Los deberes de esposos y esposas 4

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El deber especial de la esposa: Respetar (A)

Esta es la cualidad especial de ella. Si tiene toda hermosura y todo conocimiento, pero no respeta a su marido, no es una buena esposa. La creación lo sugiere. Fue creada después del hombre (1 Tim. 2:13), tomada del hombre (1 Cor. 11:8) y para el hombre (1 Cor. 11:9). Este orden no es del hombre, sino de Dios. Aun después de la Caída, la orden divina sigue
en pie: “Él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). El Nuevo Testamento confirma todo esto (Col. 3:18; 1 Ped. 3:1-6). Aun cuando ella sea la cosa más dulce y su marido el más malo, ella sigue teniendo el deber de respetarlo. Primero, tiene que fijar en su corazón que su posición es inferior a la de él y, entonces, podrá cumplir con facilidad y alegría todo lo que el respeto implica. No es correcto colocar la costilla sobre la cabeza, ni aun a su mismo nivel.

1. Descripción del respeto de la esposa piadosa.
A. Lo tiene en alta estima. “Todas las mujeres darán honra a sus maridos, desde el mayor hasta el menor” (Ester 1:20). Reflexione en la excelencia de su persona y valórela como debe. Y si él no es un hombre realizado, entonces debe ella considerar la excelencia de su lugar como “imagen y gloria de Dios” (1 Cor. 11:7). Lo estimó usted cuando lo eligió como marido y debe seguir haciéndolo. Recuerde la falta de respeto de Mical para con David y el consecuente castigo de Dios (2 Sam. 6:16, 23). Su familia y sus vecinos la respetarán como ella respeta a su marido. Así que, al honrarlo a él, se honra a ella misma.

B. Lo ama de verdad. Este respeto está compuesto de amor, que es también el deber de la esposa (Tito 2:4). Sara, Rebeca y Raquel dejaron completamente a sus padres, amigos y patria por amor a sus maridos. Una joven llamada Clara Cerventa estaba casada con Valdaura, cuyo cuerpo estaba tan lleno de enfermedades que nadie más se atrevía a tocarlo, pero ella curaba sus llagas con todo cuidado y vendió sus propias ropas y joyas para mantenerlo. Por último, él murió y cuando llegaron los que venían a consolarla, les dijo que, si pudiera, lo compraría de vuelta, aun si significara perder a sus cinco hijos. No hay manera mejor de generar el amor de su esposo que respetándolo.

C. Lo complace con diligencia. La palabra “respete” en Efesios 5:33 es, literalmente, “tema”. Ella debe mantener “casta conversación, que es en temor” (1 Ped. 3:2 – VRV 1909) porque el uno sin el otro, es inadecuado. Este temor no es servil, sino un sincero deseo de complacerle y negarse a ofenderlo. “Haré todo lo posible para complacerlo, aunque no temo su mano, sino su ceño fruncido. Preferiría desagradar al mundo entero antes que a mi marido”.

2. El patrón para el respeto de la esposa piadosa.
A. El respeto de la iglesia por Cristo. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;…” (Ef. 5:22). “…como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (5:24). Su sumisión ha de ser como la sumisión ideal de la iglesia a Cristo.

1) En todo. En lo grande y en lo pequeño, en lo que le es agradable y lo que le es desagradable a ella. Sólo cuando él requiere lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios requiere, ha de negarle ella, su sumisión. Ella puede razonar con él en cuestiones que le son inconvenientes a ella, pero si no lo convence y no se trata de un pecado, ella debe someterse a él. 

2) Libre, con buena disposición y alegre. El servicio que el cristiano rinde al Señor es con buena voluntad (Ef. 6:7). Así que la esposa debe someterse a su marido como si hubiera una sola voluntad en el corazón de ambos. Lea y Raquel seguían a Jacob como su sombra (Gén. 31:14-17). La reverencia de Sara era sincera, pues llamaba “señor” a su marido (Gén. 18:12) y esto es un ejemplo para las esposas cristianas (1 Ped. 3:6). Por lo tanto, una obediencia a regañadientes es inaceptable y, por lo general, brota del orgullo y engreimiento que ella no ha mortificado. Aun si él es severo, es mejor que ella cumpla su deber y deje que Dios sea quien juzgue.

B. El respeto del cuerpo por la cabeza. “Porque el marido es cabeza de la mujer,…” (Ef. 5:23). Todos los miembros del cuerpo saben que la cabeza es útil para el bien de ellos. La mano aceptará una herida para proteger la cabeza. Sea lo que fuere que la cabeza decide hacer, el cuerpo se levanta y la sigue todo el tiempo que puede. Este es el modo como la esposa debe honrar a su marido, segundo sólo a Dios. Es ridículo pensar que la cabeza
puede ir en una dirección y la costilla por otra, que un soldado mande a su general o que la luna pretenda ser superior al sol. Esto se altera, únicamente, si el marido es insano. “El hombre tiene autoridad en su casa, a menos que sea verbum anomalum; es decir, un necio” (Lutero). 

3. La demostración de respeto de la esposa piadosa.
A. De palabra.
“De la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). Si ella realmente lo respeta, se notará en lo que dice. “Y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26; vea 15:4).

