la oración a Dios, pues es la manifestación de fe en Dios por medio de Cristo en cuyo nombre sin igual, el cristiano eleva su corazón a él para recibir alivio de todos sus problemas. Cuando el corazón de la mujer sufre gravemente y los terrores de la muerte caen sobre ella (cf. Sal. 55:4), su fe preciosa debe emitir con fervor sus pedidos más necesarios y afectuosos a Aquel que ha dado libremente a su Apóstol la palabra precisa de apoyo que contiene mi texto. [Cristo] puede salvar eternamente, entregar eficazmente y guardar en perfecta paz a todo el que a él acude y en él permanece en medio de aquella buena obra que le ha asignado. La próxima gracia requerida aquí en mi texto es:

“CARIDAD” O “AMOR”. Interpreto que el amor, al igual como lo hice con la fe, se trata aquí de amor a Cristo y a su marido.

Continuará …

Tomado de “How May Child-Bearing Women Be Most Encouraged and Supported against, in, and under the Hazard of Their Travail? en Puritan Sermons.

Richard Adams (c. 1626-1698): Pastor inglés presbiteriano; nacido en Worrall, Inglaterra.