Conversión de los miembros de la familia 1

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PREGUNTA: “¿Qué podemos hacer, qué medidas podemos tomar, qué método nos recomienda para cumplir este deber tan importante, y ser útiles en la conversión y salvación de nuestros familiares que se encuentran en un estado natural?
Daré indicaciones bajo varios encabezamientos. Algunas, aunque son obligaciones comunes y obvias, pueden cumplirse mejor de lo que se están cumpliendo, por lo que no las pasaré por alto ya que son muy provechosas y no menos prácticas que otras. Muchos hombres bajo el evangelio perecen por no llevar a cabo los deberes que saben que les
corresponden. Por lo tanto les ruego, oh cristianos, que cada indicación sea debidamente evaluada y conscientemente mejorada a fin de lograr el éxito con la ayuda divina.

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1. Preserven y respeten el honor y la preeminencia de la posición en que Dios los ha puesto con toda sabiduría y cuidado. El profeta se queja de los tiempos cuando “el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble” (Isa. 3:5). La diferencia de edad requiere una diferencia en la conducta… Los adultos tienen que demostrar gran
respeto hacia los jóvenes si quieren que los jóvenes demuestren gran respeto hacia ellos. Dicho esto, no deben ustedes mostrarse orgullosos, altaneros ni presuntuosos. Sus rostros, aunque serios, no deben ser adustos. Así como no siempre tienen que estar sonriendo, tampoco deben estar con el ceño fruncido. Una severidad rígida en palabras así como en acciones producen en los hijos una disposición servil y de desaliento.
2. Sea la instrucción familiar frecuente, de envergadura y clara. Por naturaleza, todos somos desiertos áridos y rocosos: la instrucción es la cultura y el mejoramiento del alma. Los naturalistas han observado que las abejas “llevan gravilla en las patas” para fijar sus cuerpecitos cuando rugen los vientos tormentosos. Ese mismo fin cumple la instrucción en la mente indecisa y fluctuante de la juventud. La quilla de su poco criterio se hundiría sin el contrapeso de la disciplina… Pero en todos sus momentos de instrucción, cuídense de no ser tediosos por hablar interminablemente. Compensen la brevedad de esas ocasiones aumentando su frecuencia. La Palabra manda hablar de los preceptos
de Dios “cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes” (Deut. 6:7; 11:19), un poco ahora y un poco después. Los largos discursos son una carga para la poca memoria que tienen, y una imprudencia tal bien puede resultar en que terminen teniendo una aversión por el maná espiritual, siendo que todavía están en su estado natural. A una planta joven se la puede matar con demasiado fertilizante y podrirla con demasiada agua. Los ojos que recién se despiertan no aguantan el resplandor, entonces:

“mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá” (Isa. 28:10). Deben guiar a los pequeños como lo hizo Jacob, mansamente hacia Canaán (Gén. 33:13).”

Capten su tierna atención con pláticas acerca de la grandeza infinita y la bondad eterna de Dios, acerca de las glorias del cielo, de los tormentos del infierno. Las cosas que afectan los sentidos tienen que ser espiritualizadas para ellos, gánense su buena disposición con astucia santa. Usen alegorías lo más que puedan. Si están juntos en un jardín, hagan una aplicación espiritual de las hermosas flores. Si están a la orilla de un río, hablen del agua de vida y los ríos de placer que hay a la diestra de Dios. Si en un maizal, hablen de la cualidad nutritiva del pan de vida. Si ven pájaros que vuelan en el aire, o los oyen cantar en la floresta, enséñenles acerca de la providencia omnisapiente de Dios que les da su alimento a su tiempo. Si alzan su mirada al sol, la luna y las
estrellas díganles que son destellos de la antesala del cielo. ¡Oh, entonces qué gloria hay interiormente! Si ven un arcoíris adornando alguna nube acuosa, hablen del pacto de Dios. Estos y muchos más pueden ser como eslabones de oro que van poniendo realidades divinas en sus memorias: “Por medio de los profetas usé parábolas”, dice Dios
(Ose. 12:10). Además, procuren que los pequeños lean y aprendan de memoria algunas porciones de los libros históricos de las Sagradas Escrituras. Pero, sobre todo, la mejor manera de instruir, especialmente a los más chicos, es por medio de catecismos  explícitos, pueden ser citados directamente del texto bíblico y expresados en breves frases según su capacidad, en un estilo directo pero fiel a la Palabra, de modo que queden en la memoria.

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3. Agreguen requisitos a sus instrucciones. Ínstelos en el nombre de Dios a que escuchen y obedezcan las reglas y costumbres de su hogar. Tenemos un ejemplo en Salomón, quien nos dice que era “hijo de mi padre, delicado y único delante de mi madre. Y él me enseñaba, y me decía: Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y
vivirás” (Prov. 4:3-4)… En cuanto a esto, Abraham fue designado por Dios mismo como un modelo para toda posteridad. “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Gén. 18:19), por lo que le
complacía a Dios revelarle secretos.
4. Permanezca atento para percibir las primeras manifestaciones de pecado en su conducta. Deténganlas cuando recién empiezan y son todavía débiles. “De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra”, dice David (Sal. 101:8). Hay que empezar este trabajo desde el principio y refrenar cada palabra mala y desagradable desde la primera vez que la oyen. Manténganse en guardia para detectar las primeras señales de
corrupción en ellos. Se puede cortar fácilmente un brote tierno, pero si se deja crecer hasta ser una rama, es mucho más difícil hacerlo.

Continuara …

 

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Tomado de Puritan Sermons 1659-1689

Samuel Lee (1627-1691): Pastor puritano congregacional en St. Botolph, Bishopsgate; nacido en Londres, Inglaterra.

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