Es necesario decir algo acerca de la instrucción de los hijos. Hay que recordar que el objetivo del hogar es el desarrollo de las niñas y los niños hasta la madurez. La obra de instruir les corresponde al padre y a la madre y es intransferible. Es un deber sumamente delicado del cual un alma reflexiva se acobardaría con sobrecogimiento y temor si no fuera por la seguridad de la ayuda divina. Sin embargo, hay muchos padres que no se detienen a pensar en la responsabilidad que tienen cuando se agrega un hijito a su hogar.

Mírelo por un momento. ¿Qué puede haber tan débil, tan indefenso, tan dependiente como un recién nacido? Pero mire también hacia el futuro y vea el tiempo de vida que le espera a este débil infante, aun hasta la eternidad. Piense en el enorme potencial en este cuerpo indefenso y en las posibilidades que tiene su futuro. ¿Quién puede decir qué habilidades encierran esos deditos, qué elocuencia o canto latente hay en esos pequeños labios, qué facultades intelectuales hay en ese cerebro, qué capacidad de amor o compasión tiene ese corazón? El padre y la madre deben tomar a este infante y criarlo hasta la madurez para desarrollar estas capacidades latentes y enseñarle a usarlas. Es
decir, Dios quiere un adulto capacitado para cumplir una gran misión en el mundo y la vida pone en las manos de progenitores jóvenes a un infante pequeño, y les manda guiarlo y enseñarle a serle útil hasta estar preparado para su misión o, al menos, estar exclusivamente a cargo de sus primeros años cuando se graban las primeras impresiones que moldearán y darán forma a toda su carrera. Cuando miramos a un pequeñito y recordamos todo esto, ¡cuánta dignidad tiene la tarea de cuidarlo! ¿Da Dios a los ángeles alguna obra más grandiosa que ésta?

Las mujeres suspiran por querer fama. Les gustaría ser escultoras para labrar la roca fría hasta darle una hermosura que el mundo admire por su habilidad. O les gustaría ser poetas, para escribir cantos que encantaran a la nación y se entonaran alrededor del mundo. Pero, ¿es alguna obra de mármol tan grande como la de aquella que tiene una
vida inmortal en sus manos para darle forma a su destino? ¿Es la escritura de algún poema en una línea musical una obra tan noble como la instrucción que convierte las capacidades de un alma humana en pura armonía? No obstante, hay mujeres que consideran los cuidados y preocupaciones de la maternidad como tareas demasiado insignificantes y comunes para sus manos. Cuando llega un hijo, emplean a una niñera, quien por una compensación semanal, acuerda hacerse cargo del pequeñito para que la madre pueda estar libre de esa carga y dedicarse a cosas que considera más distinguidas y valiosas.

¿Será demasiado fuerte la siguiente acusación? “Para librarse de la carga que es su pequeñito, una madre se valdrá de los oficios de la niñera que le resulte más fácil conseguir, le pasará a esta empleada, a esta extraña ignorante, el deber de nutrir el alma que Dios ha puesto en sus manos. La madre ha nutrido su cuerpito hasta nacer, ahora cualquiera sirve para nutrir su alma. Al hacer esto, la madre ha dejado en manos de esta empleada lo que es su propia responsabilidad, lo ha puesto bajo su constante influencia, lo ha dejado sujeto a la sutil impresión de su espíritu, a grabar en su ser interior la vida, sea cual fuera, de esta alma inculta. La niñera despierta sus primeros pensamientos, aviva sus primeras
emociones, da comienzo a la delicada acción de las motivaciones sobre la voluntad —generalmente estar en tales manos implica el uso de una fuerza combinada de intimidación y soborno. Estar bajo el supuesto cuidado de la niñera incluye intensos temores e intensas exigencias— ella forma sus tendencias, de ella aprende a jugar y de ella aprende a vivir. Así la joven madre queda en libertad para vestirse y salir, visitar y recibir, disfrutar de los bailes y las óperas, ¡cumpliendo su responsabilidad de una vida inmortal por medio de una representante! ¿Existe en esta época deshonrosa, algo más deshonroso que esto? Nuestras mujeres abarrotan las iglesias con el fin de recibir la inspiración
de la fe cristiana para cumplir sus obligaciones cotidianas, y luego reniegan de la principal de las fidelidades, la más solemne de todas las responsabilidades…”.

