Descripción de la verdadera piedad

Blog78

Siendo la Verdadera Piedad muy extraña para la mayoría de los hombres y por ende conocida por pocos, en primer lugar y antes de entrar de lleno en el tema, trataré de describirla. Muchos erran grandemente al entenderla como Moralidad; otros la confunden con Piedad Falsa; y otros, ya sea por ignorancia o malicia, la pregonan
desvergonzadamente llamándola Singularidad, Terquedad, Orgullo o Rebelión. Estos últimos declaran que esta no merece existir por ser una perturbadora sediciosa de la paz y el orden dondequiera que aparece.

Sí, una compañera tan contenciosa y querellosa que es la causa de todas esas desdichadas diferencias, divisiones, problemas y desgracias que abundan en el mundo. Por lo tanto, he llegado a la conclusión que no hay nada más necesario que quitar esa máscara que sus enemigos implacables le han puesto y exonerarla de todas las calumnias y los reproches de los hijos de Belial. Cuando entonces aparece en su propia inocencia original e inmaculada, nadie necesita tenerle miedo, ni negarse a aceptarla o estar avergonzado de hacerla suya y de convertirla en la compañera de su corazón.

Sepamos, entonces, en primer lugar, que la piedad consiste del conocimiento correcto de las verdades divinas o los principios fundamentales del evangelio, los cuales todos los hombres deben conocer y dominar. “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la  piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Tim. 3:16). Vemos por este texto que las grandes verdades de la religión cristiana son llamadas piedad.

Ahora bien, si alguno quiere saber más en detalle qué son esos principios de la verdad divina o los fundamentos de la fe cristiana, los cuales son lo esencial de la Verdadera Piedad, respondo:

1. Que hay un Dios eterno, infinito, santísimo, omnisapiente, absolutamente justo, bueno y lleno de gracia, o la Deidad gloriosa que existe en tres Personas ––el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— y estos son uno, a saber, uno en su esencia.

2. Que este Dios, por su gran amor y bondad, nos ha dado una regla de fe y práctica segura e infalible que son las Santas Escrituras. Por ellas, podemos conocer, no solo que hay un Dios y Creador, sino también la manera como fue creado el mundo, con los designios o la razón por la cual hizo todas las cosas. También nos es dado saber cómo entró el pecado en el mundo y cuál es la justicia que Dios requiere para nuestra justificación (o la liberación de la culpabilidad del pecado), a saber, por un Redentor: su propio Hijo, a quien mandó al mundo. No existe ninguna otra regla o camino para saber estas cosas a fin de que los hombres sean salvos aparte de la revelación o los registros de las Sagradas Escrituras, siendo el misterio de la salvación muy por encima del razonamiento humano y por lo tanto, imposible conocer por medio de la iluminación natural en los hombres.

3. Que nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, quien es la Garantía del Nuevo Pacto y el único Mediador entre Dios y los hombres, es realmente Dios (de la esencia del Padre) y realmente hombre (de la sustancia de la virgen María), teniendo estas dos naturalezas en una Persona, y que la redención, paz y reconciliación son únicamente por medio de este Señor Jesucristo.

4. Que la justificación y el perdón del pecado son exclusivamente por esa satisfacción plena que Cristo hizo de la justicia de Dios y se logran solo por fe a través del Espíritu Santo.

5. Que todos los hombres que son o pueden ser salvos tienen que ser renovados, regenerados y santificados por el Espíritu Santo.

6. Que en el Día Final habrá una resurrección de los cuerpos de todos los hombres.

7. Que habrá un juicio eterno, a saber, todos comparecerán ante el tribunal de Jesucristo en el gran Día y darán cuenta de todas las cosas hechas en el cuerpo, y que habrá un estado futuro de gloria y felicidad eterna para todos los creyentes verdaderos, y de tormento y sufrimiento eterno para todos los no creyentes y pecadores, quienes viven y mueren en sus pecados. Ahora bien, en el verdadero conocimiento y creencia de estos principios (que son el fundamento de la verdadera religión o de la fe cristiana) radica la Verdadera Piedad en lo que respecta a su parte esencial.

En segundo lugar, Piedad en lo más profundo es una conformidad santa con estos principios sagrados y divinos, que el hombre natural no comprende. La Verdadera Piedad consiste de la luz de las verdades y la vida de gracia sobrenaturales, Dios manifestándose a la luz de esos gloriosos principios y obrando la vida de gracia sobrenatural en el alma por medio del Espíritu Santo. Consiste del conocimiento salvador y personal de Dios y Jesucristo y de habérsele quitado las cualidades
pecaminosas del alma y habérsele infundido hábitos celestiales en su lugar o en una conformidad e inclinación hacia el corazón de Dios, aferrándose a todas las verdades que nos han sido dadas a conocer y encontrando las poderosas influencias del evangelio y del Espíritu de Cristo sobre nosotros, de manera que nuestras almas son a imagen y
parecido de su muerte y resurrección. Esto es Verdadera Piedad. No es meramente atenerse a los principios naturales de moralidad ni a un conocimiento dogmático o teórico de los evangelios sagrados y sus preceptos; sino una conformidad fiel a los principios del evangelio, cumpliendo nuestros deberes con la mejor predisposición hacia Dios al igual que hacia los hombres, para que nuestra conciencia se mantenga libre de ofensas hacia ambos (Hech. 24:16).

