Eduque a los niños para Cristo 3

4. Empiece la instrucción religiosa TEMPRANO. Esté atento para ver las oportunidades para esto en todas las etapas de la niñez. Las impresiones tempranas duran toda la vida, aun cuando las posteriores desaparecen. Dijo una misionera americana: “Recuerdo particularmente que cierta vez, estando yo sentada en la puerta, mi mamá se acercó y se paró junto a mí y me habló tiernamente acerca de Dios y de asuntos relacionados con mi alma, y sus lágrimas cayeron sobre mi cabeza. Eso me convirtió en una misionera” Cecil dice: “Tuve una madre piadosa, siempre me daba consejos. Nunca me podía librar de ellos. Yo era un inconverso profeso, pero en aquel entonces, prefería ser un inconverso con compañía que estar solo. Me sentía desdichado cuando estaba solo. La influencia de los padres se aferra al hombre; lo acosa; se pone continuamente en su camino”. John Newton nunca pudo quitarse las impresiones que dejaron en él, las enseñanzas de su madre.

5. Procure la conversión temprana de sus hijos. Considere cada día que siguen sin Cristo como un aumento del peligro en que están y la culpa que llevan. Cuenta una misionera: “Alguien le preguntó a cierta madre que había criado a muchos hijos, todos de los cuales eran creyentes consagrados, qué medios había usado para lograr su conversión. Ella respondió: ‘Sentía que si no se convertían antes de los siete u ocho años, probablemente se perderían y cuando llegaban a esa edad, yo me angustiaba ante la posibilidad de que pasaran impenitentes a la eternidad y me acercaba al Señor con mi angustia. Él no rechazó mis oraciones ni me negó su misericordia”. Ore por esto: “Levántate y da voces en la noche, en el comienzo de las vigilias. Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor. Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeñitos”. Espere el don temprano de gracia divina basado en promesas como ésta: “Mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se apellidará con el nombre de Israel” (Isa. 44:3-5). La historia de algunas familias es un deleitoso cumplimiento de
esta promesa. Los corazones jóvenes son los mejores en los cuales echar, profunda y ampliamente, los fundamentos de una vida útil. No se puede esperar que su hijo haga nada para Cristo hasta no verlo al pie de la cruz, arrepentido, creyendo y consagrándose al Señor.

Algunos suponen que la religión no puede penetrar la mente del niño; que se requiere haber llegado a una edad madura para “arrepentirse y creer el evangelio”. Por lo tanto, el niño creyente es considerado muchas veces como un prodigio y que la gracia en un alma joven es una dispensación de la misericordia divina demasiado inusual como para esperar que suceda normalmente. “Padres”, decía cierta madre, “trabajen y oren por la conversión de sus hijos”. Hemos visto a padres llorando por la muerte de sus hijos de cuatro, cinco, seis, siete años, quienes no parecían sentir ninguna inquietud, si acaso habrían muerto en un estado espiritual seguro, ningún auto reproche por haber sido negligentes en procurar su conversión. Es un hecho interesante y uno serio, en relación con la negligencia de los padres, que se ha sabido de niños menores de cuatro años que han sentido convicciones profundas de haber pecado contra Dios y de su estado perdido, se han arrepentido de sus pecados, han creído en Cristo, han demostrado su amor por Dios y han dado todas las evidencias de la gracia que se observan en personas adultas. El biógrafo de la que fuera en vida la Sra. Huntington, cuenta que, escribiéndole ella a su hijo “habla de tener un recuerdo vívido de una solemne consulta en su mente a los tres años de edad con respecto a que si en ese momento era mejor ser creyente o no, y que había llegado a la decisión que no”. La biografía de Janeway y de muchos otros prohíben la idea de que la religión en el corazón joven sea un milagro y muestran que los padres tienen razón de preocuparse ante la posibilidad que sus hijos pequeños mueran sin esperanza, a la vez que se les debe alentar a procurar su conversión.

Hemos de ser cautelosos en desconfiar sin razón de la aparente conversión de los niños. Cuide a los pequeños discípulos cariñosa y fielmente. Sus tiernos años demandan una protección más cuidadosa y tierna. No les dé razón para decir: “Fueron negligentes conmigo porque pensaban que era demasiado pequeño para ser creyente”. Es cierto, muchas veces padres de familia y pastores se han decepcionado con niños que parecían haberse entregado al Señor. Pero el día del juicio posiblemente revele que han habido, entre los adultos, más casos de decepción e hipocresía que no se han detectado, que desengaños con respecto a niños que se supone se han entregado al Señor. La niñez es más cándida que la adultez; el niño es más propenso a quitarse la máscara de la religión, si de hecho es la suya una máscara y siendo sensible nuevamente a la convicción de pecado, quizá de veras, se convierta. El adulto, más cauteloso, engañador, atrevido en su falsa profesión de fe, usa la máscara, hace a un lado la convicción, exclama: “Paz y seguridad” y sigue decente, solemne y formalmente su descenso al infierno.

Anhele la conversión temprana de sus hijos a fin de que tengan el mayor tiempo posible en este mundo para servir a Cristo. Si “el rocío de nuestra juventud” se dedica a Dios, sin duda, con el transcurso de los años se notará una madurez proporcional de su carácter cristiano y su capacidad para realizar obras más eficaces para Cristo.

6. Mantenga una relación familiar cristiana con sus hijos. Converse con ellos tan libre y cariñosamente sobre temas religiosos como conversa sobre otros. Si es usted un cristiano próspero y cariñoso, le resultará natural y fácil hacerlo. Deje que la intimidad religiosa se entreteja con todas las costumbres de su familia. De esta manera, sabrá cómo aconsejar, advertir, reprender, alentar; sabrá también cómo van madurando; cuál es la “la razón de la fe que hay en ellos”; particularmente para qué tipo de obra para Cristo tienen capacidad. Y si mueren jóvenes o antes de usted, tendrá usted el consuelo de haber observado y conocido el progreso de su preparación para “partir y estar con Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.