El valor de ser protestante

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El Autor de la obra que nos ocupa reseñar en esta ocasión  es doctor por la Universidad de Mánchester, profesor-investigador emérito del Seminario Teológico Gordon-Conwell. Sirvio como decano del campus que Gordon-Conwell tiene en la ciudad de Charlotte.

Con esta carta de presentación Wells comienza esta valiente obra con esta frase “No hace falta valor para presentarse como protestante”.  En este libro David Wells hace una relevante crítica al panorama evangélico. Una lamentación al estilo de Jeremías contra las “nuevas” versiones del mundo evangélico, la iglesia empresarial, la iglesia emergente. Esas nuevas iglesias que funcionan como empresas intentando captar fieles como si fueran consumidores en vez de adoradores, vendiéndoles un entorno apetecible, donde encontrar un Dios caramelo, a nuestro gusto, un Dios diseñado a nuestras necesidades, y donde la verdad bíblica es sustituida por las verdad más atractiva a nuestras circunstancias personales y sociales.

Wells defiende que el movimiento evangélico histórico, Bíblico y clásico está marcado por la seriedad doctrinal. ¿Qué puede aportar el hombre como novedad a la revelación bíblica?, nada.

El valor de ser protestante es un argumento contundente del valor de ser fiel, a lo que siempre ha significado el cristianismo en su forma bíblica, y que la iglesia que solo tiene como cimientos la palabra de Dios tendrá futuro y esperanza.

ÍNDICE

Prólogo a la serie
Prefacio
1. La configuración del territorio evangélico
2. Cristianismo en venta
3. Verdad
4. Dios
5. Yo
6 Cristo
7. La iglesia

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

“Lo más importante que aprendemos de la iglesia cuando vamos ante Dios es que la iglesia es suya, y Él es el que la constituye. De hecho, tenemos esto en las propias palabras de Jesús. Sobre la “roca” de la confesión de Pedro, Cristo dijo: “edificaré Mi iglesia; y las Puertas del Hades (los poderes de la muerte) no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18). El Nuevo Testamento utiliza muchas metáforas para hablar de este proceso, pero la construcción y el crecimiento son frecuentes. Y el punto clave es que esto es obra de Dios. La iglesia necesita ser liderada, enseñada, pastoreada y organizada, pero solo Dios es quien la edifica y nutre.

Este es el punto clave en 1 Corintios 3:1-5. ¿Qué es la iglesia y cómo se construye? ¿Qué es el ministerio de la iglesia y cómo se supone que hemos de hacerlo? Estas preguntas están obviamente conectadas. Lo que pensamos que es la iglesia explicará cómo pensamos que crecerá. Cómo pensamos que crecerá la iglesia explica qué es el ministerio. Pablo fue empujado a presentar estas cuestiones porque mucha gente en Corinto actuaba en la vida de la iglesia de manera equivocada. No eran espirituales en su comprensión y su conducta. Pablo no podía dirigirse a ellos como “espirituales” (3:1) porque estaban interpretando la iglesia desde el interior de su perspectiva caída. Se les tenía que hablar como los niños que eran (3:1).

¿Acaso no está hoy la iglesia evangélica en el mismo barco? Se suele aceptar de manera general que este es un momento de gran debilidad. Cuál ha de ser el remedio se convierte en materia de debate. El paralelismo entre nuestra situación y la de Corinto, no obstante, realmente es asombroso. ¿No haríamos bien en preguntar, pues, qué no comprendieron ellos?

La perspectiva de Pablo sobre esta cuestión se resume en unas cuantas palabras señaladas. ¿Cómo debemos pensar en nosotros mismos? La respuesta es como “colaboradores en la labor de Dios” (3:9; en el griego de Pablo, la palabra “Dios” está colocada en primer lugar por énfasis). ¿Cómo deberíamos pensar en la iglesia? Es “el campo de cultivo de Dios, el edificio de Dios” (3:9). ¿Y por qué hemos de pensar en ella como labranza y edificio de Dios? Porque la iglesia es su creación y solo Él puede hacerla crecer. Le da su crecimiento cualitativo internamente, en términos de carácter y obediencia, y el crecimiento cuantitativo externamente, en términos de expansión numérica.

