La humanidad de Juan Calvino 8

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Al final de la sesión, Bolsee fue conducido, según las leyes de aquellos tiempos, a la prisión, lo cual no le impidió recibir visita de sus amigos. El 22 de diciembre de 1551 fue, como extranjero, condenado al destierro. Desde ese día, su odio por Calvino no conoció límites, pero fue tan solo en 1577, trece años después de la muerte del Reformador, cuando conoció su satisfacción con la publicación del primero de sus dos violentos panfletos, uno dirigido a un hombre muerto desde hacía mucho tiempo, y el otro destinado, en 1582, a un hombre todavía bien vivo, Teodoro de Beza. El título de las calumnias vengativas imaginadas de todas las maneras acerca de Calvino era Historia de la vida, costumbres, actos, doctrina y muerte de Jean Calvino, otrora ministro en Ginebra. Bolsee, tras haber cambiado de chaqueta confesional muchas veces, definitivamente había caído en los brazos del papado romano, del cual se hizo como el portavoz, el instrumento delator y calumniador de elite. Una multitud de autores católicos romanos —entre los cuales el cardenal Richelieu, que Drelincourt intenta refutar—han bebido de este estercolero de inmundicias para calumniar —cuanto más, mejor— la fe evangélica de los reformadores. Richard Stauffer, historiador de la Reforma, reputado por el equilibrio, la seguridad y ponderación de sus escritos, describe sin embargo este “vil panfleto” de la siguiente manera:

“Calvino era tratado de ambicioso, de pretencioso, de arrogante, de cruel, de maligno, de vindicativo y, sobre todo, de ignorante. Mucho más: era presentado como un hombre avaro y codicioso, como un impostor con apariencia de resucitar a los muertos, como un amante de banquetes; todavía peor: como un aventurero y un sodomita, que por sus prácticas infames habría sido condenado en su Noyon natal, a ser marcado por hierro incandescente. Para concluir este cuadro, Bolsec hacía del Reformador un reprobado de Dios, quien, tras haber sido castigado con una “irrupción de piojos y parásitos por todo su cuerpo”, tras haber sido roído de gusanos en castigo por sus vicios, habría muerto mascullando, jurando y blasfemando, víctima de la más profunda desesperación.”

Mützenberg no se queda corto:

“Esta historia singular […] proporciona un ejemplo típico del uso sin límites de la calumnia al servicio de la religión. De este antro nauseabundo en que se ha convertido la imaginación de Bolsee sale un torrente de excremento. Calvino, cuya historia auténtica conoce la simplicidad, la sobriedad, el desinterés, la pureza, la rectitud e incluso la pobreza, virtudes que a menudo se le reprochan, es aquí acusado de todos los vicios contrarios […]. El autor hace de él incluso —¿quién le ha creído?— un ignorante. Sin embargo, lo conocía bien, lo había oído y habido sido brillantemente refutado por él en el terreno que él mismo había elegido, el del pensamiento de S. Agustín. Algunos émulos jesuitas de Bolsee llegarán a decir incluso que Calvino a penas había hecho Gramática.”

Para concluir nuestras palabras, nos centraremos algo en lo que Bolsee mismo nos dice de la muerte de Calvino, contrastando sus fabulaciones con la realidad de los hechos auténticos. Puesto que Bolsee, contra todos los testimonios bien conocidos de su época —entre los cuales, en particular, L’histoire de la vie et mort de Maitre Jean Calvin, de Teodoro de Beza— que relatan en detalle las circunstancias de la muerte tan edificante de Juan Calvino, busca acosar de calumnias al Reformador hasta su lecho de muerte. He aquí cómo esta última infamia de Bolsee es descrita por Drelincourt:

“Habiendo intentado oscurecer de humos de los pozos del abismo la bella e inocente vida de este hombre de Dios, lo representa en el lecho de la muerte como un hombre desesperado, que jura y que blasfema, que invoca los diablos, que reniega de la fe, que detesta la obra de la Reforma de la Iglesia, y que maldice el día que puso su mano en la pluma.”

He aquí la versión de la muerte de Calvino que la venenosa pluma de Bolsee expandió por todo el mundo católico romano. ¿Qué fue de su muerte, en realidad? Drelincourt nos lo dirá:

“En medio de sus más violentos dolores, alzando sus ojos al Cielo, decía a menudo estas palabras: “Señor, ¿hasta cuándo?”. Era la frase que había tomado hacía tiempo por divisa. Trabajó sin cesar en sus obras, y estuvo dictando hasta ocho horas antes de su muerte. Y cuando se le quería apartar de este trabajo, su réplica habitual era:

“Que él hacía como si nada. Y se le dejara que Dios lo hallara siempre velando y trabajando en su obra, como él pudiera, hasta el último suspiro”. Tenía el espíritu tan libre y presente que, poco antes de su muerte, habiendo sabido que G. Petrel, ministro de Neuchátel, su buen amigo y antiguo colega, lo quería venir a visitar, a pesar de su avanzada edad, que era de más de 80 años, le escribió en latín la siguiente carta:

“Bien a vos, mi muy buen y querido amigo. Y puesto que le place a Dios que permanezcáis cerca de mí, acordándoos de nuestra unión, de la cual el fruto nos espera en el Cielo, tan provechosa ella, ha sido a la Iglesia de Dios. No quiero que os fatiguéis por mi. Apenas respiro, y espero de un momento a otro que el aliento me falte. Ya es demasiado que viva y que muera en Cristo, que es ganancia para los suyos en la vida y en la muerte. Os recomiendo a Dios, con los hermanos”.