¡Oh, que Dios quiera darle a cada madre una visión de la gloria y esplendor de la obra que le ha encomendado cuando pone en su regazo a un infante para alimentar y enseñar! Si pudiera siquiera vislumbrar tenuemente el futuro de esa vida hasta la eternidad; si tuviera esa visión podría ver dentro de su alma sus posibilidades, podría comprender su propia responsabilidad personal de la educación de este hijo, del desarrollo de su vida, de su destino, vería que en todo el mundo de Dios, no existe otra obra más noble y digna de sus mejores capacidades y no entregaría a otras manos la responsabilidad sagrada y santa que a ella le es dada…

Lo que queremos hacer con nuestros hijos no es sólo controlarlos y que tengan buenos modales, sino implantar principios verdaderos en lo profundo de su corazón, valores que rijan toda su vida, que formen su

carácter desde adentro hasta llegar a tener una hermosura semejante a la de Cristo y hacer de ellos hombres y mujeres nobles, fuertes para la batalla y fieles en el cumplimiento de su deber. Deben ser instruidos, más bien que gobernados. La formación del carácter, no meramente la buena conducta, es el objetivo de toda dirección y enseñanza del hogar…

Cuando un pequeñito en los brazos de su madre es amado, nutrido, acariciado, y cuando lo acuna cerca de su corazón, ora por él, llora por él, habla con él durante días, semanas, meses y años no es ilusorio decir que la vida de la madre ha pasado al alma del hijo. Lo que el niño llega a ser es determinado por lo que es la madre. Los primeros años establecen lo que será su carácter y estos años son los de la madre.

Oh madre de hijos pequeños, me inclino ante usted con reverencia. Su obra es muy sagrada. Está determinando el destino de un alma inmortal. Las capacidades latentes en el pequeñito que acunó en su regazo anoche son capacidades que existirán para siempre. Lo está preparando para su destino e influencia inmortal. Sea fiel. Asuma su encargo sagrado con reverencia. Asegúrese de que su corazón sea puro y que su vida sea dulce y limpia. La fábula persa dice que el trozo de arcilla era fragante porque había estado encima de una rosa. Sea su vida como la rosa y entonces, su hijo absorberá su fragancia en sus brazos. Si no hay aroma en la rosa, la arcilla no será perfumada.

En la historia humana abundan las ilustraciones del poder de la influencia de los padres. Dicha influencia ilumina o apaga la vida del hijo hasta el final. Es una bendición que hace que cada día sea mejor y más feliz, o es una maldición que deja ruina y sufrimiento a cada paso. Miles han sido librados de ir por mal camino gracias a los recuerdos santos de su hogar feliz y piadoso, o se han perdido por su pésima influencia. No existen lazos más fuertes que las cuerdas que un verdadero hogar tiende alrededor del corazón.

Cuando pienso en lo sagrado y la magnitud de la responsabilidad de los padres, no comprendo cómo un padre o madre pueda mirar y pensar en el pequeñito que les ha sido dado y considerar su obligación por él sin sentirse impulsados a acudir a Dios y, por el propio peso de la carga que llevan, clamar a él pidiendo ayuda y sabiduría. Cuando un hombre impenitente se inclina sobre la cuna de su primer nacido, cuando comienza a comprender que aquí hay un alma que tiene que instruir, enseñar, moldear y guiar por este mundo hasta llegar el tribunal del Dios, ¿cómo puede seguir apartado de Dios? Pregúntese, al inclinarse sobre la cuna de su hijo y besar sus dulces labios: “¿Soy consecuente
con mi hijo mientras descarto a Dios de mi propia vida? ¿Soy capaz de cumplir yo solo esta solemne responsabilidad de ser padre, en mi debilidad humana, sin ayuda divina?”. No entiendo cómo puede haber algún padre que pueda hacerle frente a estas preguntas con sinceridad cuando contempla a su criatura inocente e indefensa, que le ha sido dada para cobijar, guardar y guiar, y no caer de rodillas al instante y entregarse a Dios.

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.