Eduque a los niños para Cristo 5

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10. Cuídese de aceptar que sus hijos vivan “según la costumbre del mundo”; buscando sus honores, involucrándose en sus luchas ambiciosas, en sus costumbres y modas secularizadoras. Los hijos de padres consagrados no deben encontrarse entre los adeptos a la moda; emulando sus alardes y logros inútiles. “¿Cómo le roban a Cristo lo suyo?”, dijo un padre de familia cristiano. “He observado muchos casos de padres ejemplares, fieles y atinados con sus hijos hasta, quizá los quince años. Luego desean que se asocien con personas distinguidas y el temor de que sean distintos, les ha llevado a dar un giro y vestirlos como gente mundana. Hasta les han escogido sus amistades íntimas. Y los padres han sufrido severamente bajo la vara del castigo divino; sí, han sido mortificados, sus corazones han sido quebrantados por tales pecados, debido a las desastrosas consecuencias en lo que al carácter de sus hijos respecta.

11. Cuídese de los conceptos y sentimientos que promueve en sus hijos con respecto a los BIENES MATERIALES. En las familias llamadas cristianas, el amor por los bienes materiales es uno de los mayores obstáculos para el extendimiento del evangelio. Cada año, las instituciones cristianas de benevolencia sufren por esta causa. Los padres enseñan a sus hijos a “apurarse a enriquecerse”, como si esto fuera lo único para lo cual Dios los hizo. Dan una miseria a la causa de Cristo. Y los hijos e hijas siguen su ejemplo, aun después de haber profesado que conocen el camino de santidad y han dicho “no somos nuestros”. Se podrían mencionar hechos que, pensando en la iglesia de Dios, harían sonrojar a cualquier cristiano sincero. Enseñe a sus hijos a recordar lo que Dios ha dicho: “Tu plata y tu oro son míos”. Recuérdeles que usted y ellos son mayordomos que un día darán cuenta de lo suyo. Considere la adquisición de bienes materiales de importancia sólo para poder hacer el bien y honrar a Cristo. No deje que sus hijos esperen que los haga herederos de grandes posesiones. Deje que lo vean dar anualmente “según Dios lo ha prosperado” a todas las grandes causas de benevolencia cristiana. Ellos seguirán su ejemplo cuando usted haya partido. Dejar a sus hijos la herencia de su propio espíritu devoto y sus costumbres benevolentes será infinitamente más deseable que dejarles “miles en oro y plata”. Hemos visto ejemplos tales.

Para ayudar en esto, cada padre debe enseñar a su familia a ser económica, como un principio religioso. Influya en ellos a temprana edad para que se decidan a practicar una economía altruista y entusiasta. Enséñeles que “más bienaventurado es dar que recibir”, a escribir “santidad al Señor” en el dinero que tienen en el bolsillo, en lugar de gastarlo en placeres dañinos; a procurar la sencillez y economía en el vestir, los muebles, su manera de vivir y a considerar todo uso fútil del dinero como un pecado contra Dios.

12. Cuídese de no frustrar sus esfuerzos por lograr el bien espiritual de sus hijos, teniendo malos hábitos en su familia. Las conversaciones livianas, una formalidad aburrida y apurada en el culto familiar; conversaciones mundanas el día del Señor o comentarios de censura provocan que todos los hijos de familias enteras descuiden la religión. Guárdese contra ser pesimista, moralista, morboso. Algunos padres creyentes parecen tener apenas la religión suficiente para hacerlos infelices y para tener toda la fealdad del temperamento y de los hábitos religiosos que proviene naturalmente de una conciencia irritada por su infiel “manera de vivir”. Hay en algunos cristianos una alegría y dulzura celestiales que declaran a sus familias que la religión es una realidad tanto bendita como seria, dándoles influencia y poder para ganarlos para la obra de Cristo. Cultive esto. Deje que “el amor de Dios [que] está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” pruebe constantemente a sus hijos que la religión es el origen del placer más auténtico, de las bendiciones más ricas.

13. Si desea que sus hijos sean siervos obedientes de Cristo, debe gobernarlos bien. La subordinación es una gran ley de su reino. La obediencia implícita a su autoridad es como la sumisión que su hijo debe rendir a Cristo. ¡Cómo aumenta las penurias de su cristianismo conflictivo el hábito de la insubordinación y terquedad! Muchas veces lo hacen antipático e incómodo en sus relaciones sociales y domésticas, en la iglesia termina siendo un miembro rebelde o un pastor antipático o, si está en la obra
misionera, resulta ser un problema constante y amargo para todos sus colegas. Comentaba un pastor con respecto a un miembro de su iglesia que había partido y para quien había hecho todo lo que podía: “Era uno de los robles más tercos que jamás haya crecido sobre el Monte Sión”.

Cuando se convierte el niño bien gobernado, está listo para “servir al Señor Jesucristo, con toda humildad” en cualquier obra a la cual lo llama y trabajará amable, armoniosa y eficientemente con los demás. Entra al campo del Señor diciendo: “Sí, sí, vengo para hacer tu voluntad, oh mi Dios”. Tendrá el espíritu celestial, “la humildad y gentileza de Cristo” y al marchar hacia adelante de un deber a otro, podrá decir con David: “Como un niño destetado está mi alma”. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”. Y con ese espíritu, encontrará preciosa satisfacción en una vida de exitosa labor para su Señor sobre la tierra y “en la esperanza de la gloria de Dios”.

Si desea gobernarlos correctamente a fin de que sus hijos sean aptos para servir a Cristo, estudie la manera como gobierna un Dios santo. El suyo es el gobierno de un Padre, convincente y sin debilidad; de amor y misericordia, pero justo; paciente y tolerante, pero estricto en reprender y castigar las ofensas. Ama a sus hijos, pero los disciplina para su bien; alienta para que lo obedezcan, pero en su determinación de ser obedecido es tan firme como su trono eterno. Da a sus hijos razón para que teman ofenderlo; a la vez, les asegura que amarle y servirle será para ellos el comienzo del cielo sobre la tierra.

Hemos mencionado casualmente el interés de las MADRES en este asunto. A la verdad, el deber y la influencia maternal constituyen el fundamento de toda la obra de educar a los hijos para servir a Cristo. La madre cristiana puede bendecir más ricamente al mundo a través de sus hijos, que muchos que se han sentado sobre un trono. ¡Madres! La Divina Providencia pone a sus hijos bajo su cuidado en un periodo de la vida cuando se forjan las primeras y eternas impresiones.

Sea su influencia “santificada por la palabra de Dios y la oración” y consagrada al alto objetivo de educar a sus hijos e hijas para “la obra de Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.