Obligaciones principales de los padres 3

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Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos.

Hábleles del pecado —su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación— la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento.

Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando. En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas.

Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Deles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

Entrénelos en el hábito de orar. La oración es el aliento mismo de vida de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias que el hombre ha nacido de nuevo. Dijo el Señor acerca de Saulo el día que le envió a Ananías, “He aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.

La oración era la marca que distinguía al pueblo del Señor el día que comenzó una separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gén. 4:26).

La oración es ahora la característica de todos los verdaderos cristianos. Oran, porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores y lo que dicen es sincero. El cristiano nominal puede recitar oraciones, y oraciones buenas, pero nada más.

La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es estéril y nuestra labor en vano mientras no caigamos de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza.

La oración es un gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando hay mucha comunión privada con Dios, el alma crece como el pasto después de la lluvia. Cuando hay poco, estará detenida, apenas podrá mantener su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano triunfante, y estoy seguro de que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Le pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús, por lo que siempre sabe cómo actuar.

La oración es el motor más poderoso que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad y el remedio más seguro para todo problema. Es la llave que abre el tesoro de promesas y la mano que genera gracia y ayuda en el tiempo de la adversidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena que hagamos sonar en todos nuestros momentos de necesidad, y es el clamor que ha prometido escuchar siempre, tal como una madre cariñosa responde a la voz de su hijo.

La oración es el modo más sencillo que el hombre puede usar para acudir a Dios. Está dentro del alcance de todos —de los enfermos, los ancianos, los débiles, los paralíticos, los ciegos, los pobres, los iletrados—todos pueden orar. De nada le sirve a usted excusarse porque no tiene memoria, porque no tiene educación, porque no tiene libros o porque no tiene erudición en este sentido. Mientras tenga usted una lengua para explicar el estado de su alma, puede y debe orar. Esas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2) será la temible condenación para muchos en el Día del Juicio.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.