Consiste en abandonar el pecado y aborrecerlo como la peor maldad y aferrarse a Dios de corazón, valorándolo a él por sobre todas las cosas, estando dispuestos a sujetarnos al principio del amor divino, a todas sus leyes y mandatos. La piedad lleva al hombre a decir con el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Sal. 73:25). San Agustín dice: “Aquel que no ama a Cristo por sobre todas las cosas, no lo ama en absoluto”. El que tiene Verdadera Piedad es celoso de la obra de la religión al igual que de la paga de la religión. Hay algunos que sirven a Dios para poder servirse de Dios. En cambio, el cristiano auténtico anhela gracia, no solo que Dios lo glorifique en el cielo, sino también poder él glorificar a Dios en la tierra. Exclama: “Señor, dame un corazón bueno en lugar de muchos bienes”. Aunque ama muchas cosas además de amar a Dios, no ama esas cosas más de lo que ama a Dios. Este hombre teme al pecado más que a los sufrimientos, y por lo tanto prefiere sufrir que pecar.

En tercer lugar, para poder tener un conocimiento completo y perfecto de ella, quizá no esté de más describir su forma (2 Tim. 1:13; 3:5) junto con las vestimentas que usa continuamente. Las partes externas de la Verdadera Piedad son muy hermosas. No sorprende que lo sean, ya que fueron diseñadas por la sabiduría del único y sabio Dios, nuestro Salvador, cuyas manos son totalmente gloriosas. Pero esto, la formación de la Piedad, siendo uno de los más elevados y más admirables actos de su sabiduría eterna, por supuesto excede toda gloria y belleza. Su forma y hermosura externa son tales que no necesitan artificios humanos para adornarla o para demostrar o destacar la beldad de su semblante; porque no hay nada defectuoso en lo que respecta a su forma evangélica y apostólica, debido a que surgió de las manos de su gran Creador. Como de pies a cabeza no hay nada superfluo, igualmente sus líneas y figura, venas, nervios y tendones:
todos están en un orden tan exacto y admirable, que nada se le puede agregar a su belleza. Por lo tanto, cualquiera que agrega o altera cualquier cosa relacionada con la forma de la verdadera Piedad, la mancha y profana en lugar de embellecerla. Además, Dios ha prohibido estrictamente que se haga esto. “No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso” (Prov. 30:6), adjudicando a Dios algo que no es suyo. ¿Acaso no llaman los papistas adoración a Dios a esas ceremonias supersticiosas y vanas usadas en su iglesia? ¿Y qué es esto más que mentirle? Además, tratar de cambiar
o alterar algo a la forma de la Piedad es cuestionar a Dios, como si Dios no supiera cuál es la mejor manera de adorarle y tuviera que recurrir al hombre para obtener su ayuda, sabiduría e ingenio, agregando muchas cosas que este considera decentes y necesarias. ¿Acaso no es cuestionar el cuidado y la fidelidad de Dios, suponer que no tendría cuidado él de incluir en su bendita Palabra las cosas que son imprescindibles para la Piedad, sin tener que depender del cuidado y sabiduría del hombre débil para que agregue lo que él omite?

Todos, entonces, pueden percibir que la Verdadera Piedad nunca cambia su semblante. Su aspecto no ha cambiado ni en lo más mínimo del que tenía en la antigüedad. No, ciertamente nada le resulta más insólito que esas vestimentas pomposas, esas vestiduras,
supersticiones, imágenes, cruces, sales, óleo, agua bendita y otras ceremonias que para muchos son necesarias para su existencia. Por lo Descripción de la verdadera piedad tanto, hay que tener cuidado de no confundir la forma falsa de la Piedad con la verdadera. Solo falta destacar una cosa más, a saber, tenemos que estar seguros de recibir el poder de la Piedad junto con su forma, pues su forma sin su vida interior y su poder de nada sirve: es como el cuerpo sin el alma, la mazorca sin el grano o el alhajero sin las joyas. Tampoco debe nadie descuidar su forma, porque recordemos lo que el Apóstol dice de “forma de doctrina” (Rom. 6:17) y de “la forma de las sanas palabras” (2 Tim. 1:13); porque así como hemos de aferrarnos a la fe auténtica, hemos también de profesarla.

_______________________
Benjamin Keach (1640-1704): Predicador y autor bautista particular inglés y defensor ardiente de los principios bautistas, aún contra Richard Baxter. A menudo en prisión y en peligro por predicar el evangelio, fue el primero en incluir el canto de himnos en el culto de las congregaciones inglesas. Nació en Stokeham, Buckinghamshire, Inglaterra.

Anuncios