1) Habla respetuosamente de él, en su ausencia. Ninguna esposa es demasiado grande ni buena como para no imitar el ejemplo piadoso de Sara y darle un título de respeto como “señor” (1 Ped. 3:6). La mujer malvada se refiere a su marido como “el hombre” (Prov. 7:19, literalmente en hebreo). ¡Oh, que esto fuera lo peor que las esposas llamaran a sus maridos a sus espaldas!

2) Le habla respetuosamente en su presencia. Cuídese de:
a. Interrumpirlo cuando habla o decir diez palabras por una de las de él. El silencio, más que el hablar, muestra la sabiduría de la mujer. La mujer sabia usa las palabras con moderación.

b. Usar palabras o un tono irrespetuoso. Procure ser un “espíritu agradable y paciente” (1 Ped. 3:4). No tema que esto empeorará a su marido, más bien confíe en la sabiduría de Dios (1 Ped. 3:1; Prov. 25:15). Recuerde que Dios le escucha y le juzgará por cada palabra ociosa (Mat.12:36). Idealmente, tanto el esposo como la esposa, deben ser lentos para apasionarse, no obstante esto, donde uno debe ceder, lo más razonable es que sea la esposa. Ninguna mujer recibe honra por haber tenido la última palabra. Algunas mujeres argumentan que su lengua es su única arma, pero el sabio sabe que a su lengua la enciende el infierno (Stg. 3:6). Note cómo Raquel le habló impulsivamente a Jacob: “Dame hijos, o si no, me muero” (Gén. 30:1) y en cuanto tuvo dos, ¡murió! (Gén. 35:18). Por otro lado, Abigail se comportó con prudencia y recibió honra. Si el respeto no prevalece con él, el enojo tampoco. Por eso es que el marido y la esposa deberían acordar que nunca se levantarán la voz uno al otro.

B. De hecho.
1) Ella obedece sus instrucciones y sus restricciones. Sara obedeció a Abraham y ella es un ejemplo digno (1 Ped. 3:6). Él le dijo: “Toma pronto tres medidas de flor de harina, y amasa y haz panes” (Gén. 18:6) y ella lo hizo inmediatamente. La esposa está obligada a obedecer a su marido con sinceridad en todo lo que no sea contrario a la voluntad revelada de Dios y, aun en este caso, debe negarse respetuosamente. Por ejemplo, ella no puede dar su consentimiento a omitir la lectura bíblica o la oración o a no santificar el Día del Señor, aunque él lo mande enérgicamente. El hogar es el lugar apropiado para ella; ella es su hermosura; allí es donde se desenvuelve y es su seguridad. Sólo una necesidad urgente debe impulsarla a salir. Los pies de la prostituta no moraban en su casa (Prov. 7:11). La esposa debe vivir donde su marido lo juzga mejor. Las esposas deben “amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa [en griego, oikouros, que significa cuidar la casa, trabajar en el hogar, quedándose en casa y atendiendo los asuntos de la familia, Concordancia de Strong], buenas, sujetas a sus maridos” (Tito 2:4, 5).

2) Ella le pide su consejo y escucha sus reconvenciones. Rebeca no mandó a Jacob a su hermano Laban sin consultarle a Isaac (Gén. 27:46). Sara no echó a la sierva Agar sin consultarle a Abraham (Gén. 21:10). La mujer sunamita no iba a recibir al profeta en su casa sin decirle a su marido (2 Rey. 4:10). Su tarea más difícil es escuchar la reconvención con cariño y gratitud, especialmente, si tiene un espíritu orgulloso y contencioso. Pero ella debe recordar que tiene sus faltas y que nadie las ve mejor que su marido. Así que contestarle con dureza por sus reconvenciones muestra una gran ingratitud. Si ella realmente lo respeta, esta será una píldora mucho más fácil de tragar.

3) Ella mantiene una actitud respetuosa y alegre en todo momento. No debe ceder a la irritabilidad o la depresión cuando él está contento, ni estar eufórica cuando él está triste. Debe hacer todo lo posible para que él se complazca en ella. Exprese ella contentamiento con lo que tiene y con su posición, y un temperamento dulce a fin de que él disfrute de estar en casa con ella. Estudie ella cómo le gustan a él sus comidas, sus ropas, su casa y obre conforme a lo que le agrada porque, aun debido a estas pequeñeces, surgen muchas agrias discusiones. Nunca debe permitir que su exceso de confianza con él, genere desdén. El amor de él no debe hacerle olvidar sus deberes, sino aumentar sus esfuerzos. Su cariño no debe disminuir su respeto por él. Es mejor obedecer a un hombre sabio que a uno necio. La mayoría de los maridos se reformarán si sus esposas los respetan adecuadamente. De la misma manera, la sabiduría y el afecto de él se ganan el respeto de la esposa, en la mayoría de los casos.

Algunos harán caso omiso a estos consejos con la excusa de que nadie puede ponerlos por obra, pero esto es una burla a Dios. Él castigará a los tales. Si su venganza no le llega en esta vida, como sucede con frecuencia con los rebeldes, entonces le llegará en la próxima. El cristiano auténtico se caracteriza por un sometimiento fundamental al consejo bíblico; sin estos, somos meros hipócritas.

Continuará …

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church, una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

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