La sangre del rociamiento y los niños 4

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II. Y ahora dedicaré un momento a recordarles LA INSTITUCIÓN QUE SE RELACIONABA CON EL RECORDATORIO DE LA PASCUA.

“Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué rito es este vuestro? Vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová”.

Tenemos que despertar la curiosidad de nuestros hijos. ¡Oh, que pudiéramos conseguir que formularan preguntas acerca de las cosas de Dios! Algunos preguntan a muy temprana edad, otros parecen enfermos de la misma indiferencia que los mayores. Tenemos que encarar ambas posturas. Es bueno explicar a los niños la ordenanza de la Cena del Señor porque muestra simbólicamente la muerte de Cristo. Lamento que los niños no ven esta ordenanza más a menudo. El bautismo y la Cena del Señor deberían colocarse a la vista de la nueva generación, a fin de que pudieran preguntarnos: “¿Qué rito es este vuestro?”. Ahora bien, la Cena del Señor es un sermón evangelístico perenne y enfoca, principalmente, el sacrificio por el pecado. Uno puede eliminar del púlpito la doctrina de la expiación, pero siempre vivirá en la iglesia a través de la Cena del Señor.

No se puede explicar el pan partido y la copa llena del jugo del fruto de la vid, sin hacer referencia a la muerte expiatoria de nuestro Señor. No se puede explicar “la comunión del cuerpo de Cristo” sin incluir, de una forma u otra, la muerte de Jesús en nuestro lugar. Deje pues que sus pequeños vean la Cena del Señor y explíqueles claramente lo que representa. Y si no, en la Cena del Señor –porque esa no es la cuestión en sí, sino sólo la sombra del hecho glorioso— hable mucho y frecuentemente en la presencia de ellos acerca de los sufrimientos y la muerte de nuestro Redentor. Déjelos pensar en Getsemaní, en Gabata y en el Gólgota, y déjelos aprender a cantar canciones de Aquel que dio su vida por nosotros. Cuénteles quién fue el que sufrió y por qué. Sí, aunque no me gustan algunas de las expresiones del himno, yo haría que los niños cantaran:

“Hay un cerro verde en la lejanía
sin el muro de la ciudad”.

Y les haría aprender líneas como éstas:

“Sabía Jesús lo impío que habíamos sido
y que Dios el pecado debe castigar;
La sangre del rociamiento y los niños
así que por misericordia dijo
que el castigo nuestro él habría de cargar”.

Y cuando el mejor de los temas haya captado su atención, estemos preparados para explicar el gran pacto por medio del cual, aun siendo Dios justo, los pecadores reciben justificación. Los niños pueden comprender bien la doctrina del sacrificio expiatorio; su intención fue que fuera el evangelio para los más jóvenes. El evangelio de la sustitución es una cosa simple, aunque es un misterio. No debemos descansar hasta que nuestros pequeños conozcan y confíen en el sacrificio consumado. Este es un conocimiento esencial y la clave a todas las demás enseñanzas espirituales. Conozcan la cruz nuestros hijos queridos y habrán comenzado bien. Entre todo lo que aprenden, aprendan a adquirir conocimiento sobre esto y habrán puesto bien el fundamento.

Esto requiere que usted le enseñe al niño su necesidad de un Salvador. No debe descuidar esta tarea necesaria. No alabe al niño con palabrerías engañosas diciéndole que su naturaleza es buena y que necesita desarrollarla. Dígale que debe nacer de nuevo. No lo aliente con la noción de su propia inocencia, sino muéstrele su pecado. Mencione los pecados infantiles por los cuales tiene una inclinación y ore que el Espíritu Santo obre una convicción en su corazón y su conciencia. Trate a los niños de la misma manera como trata a los adultos. Sea preciso y honesto con ellos. La religión superficial no es buena ni para el joven ni para el adulto. Estos niños y estas niñas necesitan el perdón por medio de la sangre preciosa, tanto como la necesita cualquiera de nosotros. No vacile en explicarle al niño las consecuencias; de otra manera no deseará el remedio. Cuéntele también el castigo del pecado y adviértale de su terror. Sea tierno, pero sea veraz. No esconda la verdad del joven pecador, no importa lo terrible que sea. Ahora que ha llegado a la edad en que es responsable de sus decisiones, si no cree en Cristo, le irá mal en aquel gran día. Háblele del Día del Juicio y recuérdele que tendrá que rendir cuentas por las cosas realizadas corporalmente. Trabaje para despertar la conciencia y ore que Dios el Espíritu Santo obre por intermedio suyo hasta que el corazón se ablande y la mente perciba la necesidad de la gran salvación.

