Los paganos y otros sin Dios no comprenden la gloria del matrimonio. Se limitan a compilar las debilidades que existen tanto en la vida matrimonial como en el género femenino. Separan lo inmundo de lo limpio, de tal manera que retienen lo inmundo y no ven lo limpio. También, de esta manera, algunos eruditos de la ley emiten juicios impíos sobre este libro de Génesis diciendo que no contiene más que las actividades lascivas de los judíos. Si, además de esto, cunde un desprecio por el matrimonio y se practica un celibato impuro, ¿acaso no son estos hebreos culpables de los crímenes de los habitantes de Sodoma y merecedores del mismo castigo? Pero dejemos a un lado a estos hombres y escuchemos a Moisés.

No bastó que el Espíritu Santo afirmara: “Conoció Adán a… Eva”, sino que incluye también “su mujer” [significando su esposa]. Porque el Espíritu no aprueba el libertinaje disoluto ni la cohabitación promiscua. Quiere que cada uno viva tranquilo con su propia esposa. A pesar de que la relación íntima de un matrimonio no es de ninguna manera tan pura como lo hubiera sido en el estado de inocencia, en medio de esa debilidad causada por la lascivia y de el resto de todas nuestras desgracias, la bendición de Dios persiste. Esto fue escrito aquí, no por Adán y Eva (porque ellos hacía mucho que habían sido reducidos al polvo cuando Moisés escribió estas palabras), sino por nosotros para que aquellos que no se pueden contener, vivan satisfechos con su propia Eva y no toquen a otras mujeres.

La expresión “conoció a… su mujer…” es exclusiva del hebreo porque el latín y el griego no se expresan de esta manera. No obstante, es una expresión muy acertada, no sólo por su castidad y modestia, sino también por su significado específico, porque en hebreo tiene un significado más amplio que el que tiene el verbo “conocer” en nuestro idioma. Denota, no sólo un conocimiento abstracto sino, por así decir, sentimiento y experiencia. Por ejemplo, cuando Job dice de los impíos que conocerán [o sabrán] lo que significa actuar en contra de Dios, está queriendo decir: “Sabrán por experiencia y lo sentirán”. También el Salmo 51:3 dice: “Porque yo reconozco mis rebeliones”, significando: “Lo siento y por experiencia”. Igualmente, cuando Génesis 22:12 dice: “Ya conozco que temes a Dios”, se trata de “Ya he comprendido el hecho por experiencia”. Así también, Lucas 1:34: “Pues no conozco varón”. De hecho, María conocía a muchos hombres, pero no había tenido la experiencia ni sentido a ningún hombre físicamente. En el pasaje que tratamos, Adán conoció a Eva, su mujer, no objetiva ni especulativamente, sino que realmente había sentido por experiencia a su Eva como una mujer.

El agregado “la cual concibió y dio a luz a Caín” es indicación segura de una mejor condición física que la que hay en la actualidad porque en aquella época no había tantos habitantes ineficaces como los hay en este mundo en decadencia; pero cuando Eva fue conocida, sólo una vez por Adán, quedó embarazada inmediatamente.

Aquí surge la pregunta de por qué Moisés dice “dio a luz a Caín” y no “dio a luz un hijo y lo llamó Set”. Caín y Abel eran también hijos. Entonces, ¿por qué no son llamados hijos? La respuesta es que esto sucedió a causa de sus descendientes. Abel, que fue muerto por su hermano, murió físicamente; en cambio, Caín murió espiritualmente por su pecado y no propagó la simiente de la Iglesia ni del reino de Cristo. Toda su posteridad pereció en el Diluvio. Por lo tanto, ni el bendecido Abel ni el condenado Caín llevan el nombre de hijo, sino que fue de los descendientes de Set de quienes nació Cristo, la Simiente prometida.

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Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.