El Padre y la Adoración Familiar 3

La hora de la oración y la alabanza domésticas también es el momento de la instrucción bíblica. El padre ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeña manada. Admite, pues, ser su maestro y subpastor. Tal vez no sea más que un hombre sencillo, que vive de su trabajo, poco familiarizado con escuelas o bibliotecas y, como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Éx. 4:10). No obstante, está junto al pozo abierto de la sabiduría y, como el mismísimo Moisés, puede sacar el agua suficiente y dar de beber al rebaño (Éx. 2:19). Por ahora, se sienta en “la silla de Moisés” y ya no “ocupa el lugar de simple oyente” (1 Co. 14:16). Esto es alentador y ennoblecedor. Así como la madre amorosa se regocija de ser la fuente de alimentación del bebé que se aferra a su cálido seno, el padre cristiano se deleita en transmitir mediante la lectura reverente “la leche espiritual no adulterada” (1 P. 2:2). Ha resultado buena para su propia alma; se regocija en un medio señalado para transmitírsela a sus retoños. El señor más humilde de una casa puede muy bien sentirse exaltado reconociendo esta relación con aquellos que están a su cuidado.

Se reconoce que el ejemplo del padre es importantísimo. No se puede esperar que el manantial sea más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá constreñido a decir: “Estoy guiando a mi familia a dirigirse solemnemente a Dios; ¿qué tipo de hombre debería ser? ¿Cuánta sabiduría, santidad y ejemplaridad?”. Éste ha sido, sin duda y en casos innumerables, el efecto que la adoración familiar ha tenido sobre el padre de familia. Como sabemos, los hombres mundanos y los cristianos profesantes que no son consecuentes, están disuadidos de llevar a cabo este deber mediante la conciencia de una discrepancia entre su vida y cualquier acto de devoción. Así también, los cristianos humildes se guían por la misma comparación para ser más prudentes y para ordenar sus caminos de manera que puedan edificar a los que dependen de ellos. No pueden haber demasiados motivos para una vida santa ni demasiadas salvaguardas para el ejemplo parental. Establece la adoración a Dios en cualquier casa y habrás erigido una nueva barrera en torno a ella contra la irrupción del mundo, de la carne y del diablo.

En la adoración familiar, el señor de la casa aparece como el intercesor de su familia. El gran Intercesor está verdaderamente arriba, pero “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Ti. 2:1) han de hacerse aquí abajo y ¿por quién si no el padre por su familia? Este pensamiento debe producir solemnes reflexiones. El padre, quien con toda sinceridad viene a diario a implorar las bendiciones sobre su esposa, sus hijos y sus trabajadores domésticos, tendrá la oportunidad de pensar en las necesidades de cada uno de ellos. Aquí existe un motivo urgente para preguntar sobre sus carencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus errores y sus transgresiones. El ojo de un padre genuino es rápido; su corazón es sensible a estos puntos; y la hora de la devoción reunirá estas solicitudes. Por tal motivo, como ya hemos visto, después de las fiestas de sus hijos, el santo Job “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que haya sido el efecto que esto tuvo en sus hijos, el efecto sobre Job mismo, sin duda, fue un despertar sobre su responsabilidad parental. Y éste es el efecto de la adoración familiar en el cabeza de familia.

El padre de una familia se encuentra bajo una influencia sana cuando se le lleva cada día a tomar un puesto de observación y dice a su propio corazón: “Por este sencillo medio, además de todos los demás, estoy ejerciendo alguna influencia definida, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio de manera innecesaria; tal vez no puedo omitirlo por com-pleto sin que sea en detrimento de mi casa. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar ni orar sin dejar alguna huella en esas tiernas mentes. ¡Con cuánta solemnidad, afecto y fe debería, pues, acercarme a esta ordenanza! ¡Con cuánto temor piadoso y preparación! Mi conducta en esta adoración puede salvar o matar. He aquí mi gran canal para llegar al caso de quienes están sometidos a mi cargo”. Estos son pensamientos sanos, engendrados naturalmente por una ordenanza diaria que, para demasiadas personas, no es más que una formalidad.

El marido cristiano necesita que se le recuerden sus obligaciones; nunca será demasiado. El respeto, la paciencia, el amor que las Escrituras imponen hacia la parte más débil y más dependiente de la alianza conyugal, y que es la corona y la gloria del vínculo matrimonial cristiano, no se ponen tanto en marcha como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años son llevados día tras día al lugar de oración y elevan un corazón unido a los pies de una misericordia infinita. Como la Cabeza de todo hombre es Cristo, así también la cabeza de la mujer es el hombre (cf. 1 Co. 11:3). Su puesto es responsable, sobre todo en lo espiritual. Rara vez lo siente con mayor sensibilidad que cuando cae con la compañera de sus cargas ante el trono de gracia.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.