La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 2

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En cuanto a si estaríamos dispuestos a repetir la Reforma hoy, la respuesta es, evidentemente, no, en la medida que damos por bueno no solo nuestra división en denominaciones, sino incluso el protestantismo liberal del Consejo Mundial de las iglesias, así como a la Iglesia de obediencia romana, posicionándonos con ellos en documentos oficiales.

Sin embargo, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, en todas estas respuestas, lo que prevalece es nuestro discurso actual de hoy. Es decir, tenemos nuestro discurso propio y actual acerca de lo que representó la Reforma, un discurso que nos va bien y que nos conviene, pero que no se construye citando y apoyándose en lo que los actores de la Reforma de hace casi cinco siglos dijeron e hicieron. Aquí hay una cuestión funda-mental a tratar, pues, y es que —en vez de tomar nuestras ideas actuales como criterio de verdad o en vez de hacer nuestras proyecciones mentales hacia el pasado— tenemos que intentar recuperar el sentido original de la Reforma, a partir de lo que sus actores, los Reformadores, dijeron y enseñaron. Se tiene que volver a las fuentes originales de la Reforma. Esta es una de las mayores urgencias hoy día.

Y es este el propósito de este mismo escrito, al menos en la medida de sus posibilidades, a saber: presentar las razones por las que los Reformadores en su día acometieron la tremenda tarea de llevar a cabo la Reforma de la Iglesia. Para ello nos centraremos principalmente en el Reformador Juan Calvino, por ser un reformador “de segunda generación”, que poseía por tanto una cierta perspectiva temporal con respecto al movimiento iniciado por Lutero. De manera particular, me centraré en un tratado que él escribió directamente al emperador Carlos V (o el rey Carlos I de España), titulado La necesidad de reformar la Iglesia’.

Calvino lo escribió con motivo de la Dieta de Espira del año 1544, prácticamente en vísperas del inicio del Concilio de Trento (1545-1563). En esta Dieta, Carlos V buscaba el apoyo de todos los territorios alemanes en su guerra contra Francia, incluidos por tanto los territorios protestantes. La ocasión política se presentaba propicia entonces, para que estos territorios protestantes pudieran recibir algunas concesiones de parte del Emperador, quien había permanecido fiel a Roma. En este tratado, pues, Calvino hace una defensa en toda regla del movimiento de la Reforma. Pero no solo eso: al final del tratado, incluso instará al emperador a que él mismo la proteja y la adelante en todos sus territorios. ¿Nos imaginamos lo que suponía hacer este llamamiento al hombre más poderoso de aquel tiempo, el emperador Carlos V?

1. La verdadera naturaleza de la Reforma
Pero antes de entrar a considerar sumariamente el contenido del tratado, debemos dejar a un lado, de manera axiomática para nuestra conferencia, la comprensión subjetivista habitual que se tiene acerca de la Reforma, es decir, la de Lutero como encarnación de la conciencia individual del creyente frente al dogmatismo férreo de la Iglesia institucional. Debemos dejarlo de lado porque es, sencillamente, falso. Lutero no inició la Reforma para liberarse del yugo dogmático de la Iglesia. Por supuesto que Lutero se enfrentó a una cierta tradición dentro de la Iglesia católica, desarrollada en el último periodo de la Edad Media, es decir, la teología escolástica. También es cierto que él hablaba mucho en primera persona y que fue un personaje con un gran carisma personal. No hubiera sido posible emprender ninguna Reforma sin este carisma, está claro. Pero la preocupación principal de Lutero no era tanto su persona como el mensaje de la salvación, la procla-mación del evangelio por parte de la Iglesia. Se trataba de un mensaje objetivo de la Palabra de Dios que debía ser recibido por la gente como tal. Prueba evidente de ello es cómo Lutero finalizó su tratado de polémica con Erasmo de Róterdam, El siervo albedrío, recriminando a este su falta de afirmaciones claras, de aserciones como dice Lutero, al hablar la enseñanza de la Palabra. Lutero le dice: “Y no es difícil suponer que, puesto que eres un hombre, tú hayas podido no comprender correctamente ni observar con suficiente cuidado las Escrituras o las palabras de los Padres, bajo cuya dirección crees haber alcanzado el objetivo. De esto nos damos suficientemente cuenta cuando escribes que no escribes nada por aserción, sino “haciendo comparaciones”. No escribe así el que ve el fondo del asunto y quien lo comprende correctamente. En cuanto a mí, con este libro, yo no he “hecho comparaciones”, sino que he sostenido y sostengo por aserción; y no quiero dejar el juicio a nadie, sino que me esfuerzo por persuadir para que asientan”.

Continuará …

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