Nuevas Misericordias cada Mañana

Todas las mañanas “tuiteo” tres pensamientos sobre el evangelio. Es decir, publico tres breves pensamientos sobre la fe cristiana en la red social llamada Twitter. Mi meta es confrontar y consolar a la gente con las verdades transformadoras del evangelio de Jesucristo.

Mi deseo es que la gente vea que la gracia del evangelio no busca cambiar los aspectos religiosos de nuestras vidas; más bien busca cambiar todas las cosas que nos definen y nos motivan. Mi intención es que las personas vean el evangelio como una ventana a través de la cual podemos ver todo en la vida.

Por la gracia de Dios, estos tuits han sido bien recibidos, e incontables personas me han animado a usar esos pensamientos como la base de un libro de devocionales, con 365 meditaciones sobre las verdades del evangelio expresadas en esos tuits. El libro que sostienes en tus manos es mi respuesta a esas solicitudes. Cada lectura diaria comienza con uno de mis tuits sobre el evangelio, un tanto editados, seguidos por una breve meditación.

Sentarse a escribir 365 devocionales es una tarea abrumadora. Mi disposición a hacer esto no tenía su raíz en mi orgullo o en mi habilidad como autor, sino en mi confianza en la anchura y profundidad del evangelio de Jesús. Al comenzar a escribir, me entusiasmaba hacer algo de espeleología espiritual: me adentraba en las cavernosas profundidades de la fe que tanto amo. Hice esto, no tanto como un experto, sino como un peregrino, un explorador. Me senté a escribir, no pensando que ya dominaba el evangelio, sino que había evidencia en mi vida de que necesitaba ser dominado por el mismo mensaje de gracia que sostiene todo mi ministerio.

Ahora, debo ser honesto: No escribí este libro solo para ti. ¡No! También lo escribí para mí. No hay ninguna realidad, principio, observación, verdad, mandamiento, ánimo, exhortación o reprimenda en este devocional que yo no necesite en mi vida. Yo soy como tú; la familiaridad con el evangelio causa que no atesore a Cristo como debería. Al
familiarizarme más y más con los temas de la gracia, soy más propenso a no asombrarme con ellos como en un principio. Cuando las realidades maravillosas del evangelio dejan de llamar tu atención o de capturar tu devoción, ten por seguro que otras cosas de tu vida lo han hecho. Cuando dejas de celebrar la gracia, comienzas a olvidar lo mucho que la necesitas; y cuando olvidas cuánto necesitas la gracia, dejas de buscar el rescate y la fuerza que solo la gracia te puede dar. Esto quiere decir que comienzas a verte a ti mismo como más justo, más fuerte y más sabio de lo que realmente eres y, al hacer esto, ten por seguro que te diriges al peligro.

Entonces, este devocional tiene el propósito de hacerte recordar. Es un llamado a recordar el horrendo desastre del pecado. Es un llamado a recordar a Jesús, quien tomó tu lugar. Es un llamado a recordar el regalo de Su justicia. Es un llamado a recordar el poder transformador de la gracia que tú y yo nunca podríamos merecer. Es un llamado a recordar el destino garantizado para todos los hijos de Dios que han sido comprados por la sangre de Su Hijo. Es un llamado a recordar Su soberanía y Su gloria. Es un llamado a recordar que estamos peleando una guerra espiritual; aun para esto necesitamos de Su gracia.

El título de este devocional no es solo una referencia a la forma como la Biblia habla sobre la gracia de Dios (Lamentaciones 3:22-23); también es una alusión al famoso himno que, en mi opinión, deberíamos entonar todos los días.


“¡Oh, Tu fidelidad! ¡Oh, Tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí;
Nada me falta, pues todo provees,
¡Grande, Señor, es Tu fidelidad!”.


Una de las realidades más asombrosas de la vida cristiana es que, en un mundo donde todo está en algún estado de descomposición, las misericordias de Dios nunca decaen. Nunca se agotan. Nunca son inapropiadas. Nunca se consumen. Nunca se debilitan. Nunca se cansan. Nunca dejan de saciar la necesidad. Nunca decepcionan. Nunca,
nunca fallan, porque son nuevas cada mañana. Las misericordias de nuestro Señor son hechas a la medida de los retos, las decepciones, los sufrimientos, las tentaciones y las luchas internas y externas contra el pecado. En ocasiones son:


Misericordias que inspiran reverencia
Misericordias que corrigen
Misericordias que fortalecen
Misericordias que dan esperanza
Misericordias que exponen el corazón
Misericordias que liberan
Misericordias que transforman
Misericordias que perdonan
Misericordias que revelan la gloria de Dios
Misericordias que iluminan con la verdad
Misericordias que dan valentía.


