Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R