La humanidad de Juan Calvino 7

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2. La empresa de calumnia romana de Juan Calvino. B

Veamos ahora los ataques repetidos constantemente contra el carácter de Calvino, los cuales también se remontaban al menos hasta los dos libelos de Baudoin. Esta tradición historiográfica mentirosa ha sido retransmitida por una verdadera tribu de panfletarios calumniadores, cortesanos de la Roma papal. Tomemos, todavía aquí, la Défense de Calvin como nuestro guía. El cardenal de Richelieu, tras Papyrius y Baudoin, decía de Calvino que “El ardor de su espíritu y de su bilis lo hacían colérico”. Drelincourt retorna, por su propia cuenta, el reproche ya antiguo del célebre cardenal:

“Sin la menor duda, como lo he señalado en otro lugar, Calvino era de un temperamento bilioso, y de sí mismo montaba en cólera, sin que sus vigilias, sus ayunos sus continuos trabajos, sus violentas enfermedades, lo hacían todavía más colérico y triste. He aquí pa-labra a palabra lo que M. de Beza dice al describir la vida de este servidor de Dios: Además de su inclinación natural a la cólera, el espíritu maravillosamente dispuesto, la indiscreción de muchos, la multitud y la variedad infinita de asuntos para la Iglesia de Dios, y al final de su vida, las enfermedades grandes y las ordinarias, le habían hecho triste y difícil. Pero en ningún modo se agradó en este defecto, sino que al contrario, nadie lo ha apercibido mejor que él, ni lo ha hallado tan grande que él”. 

Drelincourt continúa:

“Es bueno oír lo que él mismo ha dicho. Antes de responder a Baudoin, él advierte a sus lectores que “no hay mayor ladrón que este hombre”. Lo compara al “arrendajo” o a la “lechuza” y dice que “nadie le puede sobrepasar en el arte e industria de robar. Mi confianza de buena fe hacia él —sigue diciendo— ha sido tan grande que todo lo que había de papeles en mi biblioteca, él los ha ojeado libremente en mi ausencia. Que él haya arrebatado lo que ha creído que le podría servir, no hay que buscar prueba más clara que su propio escrito, por el cual él se da a conocer tal cual es. Ciertamente se descubre así su fidelidad y su respeto de la hospitalidad. Pero veamos la cosa en sí misma. Si él hubiera descubierto en mí cualquier vicio, él tendría la capacidad de reproducirlo, como habiéndolo sacado de mis propias entrañas; pero no ha hallado nada más atroz de lo que yo haya confesado a Bucero, que yo soy por naturaleza colérico, y que combato sin cesar contra este defecto; pero que hasta ahora no he avanzado tanto como lo que querría. Las demás cosas que él añade a esto, él las ha fabricado. Pero acerca de esta acusación, ¿qué quiere decir? Si no es que, según él, solo son dignos de alabanza aquellos que no solo se agradan de sus vicios y se los perdonan; sino que son tan descarados de rechazar el sentimiento del cual se reconocen culpables. Pero nosotros hemos aprendido otra cosa en la Escuela de Nuestro Señor Jesucristo.”

Y Drelincourt comenta:

“No es que esta confesión franca e ingenua de Calvino deba marchitar su memoria, sino que la corona de una alabanza inmortal. Porque no hay nada más raro que ver a un hombre confesar sus defectos; y, sobre todo, intentar corregirlos, y emplear todas sus fuerzas. Pero, por lo demás, yo bien querría saber los males que han venido de la cólera de Calvino y los funestos efectos que ella ha producido. A veces él ha respondido a sus adversarios con cierto calor y vehemencia, como le ocurrió acerca de Baudoin, cuyas obras le hicieron gran daño, porque él había sido su doméstico, y que él había violado las leyes más sagradas de la hospitalidad. Pero muchas veces ha imitado a su Salvador que cuando se le ultrajaba no lo devolvía; cuando se le amenazaba, se remitía a aquel que juzga justamente (1 Pedro 2:21-23)”.

Dejaremos aquí la última palabra a Calvino:

“Bien que su audacia y malicia fueran desde largo tiempo conocidas de todos, sin embargo yo no habría jamás pensado que él se entregaría a tal locura de injuriarme con tanta maldad. Pero como el desespero incita a tales gentes a la rabia, es su mala conciencia lo que le ha precipitado a lanzarse por una impetuositad ciega más bien contra sí mismo que contra mí. Yo no puedo negar que el arrebato de este hombre no me haya conmovido, visto que no puede ser que tal indignidad no conmueva a las personas cordiales e ingenuas. Pero yo he despreciado fácilmente sus obras como si no me afectaran. Este dicho de Sócrates es muy célebre: “Si un asno me hubiera dado un puntapié, ¿lo tendría que presentar ante el juez?”. A pesar de que yo esté bien alejado de la grandeza de espíritu de la cual Sócrates ha destacado, no obstante me he endurecido por el continuado uso del ladrido de tales perros. Y he aprendido en una mejor escuela que Dios expone a sus siervos a tales oprobios para probar su paciencia. No me glorificaré de la grandeza de las revelaciones, como si me acercara a la de S. Pablo. Sin embargo, reconozco que esto tengo en común con el gran Apóstol: que no sea que me exalte a mí mismo, Dios me ha enviado un aguijón de Satanás, y que abofeteándome aprenda humildad.”

Las injurias y calumnias contra Calvino que acabamos de examinar, se muestran de una extrema moderación en comparación con el ácido sulfúrico verdaderamente diabólico que salió del espíritu y la pluma del médico Jéróme-Hermés Bolsee, antiguo colega del moderador de la Compañía de los Pastores. El 16 de octubre de 1561, Bolsee tomó la palabra en una Congregación de los pastores para oponerse públicamente a la doctrina de la elección divina que era enseñada por Calvino. He aquí cómo Mützenberg describe la escena:

“Jéróme Bolsec se levantó para expresar su desacuerdo. Acababa de comenzar su discurso cuando entró Calvino. El reformador lo escuchó, y después, cuando hubo acabado, refutó punto tras punto, citando abundantemente a S. Agustín, a quien su contradictor había citado como que no profesaba la doble predestinación”.

Continuará …

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