Eduque a los niños para Cristo 1

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A Iglesia del Señor Jesucristo fue instituida en este mundo pecador para procurar su conversión. Hace mil ochocientos años recibió el mandato: “Predicad el evangelio a toda criatura”. Debe su tiempo, talentos y recursos a su Señor, para cumplir su propósito. No obstante, “todo el mundo está puesto en maldad”. Pocos, comparativamente hablando, han oído “el nombre de Jesús”; “que hay un Espíritu Santo” o que existe un Dios que gobierna en la tierra.

En esta condición moral que afecta a este mundo, los amigos de Cristo han de considerar seriamente las preguntas: “¿No tenemos algo más que hacer? ¿No hay algún gran deber que hemos pasado por alto; algún pacto que hemos hecho con nuestro Señor, que no hemos cumplido?”. Encontramos la respuesta si observamos a los hijos de padres cristianos, quienes han profesado dedicar todo a Dios pero que, mayormente, han descuidado educar a sus hijos con el propósito expreso de servir a Cristo en la extensión de su reino. Dijo cierta madre cristiana, cuyo corazón está profundamente interesado en este tema: “Me temo que muchos de nosotros pensamos que nuestro deber parental se limita a labores en pro de la salvación de nuestros hijos; que hemos orado por ellos sólo que sean salvos; los hemos instruido sólo para que sean salvos”. Pero si ardiera en nuestro corazón, como una flama inextinguible, el anhelo ferviente por la gloria de nuestro Redentor y por la salvación de las almas, las oraciones más sinceras desde su nacimiento serían que, no sólo ellos mismos sean salvos, sino que fueran instrumentos usados para salvar a otros.

En lo que respecta al servicio de Cristo, parece ser que consiste en llegar a ser creyente, profesar la religión, cuidar el alma de uno mismo, mantener una buena reputación en la iglesia, querer lo mejor para la causa de Cristo, ofrendar cuanto sea conveniente para su extensión y, al final, dejar piadosamente este mundo y ser feliz en el cielo. De este modo, “pasa una generación y viene otra” para vivir y morir de la misma manera. Y realmente la tierra “permanece para siempre” y la masa de su población sigue en ruinas, si los cristianos siguen viviendo así.

Existe pues, la necesidad de apelar a los PADRES DE FAMILIA CRISTIANOS, en vista de la actual condición del mundo. Usted da sus oraciones y una porción de su dinero. Pero, como dijera la creyente ya citada: “¿Qué padre cariñoso no ama a sus hijos más que a su dinero? ¿Y por qué no han de darse a Cristo estos tesoros vivientes?”. Este “procurar lo nuestro, no las cosas que son de Cristo” debe terminar, si es que alguna vez el mundo se convertirá. Debemos poner manos a la obra y enseñar a nuestros hijos a conducirse con fidelidad, de acuerdo con ese versículo: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Entiéndanos. No decimos que dedique sus hijos a la causa de la obra misionera exclusivamente o a alguna obra de beneficencia. Debe dejar su designación al “Señor de la mies”. Él les asignará sus posiciones, sean públicas o privadas; o esferas de extensa o limitada influencia, según “le parezca bien”. Su deber es realizar todo lo que incluye el requerimiento “instruye a tus hijos en la ley de Jehová” con la seguridad de que llegará el momento cuando la voz del Señor diga, con respecto a cada uno “el Señor tiene necesidad de él” y será guiado hacia esa posición en la que al Señor le placerá bendecirlo. Y si es retirada y humilde o pública y eminente, esté seguro de esto: Encontrará suficiente trabajo asignado a él y suficientes obligaciones designadas a él, como para mantenerlo de rodillas, buscando gracia para fortalecerlo y para pedir el empleo intenso y diligente de todos sus poderes mientras viva.

Por lo tanto, padres de familia cristianos, una pregunta interesante es: “¿Qué CUALIDADES prepararán mejor a nuestros hijos para ser siervos eficaces de Cristo?”. Hay muchas relacionadas con el CORAZÓN, la MENTE y la CONSTITUCIÓN FÍSICA.

Ante todo, piedad. Deben amar fervientemente a Cristo y su reino; consagrarse de corazón a su obra y estar listos para negarse a sí mismos y sacrificarse en la obra a la cual él puede llamarlos. Debe ser una piedad sobresaliente, “pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”.

Dijo una mujer, actualmente esposa de un misionero americano: “Hacer y recibir visitas, intercambiar saludos cordiales, ocuparse de la ropa, cultivar un jardín, leer libros buenos y entretenidos y, aun, asistir a reuniones religiosas para complacerme a mí misma, nada de esto me satisface. Quiero estar donde cada detalle se relacione, constantemente y sin reservas, con la eternidad. En el campo misionero espero encontrar pruebas y obstáculos nuevos e inesperados; aun así, escojo estar allí y, en lugar de pensar que es difícil sacrificar mi hogar y mi patria, siento que debo volar como un pájaro hacia aquella montaña”.

Una piedad tal que brilla y anhela vivir, trabajar y sufrir para Cristo es la primera y gran cualidad para inculcar en su hijo. Es necesario actuar eficazmente para Cristo en cualquier parte, en casa o afuera; en una esfera elevada o en una humilde. El Señor Jesús no tiene trabajo adaptado a los cristianos que viven en “un pobre estado moribundo” con el cual tantos se conforman. Es todo trabajo para aquellos que son “firmes en la gracia que es en Cristo Jesús” y están dispuestos y decididos a ser “fieles hasta la muerte”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

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