La muerte de la predicación bíblica 1

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Las distorsiones del Evangelio y su restablecimiento.

Un amigo mío informó recientemente que una iglesia que él había pastoreado anteriormente en Nueva Zelanda ha quitado el gran púlpito central (su único púlpito) y lo ha sustituido por una pantalla, que se usa para himnos y coros de alabanza y también para imprimir historias gráficamente ilustradas y mensajes de sermones. Lo que es sorprendente y desconcertante es que esta iglesia está relacionada con la Iglesia de Escocia, una rama de la cristiandad que se ha preciado de la predicación bíblica y expositiva. Sin embargo, lo que ocurrió en esta iglesia no es poco común: a lo largo y ancho del mundo protestante, hoy hay un movimiento inconfundible desde lo audible hacia lo visual, de la palabra a la imagen. La adoración se está convirtiendo rápidamente en entretenimiento; la meta ya no es la gloria de Dios y el servicio para su Reino sino el bienestar y la realización de la criatura humana. Además de la predicación, otras víctimas en este megafraude incluyen la oración de intercesión y la confesión de pecados corporativa seguida de la seguridad del perdón. La lectura extensa de la Escritura como preparación para el sermón está también siendo menos frecuente. Los solos musicales por algún conjunto especial están reemplazando cada vez mas al canto congregacional.

El legado evangélico que proviene de la Reforma protestante y los movimientos de renovación del puritanismo y el pietismo buscaban mantener la Palabra y los sacramentos juntos en tensión dialéctica, pero el acento estaba puesto en la Palabra de Dios predicada. Karl Barth observó acertadamente que, en la teología de la Reforma, la predicación prácticamente llegó a ser un tercer sacramento. El contenido del sermón era la Ley y el Evangelio. Hemos de confortar a los afligidos por medio de la predicación del Evangelio y afligir a los que se sienten bien por medio de la predicación de la Ley (Lutero). La meta de la predicación era la fe y la obediencia. La verdad de la Revelación divina era considerada como algo tanto objetivo como subjetivo. Sus bases y su contenido eran objetivos, debido a que se trataba de la pronunciación de Dios mismo en conjunción con los acontecimientos de la historia sagrada. Su comunicación era tanto objetiva como subjetiva, puesto que esta verdad era dada por el Espíritu en la experiencia evangélica de un corazón despertado.

Aberraciones después de la Reforma

La Reforma recuperó el poder revitalizante de la predicación bíblica, pero en el espacio de una generación, una orientación antropocéntrica empezó a suplantar al teocentrismo de los Reformadores. El acento ya no estaba en la justificación por la libre gracia recibida por medio de la fe y demostrada en una vida de obediencia, sino mas bien en la justifi-cación por creer en una doctrina correcta (como la ortodoxia) o en humanos preparativos y confirmaciones de la justificación (como en el pietismo). Un sermón bíblico acarreará por cierto un llamamiento a tomar una decisión, pero nuestra decisión constituye una respuesta al Evangelio y no al contenido del Evangelio. Es una respuesta, más aún, inducida por el derramamiento del Espíritu Santo y no un logro del libre albedrío humano, lo cual convertiría entonces la justificación en un asunto tanto de obras como de gracia.

Tanto en el protestantismo conservador como en el liberal que siguieron a la Reforma, la predicación a menudo degeneró en moralismo, en el cual nuestra aceptación por parte de Dios se hizo recaer sobre el esfuerzo humano. El moralismo es predicar la Ley sin el Evangelio de tal modo que a nuestros oyentes se les dice lo que hacer para asegurarse un lugar en el Reino de Dios, en lugar de lo que Dios ha hecho ya en Cristo Jesús por nosotros en el mundo entero. A veces el Evangelio se convierte en una nueva ley: ya no es la divina promesa sino el divino mandamiento. Aquí el protestantismo se acerca pe-ligrosamente al estilo de predicación prevalente en las iglesias católicas en las que una homilía moral, generalmente breve y yendo al grano, ocupa el lugar de la proclamación kerigmática.

