La humanidad de Juan Calvino IV

Blog109D

A) JUAN CALVINO Y LA BELLEZA 2.
Ocurre evidentemente lo mismo acerca de todos los aspectos de la realidad sobre los cuales Calvino hace brillar la claridad de la Palabra de Dios, el estallido de la luz que Jesucristo, por su Espíritu, hace brillar sobre todas las obras divinas. Es así como, siguiendo al apóstol Pablo, busca traer cautivos a la obediencia de Jesucristo todos los pensamientos extraviados de los hombres (II Corintios 10:5). Su estilo mismo suscitó toda una tradición de poetas y prosistas reformados, que van desde Teodoro de Beza a Agrippa d’Aubigné, desde Guillaume Salluste du Bartas en el fin del siglo XVI, a Jean Ogier de Gombauld y los Drelicourt (tanto el padre Charles que el hijo Laurent), desde Pierre du Moulin hasta Jacques Saurin y Bénédict Pictet, hasta el alba de la vaporosa Ilustración del siglo XVIII.

Por todas partes, estos escritores calvinistas volvían a este modelo de belleza que es el estilo de la Biblia, estilo del cual las formas tan diversas que usan los autores del Libro sagrado están puestas siempre al servicio de la verdad divina.

Vemos cómo el crítico protestante del siglo XIX, A. Sayous, caracterizaba el estilo de Juan Calvino:

El estilo de Calvino es del mismo temple que su pensamiento: preciso, enérgico, que prescinde de las gracias superfluas y de las inutilidades del lenguaje, es el reflejo exacto de la perfecta claridad de su inteligencia. Predicador, o escritor, la expresión justa y fuertemente recortada le llegaba sin esfuerzo, acuñada de un golpe, por así decirlo, por el peso del pensamiento; y sus sermones improvisados, sus escritos dictados al vuelo o escritos al correr de la pluma, están todos igualmente marcados por este mismo cuño de precisión y vigor […J. Para alcanzar tal claridad y vigor de expresión, sin cesar ni un mo-mento de ser natural, es necesario instinto o estudio, poseer esta inteligencia de un idioma del que uno se convierte en maestro.

Más recientemente, el eminente crítico literario protestante Albert-Marie Schmidt escribía acerca del estilo de Calvino:

Por una especie de prodigio, del cual no se llega a dar una explicación satisfactoria, Calvino enuncia sus sólidos pensamientos en una especie de lenguaje eterno que, preservado de los daños del tiempo, no pierde en ninguna circunstancia su actualidad. Mientras que el arte y la intención de Rabelais, su contemporáneo, se nos han vuelto igualmente oscuros, nosotros entendemos sus intenciones más ocultas, desciframos con agudeza las alusiones más secretas que implica su escritura, por cuanto ella, animada por un impecable espíritu de geometría intuitiva, pone discreción a no emplear, en su sentido más simple, más directo, más claro, más puro, que palabras comunes y claras.

Schmidt muestra qué propósito anima a tal estilo, límpido y enérgico, apasionadamente inteligible y concreto:

Los textos de Calvino, que no deparan y ocultan jamás la jerga oscura de los eruditos que no se dirigen más que a algunos doctos erizados orgullosos de su saber, sino al conjunto de los predestinados a creen a fin de preparar en ellos, por la resolución de las principales dificultades de la Escritura y la justa organización de sus máximas la irrupción familiar del Espíritu Santo.

Lo que acabamos de ver en el ámbito de la estética de Juan Calvino lo podríamos demostrar sobradamente en lo que se refiere a su pensamiento político, su filosofía,” por el ámbito económico y social,” por el de la caridad eclesial y privada, por el de la cura de almas y, finalmente, en el ámbito de las ciencias de la naturaleza, pero puesto que el tiempo es un dueño exigente, continuemos sin más hacia nuestro segundo apartado.

Dejemos la última palabra de esta primera parte de Las humanidades de Juan Calvino, a dos grandes conocedores franceses del pensamiento de Calvino, Jean-Daniel Benoit y Jean Cadier. Este último escribe:

Esta soberanía de Dios [que enseña Calvino] sobre todos los momentos de la vida está evidentemente opuesta a la secularización que es la marca de nuestra época. Toda nuestra existencia ha sido poco a poco separada de sus raíces profundas en Dios. La  religión  aparece como un asunto privado, sin relación con la vida pública. Pero precisamente esta secularización debe obligar al cristiano de nuestro tiempo a reafirmar la gloria de Dios en un mundo que lo desconoce. El pensamiento de Calvino ciertamente fue marcado en el siglo XVI por un contexto de oposición y de persecución. Es una doctrina para los prisioneros, los torturados, los testigos que serán degollados. Pero ella también es totalmente necesaria en la situación dramática del siglo XX, donde también existen prisiones, torturas y ejecuciones para aquellos que confiesan a Cristo en algunos países, y donde también existe una voluntad de poner a Dios fuera de la vida. Pero Dios no quiere ceder su gloria a nadie.

Después Cadier evoca la piedad, a la vez Trinitaria y centrada en la unión personal del creyente con el Señor Jesucristo, por el Espíritu Santo:

Esta unión con Cristo es la obra del Espíritu Santo. Y esta obra del Espíritu Santo tiene otro nombre: se llama la fe. Calvino da esta definición admirable de la fe: “La fe abraza Jesucristo” (Institución III,ii,8). Pocos teólogos han tenido una concepción más viva, más mística en el sentido religioso de esta palabra, que esta. La vida religiosa es, pues, “la comunicación alta y mística que tenemos con Jesucristo”.