Las misericordias de Dios no vienen en un solo color; vienen en todos los colores posibles del arcoíris de Su gracia. Las misericordias de Dios no son el sonido de un solo instrumento; son una sinfonía de la orquesta de Su gracia. La misericordia de Dios es general; todos Sus hijos disfrutan de ella. La misericordia de Dios es específica; cada hijo
recibe la misericordia que ha sido diseñada para Su necesidad particular en un determinado momento. La misericordia de Dios es predecible; es una fuente que nunca para de fluir. La misericordia de Dios es impredecible; viene a nosotros de formas sorpresivas. La misericordia de Dios es una teología radical, pero es más que una teología: Es vida para
todo aquel que cree. La misericordia de Dios es el mayor consuelo, pero también es un llamado a una nueva forma de vida. La misericordia de Dios en verdad cambia todo para siempre en la vida de quien la recibe.


Así que, lee y recuerda las misericordias nuevas de Dios y celebra tu identidad como recipiente de la misericordia que es más vasta que nuestra habilidad de comprenderla y que la descripción de las palabras de este autor.


ENERO 1
Entender esto es esencial: La vida cristiana, la iglesia y nuestra fe no tratan sobre nosotros; tratan sobre Él —de Su plan, Su reino, Su gloria Admítelo, no te gusta ser débil. No es divertido ser el último que eligen para jugar en un equipo. Es vergonzoso que te hagan preguntas para las cuales no tienes respuestas. Es frustrante no poder descifrar las instrucciones para armar el mueble que acabas de comprar. Es humillante fracasar en una tarea, dejar caer la pelota o hacer una promesa y no ser capaz de cumplirla. No nos gusta perdernos u olvidar un número telefónico.

Odiamos esos momentos en los que nos sentimos incapaces. No nos gusta ser confundidos o no conocer ciertas cosas. Codiciamos los músculos y los cerebros de otras personas. Todos odiamos sentir temor y deseamos tener más valor. En comparación con los héroes de la fe, parecemos insignificantes. Al lado de los logros de los demás, nos preguntamos si hemos realizado algo de valor. No nos gusta enfrentar la realidad de que todos somos débiles de una u otra forma. Esa es la condición universal de la humanidad. En un mundo solitario en el que debes encontrar tu propio camino y construir tu propia vida, es lógico temer ser débil. En un mundo en el que solo tienes tu mente, tu desempeño y tus logros, la debilidad es algo de lo que nos arrepentimos. En un mundo en el que no tienes a quién acudir por fortaleza y donde pocos te aceptan cuando la tienes, la debilidad es algo que debe evitarse. En realidad, lo que necesitas evitar es tu ilusión de fortaleza. Esas afirmaciones de fortaleza independiente son mucho más
peligrosas.

¿Estás confundido? La verdad es que todos somos débiles. Somos débiles en sabiduría, en fortaleza y en justicia. El pecado ha debilitado nuestras manos y corazones. Nos ha dejado cojos en muchos sentidos. Pero la gracia de Dios hace que la debilidad sea algo que ya no debemos temer. El Dios de gracia que te llama a vivir para Él te bendice con
toda la fuerza que necesitas para realizar lo que Él te ha llamado a hacer. La mejor forma de obtener esta fuerza es admitiendo cuán poca fuerza tienes. La gracia me libera de la pena tan inmensa que produce no poder confiar en mí mismo, porque ella me conecta con Aquel que es digno de mi confianza y que me capacita con lo todo lo que necesito.

“Estos confían en sus carros de guerra, aquellos confían en sus corceles, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios. Ellos son vencidos y caen, pero nosotros nos erguimos y de pie permanecemos” (Salmo 20:7-8).

Para profundizar y ser alentado: Salmo 27


FEBRERO 1
No temas tu debilidad. Dios te dará toda la fuerza que necesitas. Teme aquellos momentos en los que piensas que eres fuerte por ti mismo. Todos lo hacemos, probablemente todos los días. No tenemos idea de cómo lo estamos haciendo, pero, aun así, tiene un impacto sobre la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y también sobre cómo respondemos a otros. Es una de las razones por las que hay tantas discordias en la casa de Dios. ¿Qué es esto que causa tanto daño y que todos tendemos a hacer? El olvido. Todos olvidamos. Tristemente, en nuestras agendas tan apretadas y egocéntricas, es fácil olvidar lo mucho que hemos sido bendecidos por la misericordia de Dios. El hecho de que Dios nos ha bendecido con Su favor cuando lo que merecíamos era Su ira se escapa de nuestra memoria como una canción cuya letra ya olvidamos. La realidad de que cada mañana recibimos nuevas misericordias no es lo primero que viene a nuestra mente al alistarnos para empezar el día. Cuando recostamos nuestra fatigada cabeza sobre la almohada al final del día, se nos olvidan las tantas misericordias que Dios derramó sobre nuestras pequeñas vidas. No solemos tomar tiempo para sentarnos y meditar en lo que nuestras vidas serían si la misericordia del Redentor no hubiera sido escrita en nuestras historias personales. Es triste, pero todos olvidamos la misericordia de Dios con demasiada frecuencia.

