Antídoto contra El papado [12]

De esta generalidad procederé a casos más particulares. En su mayor parte llevaron importantes principios de religión en los que la fe y la práctica cristiana están sumamente implicadas. Y comenzaré con aquello que es de señalado provecho para los forjadores de estas imágenes —como también lo son las demás cosas en su medida porque, con esta astucia, obtienen su sustento y su riqueza—, y sumamente pernicioso para las almas de otros hombres.

Que existe una contaminación espiritual en el pecado es un principio de verdad en el que todo el curso de la obediencia cristiana esta implicado.

La Escritura lo declara por todas partes y representa su naturaleza misma mediante la
inmundicia espiritual que es lo contrario a la santidad de la naturaleza divina, como nos la presenta la ley. Esta contaminación está, igualmente, en todos los hombres por naturaleza. Todos han nacido, del mismo modo, en pecado y en la corrupción de este: “¿Quién hará limpio a lo inmundo ?”. Y esto ocurre en todos de manera personal, en diversos grados. Algunos están más contaminados con pecados reales que otros, pero todos lo están en su grado y medida. Esta contaminación del pecado debe ser limpiada y quitada antes de nuestra entrada en el Cielo, porque ninguna cosa inmunda entrará en el reino de Dios. El pecado debe ser destruido en su naturaleza, su práctica, su poder, y sus efectos, o no seremos salvos de él. Esta purificación del pecado se opera en nosotros, de forma inicial y gradual, en esta vida, y se cumple en la muerte, cuando los espíritus de los hombres justos son hechos perfectos. Una importante parte de la obediencia de los creyentes en este mundo y del ejercicio de su fe consiste en el cumplimiento de esta obra de la gracia de Dios hacia ellos, por el cual se purifican. La causa principal, interna, inmediata y eficiente de esta purificación de pecados es la sangre de Cristo, de Jesucrislo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (cf. 1 Jn. 1:7). La sangre de Jesús limpia nuestras conciencias de obras muertas (cf. He. 9:1 4). Él nos lava en su sangre (cf. Ap. 1:5). Existe una causa externa que contribuye a esto: las pruebas y las aflicciones, efectivas por la palabra y cumplidas en la muerte.

Pero esta manera de limpiar los pecados por la sangre de Cristo es misteriosa. No hay
discernimiento de su gloria excepto por la luz espiritual ni experiencia de su poder, excepto por la fe. En consecuencia, la mayoría la desprecia y la descuida, aunque profesa la doctrina del evangelio extemamente. Por lo general, los hombres piensan que hay mil maneras mejores de limpiar el pecado que esta que no pueden entender. Véase Miqueas 6:6-7. Es misteriosa en su aplicación a las almas de los creyentes por el Espíritu Santo. Lo es en la fuente de su eficacia que es su oblación para la propiciación; y en su relación con el nuevo pacto que primero lo establece y después lo hace efectivo con este fin. Su obra es gradual e imperceptible a todo lo que no sea los ojos de la fe y la diligente experiencia espiritual.

De nuevo: La sabiduría divina ordena y requiere estrictamente comenzar, suscitar y alentar la máxima diligencia de los creyentes en el cumplimiento de su eficacia con el mismo fin. Lo que Cristo hizo por nosotros, lo llevo a cabo sin nosotros, sin nuestra ayuda o colaboración. Así como Dios nos hizo sin nosotros mismos, Cristo nos redimió. Pero lo que él hace en nosotros, también lo hace por nosotros; lo que él obra en forma de gracia, nosotros lo realizamos en forma de deber. Y nuestro deber, aquí, consiste, como en el continuo ejercicio de todos los hábitos bondadosos, en renovar, cambiar y transformar el alma a semejanza de Cristo (porque el que espera verle, “se purifica asímismo, como él es puro”); asímismo, en la mortificación universal, permanente e ininterrumpida, con este fin, y de la que hablaremos después. Esto también hace que la obra sea misteriosa y difícil. El progreso de las aflicciones con el mismo fin es una parte principal de la sabiduría de la fe, sin la cual no pueden ser de utilidad espiritual alguna a las almas de los hombres.

