El cisma y los designios de Dios 2

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No nos hagamos ídolos

Existe otro peligro extremo, opuesto. Este peligro consiste en vivir solamente de recuerdos, vueltos los ojos al pasado morbósamente. Es el pecado de los que piensan que porque los reformadores tuvieron razón ayer, nosotros la tenemos siempre hoy. Son los que desearían justificar la Reforma hasta en sus últimos y más pequeños detalles. Los que hacen depender su verdad de la verdad de ayer… Ciertamente, los reformadores no pretendieron nunca ser canonizados, ni por las iglesias ni por las conciencias de sus admiradores. Desde luego, es lícito y loable deshacer todos los “entuertos” mal intencionados que la apologética antiprotestante ha ido acumulando. Gracias a Dios, la Iglesia católica misma está produciendo en Alemania una escuela de historiadores, a la cabeza de los cuales se halla José Lortz, que trata de enjuiciar a los reformadores y a su obra de una manera objetiva. Véase, sobre todo, la obra del autor citado Historia de la Reforma en Alemania. Con todo, los cristianos bíblicos no tenemos la preocupación romana de la hagiografia, la preocupación de buscar, sea como sea, aureolas para co-locar alrededor de las figuras históricas admiradas. No debemos preocuparnos demasiado por justificar con nuestros razonamientos a los promotores de la Reforma, porque en el fondo “Esto [la Reforma] viene de Dios, ha sido él quien la ha querido. Y esta es su máxima justificación histórica. Y, lo que es más importante, su justificación ante Dios. Su única justificación eternamente válida”.

Así, por encima de los que critican y los que justifican, de los que odian el movimiento reformador del siglo XVI y los que lo aman, de los que lo rechazan y los que lo abrazan, está la voluntad de Dios: “Esto lo he hecho yo”, porque como confiesan los autores católicos bien documentados, los reformadores no querían innovar sino reformar: “Lutero no quiso fundar una nueva Iglesia, sino reformar la antigua” (Hanz Kung, El Concilio y la unión de los cristianos, Herder, p. 137). Allá la Iglesia romana con su responsabilidad ante Dios por haber rechazado en el siglo XVI, y continuar rechazándolo persisténtemente hasta hoy, el impulso del Espíritu Santo en su obra de reforma. Pero no juzguemos. Como tampoco pretendamos justificar con argumentos carnales el movimiento reformador. Es Dios quien lo justifica y esto basta. No hay por qué hacer ninguna idolatría, pues existe un camino más excelente.

“Así ha dicho Yahveh: No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel; volveos cada aso a su casa porque esto lo he hecho yo. Y ellos oyeron la Palabra de Dios, y volvieron y se fueron, conforme a la Palabra de Yaveh” (1 Reyes 12:24).

El ejemplo de Cristo

Cristo era el Verbo de Dios, el Hijo eterno del Padre. Pero también era el Hijo del Hombre, el hijo de María. Y su humanidad le dio unos antepasados a los cuales como hombre, y como judío, se halla vinculado. ¿Cómo aceptó Cristo este pasado?

Hay un texto muy curioso, y muy importante, en los Evangelios: la genealogía de Jesús, según el Evangelio de Mateo. !Qué pasado el de los antepasados de Cristo según la carne! Si bien es verdad que hallamos a hombres y mujeres que fueron célebres por su fe y por sus actos, también encontramos a otros de los cuales la Escritura guarda silencio ab-soluto, o casi absoluto (tal vez porque no había nada que decir de ellos), hay, sin embargo, otros personajes cuya historia podría hacer la competencia a ciertas revistas y películas escandalosas, si los periodistas modernos se tomasen la molestia de leer la Biblia. Recordemos la vida de Judá y Tomar, de Rahab, y de David y Betsabé.

Y Cristo, según la carne, es el descendiente de tales hombres y tales mujeres. iNo seamos fariseos! ¿No vino, acaso, a buscar y salvar lo que se había perdido? ¿Y no era condición esencial y básica para ello el identificarse con la humanidad pecadora (aunque siendo él sin pecado)? ¿Y no empezó esta identificación con la encarnación, por la cual el Verbo divino se introdujo en la historia y en la raza pecadoras del género humano?

La genealogía de Jesús es la genealogía del hombre corriente. Jesús no tiene la preocupación falsa y farisaica de la hagiografia. Dios quiere santos, desde luego. Pero para esto vino Cristo al mundo. Para redimir con su sangre a los pecadores, de manera que puedan ser hechos luego (por la gracia divina y la fe) santos. Dios sabe bien que por naturaleza no hay santos (Romanos 3), pues todos somos pecadores, y si desea santos tiene que hacerlos y recrearlos en Cristo. Así, pues, Cristo tampoco trató de justificar su genealogía, aunque sabía que esta había sido dispuesta por el Padre. Y esto bastaba.

Tampoco el evangelista Mateo se preocupa en podar el árbol genealógico de su Salvador de todas aquellas ramas que produjeron frutos dudosos, ni mucho menos cae en la tentación de cortar los injertos extraños (Rut, por ejemplo) que llevaron, sin embargo, mejor fruto. Mateo, como Jesús, acepta a los seres humanos tal como son.

Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Y asume, por consiguiente, la historia de todos sus antepasados en la carne, los grandes y los menos grandes. Todos pecadores. Los asume porque perdona, porque con su sangre ha venido a vivir y a morir por ellos, justificándolos mediante su perfecta obediencia a la ley de Dios y redimiéndoles con su muerte expiatoria en el Calvario. Vino a asumir la existencia humana para reconciliarla con Dios.

Cristo asume la historia de sus antepasados. De la simiente de David según la carne, reza la Escritura. Y, por tanto, de la simiente de Adán, también. Por esta simiente se encarnó, para salvarla por pura gracia. Tenía, pues, que asumirla. Pero no como si Jesús llamase blanco a lo negro o como si encontrara excusas para todo, al modo como solemos hacerlo nosotros. No, en absoluto. Jesucristo ha venido para comunicar su vida justa y justificante a Abraham y a Isaac, pero también a Jacob, a Judá y a Tomar a David y a Betsabé, y a todos nosotros los creyentes.

Continuará …

José Grau Balcells (1931-2014) Pastor, maestro y escritor prolífico, su legado es el de una vida rica, fructífera, consagrada además de una inmensa labor literaria, gran parte de ella al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE).

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