La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 6

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Por último, Calvino pasa revista a los defectos del gobierno eclesiástico. Afirma resueltamente que el “oficio pastoral mismo, tal como Cristo lo instituyó, por mucho tiempo desapareció”. Lo que constituye el ministerio pastoral es la enseñanza y predicación de la Palabra de Dios. Pues difícilmente uno entre cien obispos —dice Calvino— subía al púlpito para enseñar, habiendo degenerado los obispos en príncipes seculares. Su vida estaba llena de lujos, entretenimientos, bailes, cazas, eran dados a la avaricia, a la rapiña y a los desenfrenos sexuales, que se extendía a toda la orden ministerial gracias a la desgraciada imposición del celibato forzoso del clero. Los ministros, en vez de haber sido elegidos de acuerdo con las normas de la Escritura y de los concilios antiguos, habían sido comprados por dinero.

Al leer todo esto, alguien podría decir hoy: Calvino exagera diciendo todo esto. Bien, pues si todo esto no fuera cierto, y no fuera evidente para todos, sería una muy pobre defensa la de Calvino ante el emperador, ¿verdad?

Pero hay una cosa más que Calvino dice acerca del gobierno eclesiástico que nos sorprenderá tratándose de la Iglesia de aquella época, porque nos resultará, a nosotros los evangélicos, extrañamente actual. Cito: “Sin embargo, ahora los que quieren ser tenidos por gobernantes de la Iglesia se arrogan a sí mismos una libertad para hablar cualquier cosa que les agrade, e insisten que tan pronto como ellos han hablado deben ser obedecidos sin ninguna consideración. Se afirmará que esto es una calumnia, y que el único derecho que ellos asumen es ratificar por su propia autoridad lo que el Espíritu Santo ha revelado”.

Es decir, los gobernantes se arrogaban el ser “oráculos del Espíritu Santo” en afirmaciones fuera del terreno de la revelación de la Escritura. De esta manera, concluye Calvino, “no habrá límites a su autoridad”.

c) La Reforma de los males

La Reforma protestante, por tanto, se presentaba como el remedio a tales males. Y Calvino encabeza su listado de reformas hablando de la Confesión de Fe que los protestantes esgrimían. Imaginémonos por un momento la situación en la que Calvino intentaba no solo abogar por la Reforma ante el emperador, sino que incluso él la abrazara y que él adelantara su causa. Bien, pues el emperador perfectamente podría decir: “¿De qué habláis? ¿Y quiénes sois vosotros?”.

Vemos, por tanto, la importancia para la Reforma de la Confesión de Fe, así como del mantenimiento del principio del ministerio pastoral en la Iglesia. Ambas cosas son las que identifican y sitúan la Reforma ante todos. La Confesión de Fe es la expresión pública de la doctrina predicada en la Iglesia. Igualmente ocurre con el ministerio pastoral. La Reforma fue llevada a cabo por pastores de iglesias. Por tanto, todo esto no era algo oculto o reservado, todos lo podían examinar debidamente.

Los males eran los que hemos citado, y en los territorios protestantes habían sido remediados de una manera clara y evidente. Todos lo podían ver, todos lo podían comprobar. ¿No es mucho mejor—pregunto yo, no Calvino— este tipo de Reforma que el tipo de negociaciones entre bastidores, tendentes al cambio progresivo, al acuerdo y el compromiso no solo entre distintas facciones, sino más aún entre la verdad y el error, entre la autoridad de Dios y la usurpación de su autoridad por los hombres, entre la virtud cristiana y el pecado y la perversión?

d) La urgencia de la Reforma

En definitiva, el tratado de Calvino hace un tratamiento exhaustivo de todas estas razones o motivos de Reforma, de las cuales ahora en esta conferencia solo podemos hacer brevemente mención. En todo caso, lo visto hasta ahora basta para confirmar lo que hemos dicho al inicio, es decir, que la Reforma no se hizo para una hipotética emancipación del creyente individual frente a la férrea y dogmática Iglesia. La Reforma se hizo, precisamente, para reformar la Iglesia. Parece una banalidad recordarlo, pero no lo es. Lo otro, el discurso contemporáneo, es precisamente el de la no-Reforma.

¿Por qué los Reformadores, pues, tomaron para sí la responsabilidad de emprender la Reforma? Sin ella, su vida habría sido sin duda más tranquila, podrían haber vivido más años y con más salud, habrían optado a los lugares más prestigiosos de su tiempo, y de esta manera, de haber pasado a la historia, lo habrían hecho como hombres más simpáticos y tolerantes. ¿Qué es lo que les movió a un combate semejante que marcaría definitivamente sus vidas?

Pues simplemente, el celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Sin este celo por el Señor —dice Calvino— se es peor que los paganos, pues ellos lo tienen por sus divinidades falsas. Pero peor aún: sigue diciendo Calvino que los perros ladrarán si ven a su amo ser atacado, ¿y hemos de callar nosotros si vemos el sagrado nombre de Dios deshonrado?”

Es indudable que Calvino tenía este celo por el Señor y lo expresaba de manera memorable. Cito sus palabras: “Hay algo de engañoso en el nombre de moderación y la tolerancia es una cualidad que tiene una apariencia justa y parece digna de elogio; pero la regla que debemos observar en todo lo que está en juego es esta: nunca soportar con paciencia que el nombre sagrado de Dios sea atacado con blasfemias impías; que su verdad eterna sea suprimida por las mentiras del diablo; que Cristo sea insultado, sus misterios sacrosantos contaminados, las infelices almas cruelmente destruidas, y la Iglesia se retuerza en agonía bajo los efectos de una herida mortal. Esto sería no mansedumbre, sino una indiferencia sobre cosas a las cuales todas las demás deberían posponerse”.

Continuará …

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