Por tanto, vemos que el geocentrismo de Calvino en modo alguno le conduce a una piedad que se alejaría de la relación con Cristo. ¿Pero de dónde viene entonces esta dureza en la lucha que hemos descrito anteriormente y que ha dado ocasión a los numerosos detractores de Calvino de componer esta figura legendaria de un ambicioso, que no retrocede ante nada para llegar a sus propósitos de dominación?

Si no se tiene la certeza de ser conducido por Dios, la fuerza inquebrantable da, a aquellos que están fuera de esta acción, la impresión de ambición. La tenacidad de un hombre conducido por Dios es para los incrédulos una voluntad orgullosa de alcanzar sus fines […]. Pero Calvino contempla el triunfo de la causa de Dios. Es necesario que Dios gane. Es por ello por lo que su obra tiene este carácter dramático y a veces violento.

Sin embargo, los siglos han pasado. El mensaje calvinista se ha extendido en el mundo. Contra todas las pretensiones humanas ha alzado la exigencia señorial de Dios. Los hugonotes de Cévennes, los gueux de Holanda [Literalmente, “miserables, mendigos”. Nombre dado a los reformados holandeses que se alzaron contra Felipe II, N. T.], los puritanos de Nueva Inglaterra, los confesantes de la Alemania de Hitler han mostrado que cuando la gloria de Dios se encuentra amenazada, los hombres pueden resistir a la opresión. La lucha continúa. Calvino permanecerá en esta lucha como un guía indispensable y su voz de mando permanece: ¡Sólo a Dios sea la gloria!

Jean-Daniel Benoit plantea a su vez la siguiente cuestión en la conclusión de su bello libro sobre Juan Calvino:

¿Cuál es, pues, el espíritu del calvinismo, la característica dominante de esta piedad que hizo a los hugonotes, los puritanos, los mártires?.
Y responde:

El espíritu del calvinismo se encuentra en el gran principio teocéntrico: Dios en el centro, Dios ante todo, por encima de todo y de todos.

En efecto, el calvinismo es, principalmente la afirmación apasionada de los derechos de Dios, del honor de Dios, de la gloria de Dios. “Servir a la gloria de Dios”, es el fin supremo de la vida humana, la razón de ser de toda existencia, por alta o humilde que sea, es el principio motor del calvinismo, la fuente de la energía desbordante y de la actividad de la que los calvinistas siempre han hecho gala a lo largo de la Historia.

Tenemos ahí, en esta actitud teocéntrica, el principio de una renovación necesaria de nuestro pensamiento y de nuestra piedad.

En efecto, poco a poco estamos habituados a poner al hombre en el centro del universo, y a proclamar los derechos del hombre independientemente de los derechos de Dios. En el centro, el hombre, su angustia, su miseria, sus necesidades, sus aspiraciones. Y Dios parece no entrar en escena más que para responder a estas necesidades del hombre, para aportarnos el perdón y la paz, para calmar nuestras angustias, permitirnos avanzar con confianza a través de las brumas que nos ocultan el porvenir, y calmar nuestros terrores frente al misterio y el pavor de la muerte. Dios, ¡cómo sabemos utilizarlo para nuestros propios intereses! Nos imaginamos de buena gana que no tiene otra razón de ser que la de hacer por el hombre lo que la nodriza por el niño, y que su papel es únicamente velar por él, nutrirlo, consolarlo, guiarlo quitando de sus pasos las piedras del camino. ¡En verdad, a veces parece que Dios haya sido hecho para el hombre, y no el hombre para Dios!

Y Benoit añade:

Estas desviaciones egoístas y sentimentales se remontan lejos en el pasado. El racionalismo, con su “Dios de las buenas personas”, y un cierto pietismo, con su Cristo delicado y afeminado, no son totalmente ajenos de ello.

Ante tal desnaturalización de la fe cristiana Benoit recuerda las cimas espirituales a las que Dios nos llama:

Frente a tales desvíos, ¡cuánto se impone un retorno al espíritu del calvinismo, a esta afirmación fundamental de los derechos de Dios, del honor de Dios, de la gloria de Dios!

Y continúa diciendo:

Hemos hablado demasiado de nuestras necesidades, de nuestras aspiraciones, de las nostalgias de nuestros corazones; nos falta tomar conciencia de los derechos de Dios; no de nuestros derechos sobre Dios —derecho a la salvación, derecho a la felicidad, derecho a la consolación, derecho a la felicidad eterna, ¡como si tuviéramos derechos a la gracia y a la misericordia divinas!—, sino de los derechos de Dios sobre nosotros, nuestras vidas, derechos de Dios a nuestro servicio, a nuestra obediencia, a nuestra consagración; actitud austera y viril que nos inclina ante la majestad divina, que quebranta nuestro egoísmo y nuestro orgullo, y nos pone, ante Dios, en nuestro verdadero lugar.

Y Benoit nos muestra que únicamente es cuando ponemos a Dios en su justo lugar, el único lugar que por derecho es el suyo, que nuestras vidas serán saciadas y satisfechas todas nuestras necesidades más legítimas y profundas. Y termina citando una carta de Calvino recordando, incluso a un rey, esta prioridad suprema:

Escuchad a Calvino, escribiendo al rey de Navarra y recordándole que hay una cosa más digna y más preciosa que su salvación:

“Nos perdonará usted, Sir, la necesidad que nos constriñe a hablar de esta manera, ya que nos preocupa vuestra salvación, en verdad algo más digno y precioso: es la gloria de Dios y el avance del reino de Jesucristo, en el que consiste la salvación vuestra y de todo el mundo”.

Continuará …

____________________________________

*Se permite compartir incluyendo la fuente y sus links.

http://www.solosanadoctrina.com 

http://www.facebook.com/SoloSanaDoctrina

http://www.solosanadoctrinablog.wordpress.com

Anuncios