Los niños necesitan aprender la doctrina de la cruz a fin de encontrar una salvación inmediata… ¡Cuántas veces he tenido el gozo de ver a niños y niñas pasar adelante para confesar su fe en Cristo! Y quiero decir nuevamente que los mejores convertidos, los convertidos más sinceros, los convertidos más inteligentes que jamás hemos tenido han sido los pequeños y, en lugar de carecer de conocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas de gracia, por lo general, hemos descubierto que conocen bien las verdades cardinales de Cristo. Muchos de estos queridos niños han contado con la capacidad de hablar acerca de las cosas de Dios con gran gozo en el corazón y con la fuerza que da la comprensión… No se contenten con sembrar principios en sus mentes que posiblemente puedan desarrollar en años venideros; más bien trabajen para lograr una conversión inmediata. Esperen frutos en sus hijos mientras son niños. Oren por ellos a fin de que no se vayan al mundo y caigan en los males del pecado para luego volver con huesos rotos al Buen Pastor; sino que puedan, por la abundante gracia de Dios, evitar las sendas del destructor y criarse en el redil de Cristo, primero como corderos de su manada y luego como ovejas de su mano.

De una cosa estoy seguro y ésta es que si enseñamos a los niños la doctrina de la expiación en los términos más explícitos, nos estaremos haciendo un favor. A veces tengo la esperanza de que Dios avive su iglesia y la restaure a su fe de antaño por medio de su obra de gracia entre los niños. Si pudiéramos atraer a nuestras iglesia una gran cantidad de jóvenes, ¡cómo aceleraría la sangre perezosa de los letárgicos y soñolientos! Los niños cristianos tienden a mantener viva la casa. ¡Oh, que tuviéramos más de ellos! Si el Señor nos enseñara a enseñar a los niños nos estaríamos enseñando a nosotros mismos. No hay mejor manera de aprender que enseñando, y no sabe usted alguna cosa hasta poder enseñarla a otro. No sabe totalmente ninguna verdad hasta que no se la haya presentado a un niño de manera que la pueda ver. Cuando procura que un niño pequeño comprenda la doctrina de la expiación, usted mismo obtiene conceptos más claros y, por lo tanto, le recomiendo este ejercicio santo.

¡Qué bendición sería si nuestros hijos estuvieran firmemente cimentados en la doctrina de la redención por medio de Cristo! Si reciben advertencias contra los evangelios falsos de esta edad maligna y se les enseña a confiar en la roca eterna de la obra consumada por Cristo, podemos esperar contar con una próxima generación que mantendrá la fe y que será mejor que sus padres… Algunos les hablan a los niños diciéndoles que deben ser buenos, es decir, ¡les predican la ley a los niños aunque predicarían el evangelio a los adultos! ¿Es honesto esto? ¿Es sabio? Los niños necesitan el evangelio, todo el evangelio, el evangelio no adulterado; deben tenerlo y, si son enseñados por el Espíritu de Dios, tienen la capacidad de recibirlo como las personas de edad madura. Enseñe a los pequeños que Jesús murió, el justo por los injustos, para acercarnos a Dios… Ánimo, mis hermanos y hermanas; el Dios que ha salvado a tantos de su niños salvará a muchos más de ellos y sentiremos gran gozo…al ver a cientos que acuden a Cristo. ¡Concédelo, Dios, en nombre de Cristo! Amén.

 

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

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