La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 3

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1.B La verdadera naturaleza de la Reforma

Lutero era doctor de la Iglesia y sabía que una de las potestades de esta es la de definir las enseñanzas de la Palabra de Dios. Su intención al clavar las noventa y cinco tesis era la de iniciar un debate teológico acerca de las prácticas introducidas en la Iglesia medieval, en particular las indulgencias, y acerca de las doctrinas en las que estas se basaban. Cuando la polémica con Roma fue en aumento, Lutero hizo reiterados llamamientos para la celebración de un Concilio de la Iglesia en el que se trataran debidamente todos estos asuntos, y en el que ambos partidos estuvieran debidamente presentes. En vez de llevarlo a cabo, el papa de Roma procedió a excomulgarlo directamente. El Concilio solicitado por Lutero se celebraría finalmente, sí, pero treinta y cuatro años después de su excomunión, sin que Lutero y sus seguidores pudieran estar presentes en él.

La preocupación de Lutero para iniciar la Reforma, por tanto, no fue la de emprender una aventura personal que diera sentido a su vida, lo cual no significa que por causa de la Reforma su vida no tomara un sentido completamente nuevo e inesperado para él, sino que esto no fue su motivación para llevarla a cabo.

Lo mismo se puede decir de Calvino: si leemos los capítulos del libro cuarto de la Institución de la religión cristiana que se corresponden a las doctrinas de la Iglesia, o eclesiología, nos daremos cuenta rápidamente de que su preocupación principal era la Reforma del cuerpo de la Iglesia como tal. En el libro cuarto, capítulo onceavo de la Institución, Calvino describe esta Reforma de manera resumida como la tarea de “destruir el reino del Anticristo —es decir, liberar a la Iglesia del dominio del papa— y levantar otra vez el verdadero reino de Cristo”‘ que, para él, significaba volver a la edad de oro de la Iglesia antigua, la Iglesia de los siglos IV y V y de los primeros grandes concilios ecuménicos a partir del de Nicea, en el año 325 d. C. De esta manera, en su carta de respuesta al cardenal Sadoleto, Calvino podía afirmar: “Sabes muy bien que estamos más de acuerdo con la antigüedad que vosotros; y además no pedimos otra cosa, sino que esta antigua faz de la Iglesia pueda por fin ser restaurada y renovada por entero”.

Por tanto, la Reforma no se concebía a sí misma como una modernidad o una innovación en la Iglesia. Más bien, los reformadores llamaban a una vuelta a su estado original y, desde este punto de vista, la novedad que se había llegado a producir en la Iglesia había sido en realidad el surgimiento de un moderno concepto del papado, gracias a la acumulación cada vez mayor de prerrogativas del obispo de Roma, durante todo el periodo de la Edad Media.

Todo esto es de vital importancia para entender la necesidad de obrar una Reforma en la Iglesia. La preocupación eclesial era algo central para los reformadores. No así con nosotros. ¿Por qué no hay Reforma hoy? Pues en gran parte, porque no vemos la necesidad de reformar la Iglesia. Para nosotros es algo completamente secundario. Pero en la mente de los reformadores no se podía disociar, como la mayoría de las veces hacemos nosotros, evangélicos del siglo XXI, entre, por un lado, el mensaje de la salvación y, por otro, la Iglesia institucional; es decir, en un sentido de Iglesia visible. Porque, por una parte, el mensaje del evangelio es lo que da forma a la Iglesia (lo vemos claramente: somos convertidos y salvos por medio de este mensaje del evangelio); pero, por otra parte, porque es la Iglesia visible e institucional la que debe proclamar este mensaje. Así que ambas estaban unidas, y la definición de la doctrina de la justificación por la fe y todas las demás doctrinas relacionadas —el mensaje a proclamar— demandaba y traía consigo una Reforma análoga de la Iglesia institucional.

Continuará …

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