Esta noción de la contaminación del pecado y de la necesidad de su purificación, fueron retenidas en la Iglesia de Roma, porque no podían perderse sin el rechazo de la Escritura solamente, sino también sin la asfixia de las concepciones naturales sobre ellas, indeleblemente fijadas en las conciencias de los hombres. Pero la luz espiritual sobre la gloria de la propia cosa en sí, o la purificación mística del pecado con una experiencia del poder y la eficacia de la sangre de Cristo, aplicadas a las conciencias de los creyentes con este fin, por el Espíritu Santo, se perdieron entre ellos. En vano buscaremos una cosa de esta naturaleza, ya sea en su doctrina o en su práctica. Por tanto, habiendo perdido la sustancia de esta verdad y toda experiencia de su poder, para poder retener el uso de su nombre se han hecho diversas y pequeñas imágenes de ella —cosas rastreras— a las que atribuyen el poder de limpiar el pecado, como el agua bendita, los peregrinajes, las disciplinas, las misas, y diversas conmutaciones. Pero pronto encontraron, por experiencia, que estas cosas no purificaban el corazón ni apaciguaban las conciencias de
los pecadores mas allá de lo que la sangre de los toros y los machos cabríos podían hacerlo bajo la ley; en realidad, más allá de lo que las ilustraciones y expiaciones del pecado podían efectuar. Por tanto, finalmente han formado una imagen más majestuosa y engañosa de ella, para adaptarse a todas las circunstancias de los pecadores convencidos. Se trata de un purgatorio después de esta vida, es decir, un lugar subterráneo donde, por diversos medios, se limpia las almas de los hombres de todos sus
pecados y se preparan para el Cielo, cuando Cristo el Señor crea adecuado enviar a buscarlas, o el papa juzgue apropiado enviarlas a él.

Hasta aquí, que pretendan lo que les plazca: la gente bajo su dirección confía mil veces
más en la limpieza de sus pecados en el purgatorio que en la sangre de Cristo. Pero esto no es más que una imagen maldita de la virtud de esta que se levanta para apartar a las mentes de los pobres pecadores del interés en participar de la eficacia de dicha sangre para ese fin, que se obtiene, únicamente, por la fe (Ro.3:25). Se han limitado a colocar esta imagen detrás de la cortina de la mortalidad, para que su engaño no pudiera ser descubierto. Nadie que se sienta engañado por ella puede volver para quejarse o advertir a otros que tengan cuidado de sí mismos. Y esto era, de modo especial, adecuado para el engaño de los que vivían en los placeres o en la búsqueda de ganancias injustas, sin el ejercicio de las aflicciones en este mundo. De estas dos clases de personas, con esta maquinaria, recaudaron un ingreso para sí superior al de los reyes y príncipes. Porque todas las donaciones de sus casas y sociedades religiosas no fueron sino conmutaciones para el aplacamiento del fuego de este purgatorio. Pero, puesto que en sí misma era un poste podrido que no podría permanecer en pie ni subsistir, se vieron obligados a sujetarla con muchas otras imaginaciones. Con este fin y para asegurar el funcionamiento de este purgatorio, idearon la distinción de pecados mortales y veniales—no en cuanto a su fin, con respecto a la fe y al arrepentimiento ni en cuanto a los grados del pecado, con respecto a los agravios, sino en cuanto a la naturaleza de
los mismos—; algunos de ellos (a saber, los veniales) son susceptibles de una expiación purificadora después de esta vida, aunque los hombres mueran sin arrepentirse de ellos. Cuando se ideó esto, colocaron casi todos los pecados que se puedan nombrar bajo este orden. Y, lo que a esto se refiere, esta imagen ha llegado a ser una maquinaria para defraudar a toda la doctrina del evangelio y precipitar a pecadores confiados a la ruina eterna.