Vemos esta segunda verdad en funcionamiento en los primeros días de la vida de la iglesia cuando leemos que “el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos” (Hch. 2:47; cursiva mía). Siendo verdad todo esto, es el Señor quien “asigna” la obra en la iglesia (1 Cor. 3:5), dice Pablo, para provocar su crecimiento, su alimentación, y formación. Los objetivos y funciones de la iglesia, por lo tanto, se dan a ella. No provienen de manuales de negocios, ni de normas culturales, ni de la inteligencia del marketing, sino de lo que el Señor nos ha dicho en las Escrituras. Seremos juzgados a la luz de estas verdades (1 Cor. 3:8). Y esto conduce a Pablo al meollo de la cuestión. Nosotros aramos y regamos, pero es Dios el que produce el crecimiento (3:6-7).

Podemos orar por la gente, buscar la bendición para la iglesia, predicar, aconsejar, y ser testigos, pero solo Dios da el crecimiento.

Esta última afirmación descansa sobre tres doctrinas del Nuevo Testamento. Cada una está en peligro en la iglesia de hoy, y cada una necesita ser preservada si hemos de ver de nuevo la completa expresión de la excelencia de Dios en la vida de la iglesia. Y esta es la clave de la completa restauración de su salud.

Primero, cuando Pablo dice que es Dios quien hace crecer la iglesia, claramente está dando por hecho que Dios es soberano. Dios gobierna sobre toda la vida, llevando a cabo su voluntad providencial, desde poderosos eventos como la caída de los imperios hasta lo más insignificante como la caída de un gorrión. Esto significa que, dentro de este mundo, los reinos y las culturas se alzan y caen según su soberana voluntad.

En segundo lugar, esta creencia descansa en una convicción acerca de la incapacidad humana. Por eso solo Dios puede hacer crecer la iglesia. La cuestión es que únicamente Dios puede impartir nueva vida sobrenatural. Podemos orar por la gente, buscar la bendición para la iglesia, predicar, aconsejar, y ser testigos, pero solo Dios da el crecimiento.

Podemos orar por la gente, buscar la bendición para la iglesia, predicar, aconsejar, y ser testigos, pero solo Dios da el crecimiento.

En tercer lugar, esta comprensión de cómo crece la iglesia debe ir unida a los medios que Dios ha ordenado para su crecimiento. Pablo dice que él plantó la semilla y Apolos la regó. ¿Qué se plantó? ¿Cuál era el agua?

Lo que se plantó fue seguramente la verdad que Dios nos ha dado en las Escrituras. ¿Cómo vamos a acudir a Dios y a creer en Él, pregunta Pablo en otro lugar, a menos que tengamos una Palabra predicada por medio de la cual responder (Rom. 10:14)?

Permitir que Dios sea Dios sobre su iglesia, verle como su centro y su gloria, su fuente y su vida, es una experiencia realmente liberadora. Nos libera de pensar que tenemos que hacerlo por nosotros mismos, nos permite asumir que somos completamente incapaces de realizarlo. El crecimiento de la iglesia depende de Él. No podemos llevar a cabo la obra que solo Dios puede hacer. Podemos trabajar en la iglesia, predicar y enseñar, expandir el evangelio, animarnos y urgirnos, pero no impartir nueva vida. Tampoco nunca podremos santificar a la iglesia. De hecho, no podemos siquiera nutrirla. Es Dios quien proporciona el alimento; a nosotros simplemente se nos llama a servir (1 Cor. 3:5). Por esto, no obstante, Pablo dice precisamente, un poco más adelante, que “no desmayamos” (2 Cor. 4:1, 16), sino que “tenemos confianza” (3:4; cf. 5:6).”

* Editorial Andamio 2017Nº páginas: 408p

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