Olvidar la misericordia de Dios es peligroso; afecta la forma en que piensas sobre ti mismo y sobre otros. Cuando recuerdas la misericordia, también recuerdas que no hiciste nada para merecer tal cosa. Cuando recuerdas la misericordia, eres agradecido, humilde y sensible. Cuando recuerdas la misericordia, la queja se convierte en gratitud
y el deseo egoísta en adoración. Pero cuando olvidas la misericordia, te dices a ti mismo que todo lo que tienes es por mérito propio. Cuando olvidas la misericordia, te acreditas aquello que solo la misericordia puede producir. Cuando olvidas la misericordia, te catalogas como justo y merecedor, y vives una vida engreída y demandante.

Cuando olvidas la misericordia y piensas que mereces todo, encontrarás que es muy fácil no ser misericordioso con los demás. Tu orgullo causará que pienses que mereces lo que tienes y que los demás también se lo tienen merecido. Tu corazón orgulloso no es sensible, así que no es conmovido por el arrepentimiento de otros. Olvidas que tú también estás en necesidad, que ninguno es justo ante Dios. La humildad es el suelo sobre el cual crece la semilla de la misericordia. La gratitud por la misericordia recibida es lo que motiva la misericordia extendida. Pablo dice: “Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en
Cristo” (Efesios 4:32).

Para profundizar y ser alentado: Lucas 6:27-36; Mateo 18:21-35


MARZO 1
La misericordia significa estar tan agradecido por el perdón recibido que es imposible evitar esparcir esa misma misericordia a otros. Todos hemos sido diseñados para tener esperanza. Todos proyectamos nuestras vidas hacia el futuro, imaginando cómo quisiéramos que fueran las cosas. Todos cargamos en el bolso con nuestros sueños y esperanzas. Todos rendimos nuestros corazones a alguna clase de expectativa. Todos deseamos en silencio que las cosas fueran de diferente forma. Todos tenemos puesta la esperanza en algo y todos esperamos algo. Así que, mucho de cómo vemos la vida y cómo la vivimos está conectado con las cosas que deseamos y dónde ponemos el fundamento de nuestra esperanza.

La esperanza siempre tiene tres elementos: una evaluación, un objeto, y una expectativa. Primero, la esperanza ve a su alrededor y evalúa esa cosa o persona que podría ser mejor de lo que es; a esa cosa o persona le falta algo. Si las cosas estuvieran tan bien como deberían estar, no habría necesidad de tener esperanza. Segundo, la esperanza siempre tiene un objeto. El objeto es el lugar donde inviertes tu esperanza. Le pides al objeto de tu esperanza que arregle lo que está roto o que te entregue lo que deseas o necesitas.

Tercero, la esperanza tiene expectativas. Es lo que le pides al objeto de tu esperanza que te dé, lo que esperas que el objeto de tu esperanza te entregue. Ahora, en realidad solo hay dos lugares dónde buscar esperanza en la vida. Puedes buscar esperanza a nivel horizontal en experiencias, posesiones físicas, lugares o amistades. Existen dos problemas con esto. Primero, todas estas cosas están dañadas en alguna manera. Son parte del problema y, por tanto, son incapaces de entregarte lo que buscas. Así mismo, estas cosas no fueron diseñadas para ser la fuente de nuestra esperanza, sino para ser señales que apunten al lugar donde tu esperanza puede ser encontrada. Pablo lo dice todo en Romanos 5:5, cuando establece que la esperanza en Dios jamás nos avergonzará. Nunca nos fallará. Pablo nos dice dónde podemos encontrar la esperanza. Solo se encuentra a nivel vertical. Tu esperanza solo está segura cuando Dios es tu objeto. Solo Él es capaz de darte la vida que tu corazón busca. Solo Él puede darte el descanso que tu alma necesita. Solo Él puede llenar el vacío interior que cada ser humano quiere llenar. Es solo cuando la gracia te ata a Él que encontrarás propósito en la vida. En sus breves palabras, Pablo nos confronta con este pensamiento —si tu esperanza te decepciona, ¡es porque es la esperanza equivocada! ¿Dónde has puesto tu esperanza hoy?

Para profundizar y ser alentado: Job 1

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Un libro de Poiema .-384 pp. Rústica – 29 noviembre 2016

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