El gnosticismo es otra tentación contra la que necesitamos guardarnos si hemos de permanecer fieles al mandato bíblico y de la Reforma de predicar el Evangelio a la creación entera. En el gnosticismo la predicación está diseñada para despertar los poderes latentes en la psique humana. La tarea del predicador consiste en capacitamos para descubrir nuestra propia divinidad o para darnos cuenta de las posibilidades humanas no descubiertas. También lleva consigo la pretensión de un conocimiento se-creto del futuro basado en la correcta interpretación de la profecía bíblica. El misterio de la Revelación ya no es el conocimiento de los poderosos hechos de Dios abiertos a todas las personas de fe, sino una sabiduría secreta disponible solo para aquellos que se someten a la disciplina de descifrar el lenguaje del código apocalíptico en que una porción de la Biblia está escrita.

Otra aberración es lo que algunos en el Movimiento de Santidad wesleyano llaman creencia fácil [en inglés, easy believism] y que Dietrich Bonhoeffer denominó gracia barata. Aquí nos encontramos confrontados con una forma truncada de ortodoxia en la que el mensaje de la justificación está completamente afirmado, pero el llamamiento a la santificación personal (nuestra respuesta al acto de misericordia de Dios) está mutado o rebajado. En esta clase de predicación discernimos el Evangelio pero no la Ley, mientras que el Evangelio completo consta tanto de la predicación de la Ley como de las Buenas Noticias de la victoria de Cristo sobre el pecado. Un sermón completamente bíblico hará sonar el llamamiento tanto a un discipulado costoso como a celebrar el don de la costosa gracia (gracia que costó a Dios la vida de su Hijo; se nos manda proclamar no solo el mensaje de la Cruz, sino también se nos manda tomar nuestras propias cruces y seguir a Cristo) no para ganar la salvación sino para hacer patente una salvación ya llevada a cabo por medio de la obra reconciliadora de Dios en Cristo Jesús.

Donald G. Bloesch 1

En lo que yo escojo llamar ortodoxismo, la enseñanza toma prioridad sobre la predicación y el sermón se reduce a un estudio bíblico, que puede ser edificante e instructivo, pero no es el poder de Dios para salvación. El desarrollo de la mente hu-mana es una meta digna, pero lo que más necesita el pecador es la regeneración del corazón humano. La predicación ciertamente transmitirá una dimensión tanto didáctica como kerigmática, pero si solo permanece didáctica, tendrá poca eficacia para convencer a las personas de pecado o para inspirar fe. Jesús no fue simplemente un gran Maestro sino el Salvador del mundo, y hasta que reconozcamos debidamente este hecho, careceremos del poder para tomar una genuina decisión de fe. Es posible predicar de la Biblia y, sin embargo, no predicar a Cristo Jesús ni el Evangelio y esto es lo que los protestantes, tanto conservadores como liberales, necesitan tener en mente al preparar a hombres y mujeres para el ministerio.

El exhibicionismo también tienta a muchos protestantes a deshacerse de las ataduras de la Reforma y de la Biblia. Aquí el propósito de la predicación es causar una impresión en nuestra audiencia en lugar de dar una interpretación fiel del mensaje de la Escritura. La predicación se convierte en una actuación en lugar de en un acto de obediencia. El culto de adoración ya no se centra en la Palabra sino en el predicador, en la personalidad y los talentos que él o ella aportan. Se espera que los predicadores sean maestros en el arte de la comunicación más que diligentes estudiantes de la Biblia. Su éxito está determinado por el número de personas que asistan a sus cultos o que lleven a cabo actividades en la iglesia y no por la obra del Espíritu Santo convenciendo de pecado a las personas y volviéndolas hacia la Cruz en arrepentimiento y fe.

Continuará

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Donald G. Bloesch fue Profesor de Teología Emérito en el Seminario Teológico Dubuque. Ha escrito numerosos libros, incluido The Future of Evangelical Christianity, The Struggle for Prayer, Freedom for Obedience.

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