Este es un mandato que Dios agregó para la criatura. Pero, buen Dios, ¡cuánto hemos perdido por el pecado! ¡Cuán bendito era el estado del hombre cuando engendrar hijos estaba enlazado con el mayor respeto y sabiduría, de hecho, con el conocimiento de Dios! En la actualidad, la carne está tan abrumada por la lepra de la lascivia que, en el acto de procreación, el cuerpo se vuelve groseramente animal y no puede concebir en el conocimiento de Dios.

La raza humana mantuvo el poder de procreación, pero muy degradado y hasta totalmente abrumado por la lepra de la lascivia, de modo que la procreación es, apenas un poco, más moderada que la de los animales. Agréguense a esto los riesgos y peligros del embarazo y de dar a luz, la dificultad de alimentar al hijo y muchos otros males, los cuales nos señalan la enormidad del pecado original. Por lo tanto, la bendición, que sigue hasta ahora en la naturaleza, lleva consigo, por así decirlo, una maldición en sí y degrada la bendición, si la comparamos con la primera. No obstante, Dios la estableció y la preserva.

Por lo tanto, reconozcamos con agradecimiento esta “bendición estropeada”. Y tengamos en mente que la inevitable lepra de la carne, que no es más que desobediencia y aborrecimiento adheridos al cuerpo y a la mente, es el castigo por el pecado. Por lo demás, esperemos con anhelo la muerte de esta carne para ser liberados de estas condiciones aborrecibles y ser restaurados aún más allá del punto de aquella primera creación de Adán…

Aunque Adán había caído por su pecado, contaba con la promesa… que de su carne, que ahora estaba sujeta a la muerte, nacería para él un renuevo de vida. Comprendió que produciría hijos, especialmente porque la bendición “fructificad y multiplicaos” (Gn. 1:28), no había sido retirada, sino reafirmada en la promesa de la Simiente, quien aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). En consecuencia, creo que Adán no conoció a su Eva simplemente por la pasión de su carne, sino que también lo impulsaba la necesidad de lograr salvación por medio de la Simiente bendita.

Por lo tanto, nadie debe sentirse contrariado ante la mención de que Adán conoció a su Eva. Aunque el pecado original ha hecho de esta obra de procreación, la cual debe su origen a Dios, algo vergonzoso que incomoda a oídos puros, el hombre de pensamiento espiritual debe hacer una distinción entre el pecado original y el producto de la creación. La obra de procreación es algo bueno y santo que Dios ha creado, porque procede de él, quien le da su bendición. Además, si el hombre no hubiera caído, hubiera sido una obra muy pura y muy honrosa. Así que como nadie siente recelo acerca de conversar, comer o beber con su esposa –pues estas son todas acciones honrosas– así también, el acto de engendrar tendría que haber sido algo de gran estima.


Entonces, pues, la procreación continuó en la naturaleza, aun cuando se había depravado, pero se le agregó el veneno del diablo, a saber, la lascivia de la carne y el agravante de la concupiscencia que son también la causa de diversas adversidades y pecados, de los que la naturaleza en su estado de perfección se hubiera librado. Conocemos por experiencia los deseos excesivos de la carne y, para muchos, ni el matrimonio es un remedio adecuado. Si lo fuera, no habría casos de adulterio y fornicación que, lamentablemente, son demasiado frecuentes. Aun entre los casados mismos, ¡qué diversas son las maneras como se manifiesta la debilidad de la carne! Todo esto viene, no de lo que fue creado [originalmente] ni de la bendición que viene de Dios, sino del pecado y la maldición, que es producto del pecado. Por lo tanto, tienen que considerarse aparte de la creación de Dios, que es buena; y vemos que el Espíritu Santo no tiene ningún recelo en hablar de ella.

__________________________________________________________________________

Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.