El Padre y la Adoración Familiar 2

El mantenimiento de la adoración doméstica en cada casa se le encomienda principalmente al cabeza de familia, quienquiera que pueda ser. Si es del todo inadecuado para el cargo por tener una mente incrédula o una vida impía, esta consideración debería sobresaltarlo y horrorizarlo; se le somete con afecto a cualquier lector cuya conciencia pueda declararse culpable de semejante imputación. Existen casos donde la gracia divina ha dotado en ese sentido a alguno de la familia, aunque no sea el padre, la madre ni el más mayor para delegar en él la realización de este deber. La madre viuda, la hermana mayor o el tutor de la familia puede ocupar el lugar del padre. Puesto que en una gran mayoría de casos, si se celebra este culto ha de ser dirigido por el padre, trataremos el tema bajo esta suposición, teniendo como premisa que los principios establecidos se aplican en su mayoría a todas las demás influencias.

Ningún hombre puede acercarse al deber de dirigir a su familia en un acto de devoción sin una solemne reflexión sobre el lugar que ocupa con respecto a ellos. Él es su cabeza. Lo es por constitución divina e inalterable. Son deberes y prerrogativas que no puede enajenar. Hay algo más que una mera precedencia en la edad, el conocimiento o la sustancia. Es el padre y señor. Ninguno de sus actos y nada en su carácter puede no dejar una marca en aquellos que lo rodean. Será apto para sentirlo cuando los llame a su presencia para orar a Dios. Y cuanto mayor devoción ponga en la labor, más lo sentirá. Aunque todo el sacerdocio, en el sentido estricto, haya acabado en la tierra y haya sido absorbido en las funciones del gran Sumo Sacerdote, sigue habiendo algo parecido a una intervención sacerdotal en el servicio del patriarca cristiano. Ahora está a punto de ir un paso por delante de la pequeña morada en la ofrenda del sacrificio espiritual de la oración y la adoración. Por ello, se dice en cuanto a Cristo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15). Ésta es la ofrenda perpetua que el cabeza de familia está a punto de presentar. Hasta que la larga perseverancia en una aburrida formalidad rutinaria haya mitigado toda sensibilidad, debe entregarse a la solemne impresión. A veces lo sentirá como una carga para su corazón; se hinchará en ocasiones con sus afectos como “vino que no tiene respiradero” (Job 32:19). Son emociones saludables que elevan, que van a formar el serio y noble carácter que se puede observar en el viejo campesinado de Escocia.

Aunque no fuera más que un pobre hombre iletrado que inclina su canosa cabeza entre una cuadrilla de hijos e hijas, siente mayor y más sublime veneración que los reyes que no oran. Su cabeza está ceñida de esa “corona de honra” que se encuentra “en el camino de justicia” (Pr. 16:31). El padre que, año tras año preside en la sagrada asamblea doméstica, se somete a una fuerte in-fluencia que tiene un efecto incalculable sobre su propio carácter de padre.

¿Dónde es más verosímil que un padre sienta el peso de su responsabilidad que donde reúne a su familia para adorar? Es verdad que debe siempre vigilar sus almas; pero ahora está en el lugar donde no puede sino probar la certeza de esta responsabilidad. Se reúne con su familia con un propósito piadoso y cada uno mira hacia él para obtener guía y dirección. Su ojo no puede detenerse en un solo miembro del grupo que no esté bajo su cuidado especial. Entre todas estas personas no hay una sola por la que no tenga que rendir cuenta delante del trono de juicio de Cristo. ¡La esposa de su juventud! ¿A quién recurrirá ella para la vigilancia espiritual, sino a él? ¡Y qué relación familiar tan poco natural cuando esta vigilancia se repudia y esta relación se invierte! ¡Los hijos! Si llegan a ser salvos es probable que, en cierto grado, se deba a los esfuerzos de su padre. Los empleados domésticos, los aprendices, los viajeros, todos están encomendados por tiempo más largo o más corto a su cuidado. El ministro doméstico clamará con seguridad: “¿Quién es suficiente para estas cosas?” y, sobre todo, cuando esté realizando estos deberes. Si su conciencia se mantiene despierta por una relación personal con Dios, nunca entrará a la adoración familiar sin sentimientos que impliquen esta misma responsabilidad y tales sentimientos no pueden sino grabarse en el carácter parental.

Le seguirá un bien indecible, si cualquier padre pudiera sentirse como el manantial terrenal principal de la influencia piadosa de su familia, así desig-nado por Dios. ¿No es verdad? ¿Habría algún otro medio de hacerle sentir que eso es cierto que se pueda comparar con la institución de la adoración familiar? Ahora ha asumido su lugar de pleno derecho como instructor, guía y alguien ejemplar en la devoción. Ahora, aunque sea un hombre silencioso o tímido, su boca está abierta.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.