Para reforzar esta confianza engañosa, añadieron otra invención con respecto a cierto
almacen de méritos eclesiásticos, cuyas llaves le son encomendadas al papa para que haga uso de ellos, como crea oportuno, para la calma y el alivio de los que están en este purgatorio. Mientras muchos de su iglesia y comunión han hecho, como dicen, más buenas obras de las que eran necesarias para su salvación (las cuales han colocado en una balanza de justicia conmutativa), los excedentes les son encomendados al papa para conmutarlos por el castigo de los pecados de quienes son enviados al purgatorio para sufrir por ellos. No podían haber hallado maquinaria más poderosa para evacuar la eficacia de la sangre de Cristo, ofrecida o rociada y, con ella, la doctrina del evangelio concerniente a la fe y al arrepentimiento. Además, para darle mayor consistencia (como una mentira debe estar tejida con otra o, rápidamente, se rasgará todo) han imaginado una separación que ha de hacerse entre la culpabilidad y el castigo de modo que, cuando la culpabilidad se remite plenamente y se perdona, puede, sin embargo, quedar castigo a causa del pecado. Porque este es el caso de los que están en el purgatorio: sus pecados
son perdonados, de modo que su culpabilidad no les entregará a la condenación eterna,
aunque “la paga del pecado es muerte”. Sin embargo, deben ser diversamente castigados
por los pecados que se les perdona. Pero, así como esto se contradice en sí mismo, ya que
es completamente imposible que haya ningún castigo así llamado, excepto donde hay culpabilidad como su causa, resulta altamente injurioso tanto para la gracia de Dios como para la sangre de Cristo, al procurar y conceder tal perdón cojo de pecados que deje lugar para el castigo junto al que es eterno. Estos son algunos de los apoyos podridos que han colocado en las mentes de las personas crédulas y supersticiosas, aterrorizadas con la culpabilidad y las tinieblas, para sostener esta tambaleante imagen deformada, levantada en el lugar de la eficacia de la sangre de Cristo para limpiar las almas y conciencias de los creyentes de pecado. Pero el motivo principal de establecerla y conservarla es: la oscuridad, la ignorancia, la culpabilidad, el temor, el pánico de conciencia, acompañados de un amor al pecado, al que la mayoría de ellos esta detestablemente sujeta. Intranquilos, desconcertados, y atormentados con estas cosas y,siendo completamente ignorantes del verdadero y único camino de separación y liberación de ellas, abrazan ávidamente esta provisión para su presente desasosiego
y alivio, acomodándose a lo máximo que la astucia humana o diabólica puedan alcanzar
para disminuir su temor, aplacar sus tormentos y dar seguridad a sus mentes supersticiosas. Y así, esto ha llegado a ser la vida y el alma de su religión, difundiéndose por todas sus partes y asuntos. Se confía más en esto que en Dios, en Cristo, y en el evangelio.

La luz y la experiencia espiritual, con sus resultados para la paz para con Dios, salvaguardarán las mentes de los creyentes de inclinarse ante esta horrenda imagen, aunque los reconocimientos de su divinidad les sean impuestos con astucia y fuerza. De otro modo no se hará, porque, sin esto, una fuerte inclinación y disposición surgida de la mezcla del temor supersticioso y el amor al pecado se apropiaron de las mentes de los hombres para acercarse a este pretendido alivio y satisfacción. El fundamento de nuestra preservación, aquí, reside en la luz espiritual, o en una capacidad de la mente procedente de iluminación sobrenatural, para discernir la belleza, la gloria, y la eficacia de la limpieza de nuestros pecados por la sangre de Cristo. Cuando se manifieste a nosotros la gloria de la sabiduría y la gracia de Dios, del amor y la gracia de Cristo, y del poder del Espíritu Santo, despreciaremos todas las pinturas de esta invención; Dagón caerá ante el arca. Todas estas cosas resplandecen gloriosamente y se manifiestan a los creyentes en esta misteriosa manera de limpiar todos nuestros pecados por la sangre de Cristo. A continuación experimentaremos la eficacia de esta verdad celestial en nuestras propias almas. No hay hombre cuyo corazón y camino sean limpiados por la sangre de Cristo mediante su efectiva aplicación por el Espíritu Santo, en la ordenanza del evangelio, a menos que tenga o pueda tener una experiencia reconfortante de esto en su propia alma. Por el poder que ella comunica se siente movido a todo el ejercicio de fe y todos los deberes de obediencia por los cuales la obra de purificación y limpieza de toda la persona puede ser continuada hacia la perfección. Véase 2 Corintios 7:1; 1 Tesalonicenses 5:23; 1 Juan 3:3. Quien esté continuamente involucrado en esta obra con éxito, verá la necedad y la vanidad de cualquier otra pretendida manera de limpiar los pecados, en el presente o en el futuro. El resultado de estas cosas es paz para con Dios, porque son promesas seguras de nuestra justificación y aceptación de él; siendo justificados por fe, tenemos paz para con Dios. Y, cuando alcanzamos esto por el evangelio, toda la estructura del purgatorio cae a tierra, porque está edificada sobre estos fundamentos: que ninguna seguridad del amor de Dios, o de un estado de justificado, puede obtenerse en esta vida, porque si esto fuera posible, el purgatorio no tendría ninguna utilidad. Esto, entonces, guardará seguras a las almas de los creyentes en un desprecio de lo que no es sino un falso alivio para los pecadores turbados en su mente por la carencia de paz para con Dios.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R