Dios nos ha creado de manera que en el amor y cuidado de nuestros propios hijos, se manifiesten los mejores rasgos de nuestra naturaleza. Muchas de las lecciones más profundas y valiosas que jamás aprendemos, las leemos en las páginas del desarrollo del niño. Comprendemos mejor los sentimientos y afectos que tiene Dios por nosotros cuando nos inclinamos sobre nuestro propio hijo y vemos en nuestra paternidad humana una imagen tenue de la Paternidad
divina. No hay nada que nos conmueva tanto como tener en nuestros brazos a nuestros propios bebés. Verlos tan indefensos apela a cada principio noble en nuestro corazón. Su inocencia ejerce sobre nosotros un poder purificador. El hecho de pensar en nuestra responsabilidad por ellos exalta cada facultad de nuestra alma. El cuidado mismo que requieren, nos trae bendiciones. Cuando llega la vejez, ¡muy solitario es el hogar que no tiene hijo o hija que regresa con gratitud para brindar cuidados amorosos dando alegría y tranquilidad a los padres en sus últimos años!

El matrimonio se renueva cuando llega al hogar el primogénito. Inspira a los casados a vivir en una intimidad que nunca habían conocido. Toca las cuerdas de sus corazones que habían permanecido silenciosas hasta ese momento. Exterioriza cualidades que nunca habían ejercido antes. Aparecen atractivos insospechados del carácter. La joven de risa fácil y despreocupada de un año atrás se transforma en una mujer seria y reflexiva. El joven inmaduro e inestable se convierte en un hombre con fuerza varonil y de carácter maduro cuando contempla el rostro de su propio hijo y lo toma en sus brazos. Aparecen nuevas metas ante los jóvenes padres; comienzan a surgir nuevos impulsos en su corazón. La vida de pronto cobra un significado nuevo y más profundo. Vislumbrar el misterio solemne que les ha sido develado los hace madurar. Tener entre sus manos una carga nueva y sagrada, una vida inmortal para ser guiada y educada por ellos, los hace conscientes de su responsabilidad lo cual los torna reflexivos. El yo, ya no es lo principal. Hay un nueva motivación por la cual vivir, un sujeto tan grande que llena sus vidas e involucra sus más grandes capacidades. Es solo cuando llegan los hijos que la vida se hace realidad, que los padres comienzan a aprender a vivir. Hablamos de instruir a nuestros hijos, pero primero nos instruyen ellos a nosotros enseñándonos muchas lecciones sagradas, despertando en nosotros muchos dones y posibilidades desconocidas, y sacando a luz muchas gracias escondidas y transformando nuestras características caprichosas hasta moldearlas en un carácter fuerte y armonioso…

Nuestros hogares serían muy fríos y lóbregos sin nuestros hijos. A veces nos cansamos de sus ruidos. Sin duda exigen mucho cuidado y nos causan mucha preocupación. Nos dan muchísimo trabajo. Cuando son pequeños, muchas son las noches cuando interrumpen nuestro sueño con sus cólicos y su dentición; y cuando son más grandes, muchas veces nos destrozan el corazón con sus rebeldías. Cuando los tenemos, mejor es que nos despidamos de vivir para nosotros mismos y de toda tranquilidad personal e independencia, si es que vamos a cumplir con fidelidad nuestra obligación de padres de familia.

Hay algunos que, por lo tanto, consideran la llegada de los hijos como una desgracia. Hablan de ellos superficialmente como “responsabilidades”. Los consideran como obstáculos para sus diversiones. No ven en ellos ninguna bendición. Pero demuestra un gran egoísmo el que piensa de los hijos de esta manera. Los hijos traen bendiciones del cielo cuando llegan y las siguen siendo mientras viven.

Cuando llegan los hijos, ¿qué vamos a hacer con ellos? ¿Cuáles son nuestros deberes como padres? ¿Cómo debemos cumplir nuestra responsabilidad? ¿Cuál es la parte de los padres en el hogar y la vida familiar? Es imposible exagerar la importancia de estas preguntas… Es grandioso tomar estas vidas jóvenes y tiernas, ricas en posibilidades de
hermosura, de gozo y de dones. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todo este potencial puede ser destrozado, si somos irresponsables en su formación, su educación y en el desarrollo de su carácter. En esto es en lo que hay que pensar al formar un hogar. Tiene que ser un hogar en el cual los hijos maduran para vivir una vida noble y auténtica, para Dios y para el cielo.

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.