Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R