“En Ginebra este segundo mes de 1564. Juan Calvino”

Y Drelincourt continúa su cela to del final de Calvino:

“De Beza dice que de ahí en adelante su enfermedad hasta su muerte, el 27 de mayo de 1564, no fue más que una oración continua. Y que a pesar de sus crueles dolores, tenía a menudo en la boca estas palabras del Salmo 39: Me he callado, Señor, porque eres Tú quien lo ha hecho. Que otra vez decía estas palabras del rey Exequias, que están en el capítulo 38 de Isaías: “Gimo como la paloma”. Y que alzándose hacia Dios por un anhelo de celo, clamaba: “Señor, Tú me quebrantas, pero me basta que sea tu mano”.

En definitiva, De Beza, tras haber hecho la oración cerca de él por última vez, apenas había salido cuando le vinieron a avisar que [Calvino] había caído de debilidad. Al instante vino corriendo, pero supo que Dios lo había quitado del mundo, que había muerto lo más dulcemente que se podría desear, sin ningún movimiento convulsivo. E incluso que no pare-cía más muerto que cuando estaba todavía vivo.

Drelincourt continúa:

Toda la ciudad de Ginebra fue testigo de la vida santa e inocente de Calvino. Y como ya lo he dicho, ella lo vio morir la muerte de los Justos. Ella lo oyó enseñar en su lecho de muerte, como si hubiera sido su Auditorio de Teología, o su pálpito de Pastor. Los Señores no podían ignorar las santas disposiciones de este hombre de Dios. Porque algunas semanas antes de dejar este mundo se hizo llevar hasta su Consejo, y les agradeció muy humildemente todas las gracias y favores que había recibido de la Señoría. E incluso pocos días antes de su muerte, quiso todavía que lo llevaran para darles el último adiós. Pero se lo impidieron y vinieron ellos mismos a visitarlo en su casa; y hallaron que se iba a Dios con una maravillosa paz de espíritu, y que en medio de sus dolores estaba totalmente lleno de un santo gozo y de una gloriosa esperanza. Le agradecieron efectivamente de todos los servicios buenos y agradables que había hecho al Estado y a la Iglesia y se retiraron grandemente consolados y satisfechos. La Iglesia de Ginebra tampoco podía ignorar cuál había sido la cristiana manera de vivir y el fin ejemplar de su fiel pastor. Porque los principales cabezas de familia le rindieron los últimos respetos con mucha cordialidad y testimonios de honor y de respeto.

Él fue cuidadosamente visitado por todos los Señores Pastores, todos los cuales oraban por él. E incluso pocos días antes de su muerte, él quiso tener la alegría de que todos cenaran en su casa. Y a pesar de que estaba grandemente débil, se hizo llevar al borde de la mesa, donde permaneció algún tiempo, y les dio discursos dignos de su piedad y de su celo. Y les dijo que no esperaba más que verlos en el Reino de los cielos. Y cuando la debilidad le obligó a retirarse a su habitación, profirió estas palabras dignas de recordar, y que mos-traban la presencia de su espíritu: “Una pared entre los dos no impedirá que esté unido en espíritu con vosotros”.

Los pastores continuaron visitándolo cuidadosamente unos tras otros. Y no lo abandonaron hasta que rindió apaciblemente su alma a Dios. En fin, no hubo persona en Ginebra que al ver un final tan bendito y cristiano, no dijera de corazón: “Que yo muera la muerte de los justos, y que mi fin último sea parecido al de ellos”. 

He aquí el testimonio que el célebre historiador católico romano, contemporáneo del Reformador, el Presidente de Thou, hizo a Calvino cuando murió:

Poco antes del 13 de las calendas de junio (el 27 de mayo), Juan Calvino, nativo de Noyon en Vendamois, personaje de un espíritu vivo y ardiente y dotado de una admirable elocuencia, y que también era entre los protestantes un teólogo muy renombrado, habiendo sido durante el espacio de siete largos años, afligido de diversas enfermedades y diferentes tormentos, y que no por ello era menos asiduo en su ministerio, ni impedido de escribir continuamente, en fin, por la dificultad de respirar, murió en Ginebra, donde había enseñado durante veintitrés años, habiendo casi cumplido el quincuagésimo sexto año de su vida.

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