El amor inefable de Dios

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“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Tenemos en estas palabras la suma y sustancia del evangelio.

Observamos en ellas:

1. La fuente y el origen de toda gracia y salvación que nos es brindada, el amor inefable de Dios a la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo. 2. Lo que Dios usó para recuperarnos de nuestra condición caída o el efecto y fruto que fluye de esta condición: Ha dado a su Hijo unigénito. 3. Su finalidad: Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna…

PRIMERO: EL ORIGEN Y COMIENZO DE TODO ES EL AMOR INFALIBLE DE DIOS: “De tal manera amó Dios al mundo”. Veamos aquí:

1. El objeto: el mundo, la acción: amó; 3. El grado: de tal manera amó… Observemos en estas palabras que el comienzo y la primera causa de nuestra salvación es puramente el amor de Dios. La ocasión externa era nuestra ruina, la causa motivadora interior era el amor de Dios.

1. El amor es el fundamento de todo. Podemos mencionar otras cosas como razones, pero no podemos dar el porqué de su amor. Dios mostró su sabiduría, poder, justicia y santidad en nuestra redención por medio de Cristo. Si preguntamos por qué dio tanta importancia a una criatura que  no tiene ningún valor, creada al principio del polvo de la tierra, para luego caer en la deshonra y no poder serle de ninguna utilidad, tenemos
aquí la respuesta: porque nos amó. Si continuamos y preguntamos: “Pero, ¿por qué nos amó? No tenemos otra respuesta más que: “Porque nos amó”; porque no podemos ir más allá del origen de las cosas. Y Moisés expresa la  misma razón: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó” (Deut. 7:7-8), es decir, en pocas palabras, Te amó porque te amó. Nuestro Señor Jesucristo dio la misma razón: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mat. 11:26). Todo procedió de su misericordia gratuita y no merecida; y más allá de esto es inútil que vayamos en busca del porqué de lo que hizo para nuestra salvación.

2. Lo más notable que es visible en el progreso y la perfección de nuestra salvación por Cristo es el amor. Y es apropiado que el principio, el centro y el final coincidan. Más aún, si el amor es tan evidente en todo el diseño y puesta en práctica de esta obra bendita, lo es mucho más en su origen y principio. La gran finalidad de Dios en nuestra redención es la expresión de su amor y misericordia hacia la humanidad, sí, no solo la expresión sino la demostración de su amor. Esto es lo que dice el Apóstol:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5:8). Se puede expresar que algo es real sin que necesariamente se muestre o presente como algo grande. El designio de Dios fue que no solo creyéramos la realidad, sino que también admiremos la grandeza de su amor. Ahora bien, de principio a fin el amor es tan evidente que no podemos pasarlo por alto. La luz no es más conspicua en el sol que el amor de Dios en nuestra redención por medio de Cristo.

Thomas Manton 1

3. Si hubiera otra causa, tendría que o ser los méritos de Cristo o algo de nuestra parte que fuera digno. (1) Los méritos de Cristo no fueron la primera causa del amor de Dios, sino la manifestación, fruto y el efecto del mismo. El texto nos dice que primero Dios amó al mundo y luego dio a su Hijo unigénito. Juan dice “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16). Veamos: así como percibimos y encontramos causas por sus resultados, percibimos también el amor de Dios por la muerte de Cristo. Cristo es el medio principal por el cual Dios cumple los propósitos de su
gracia,  y por lo tanto es representado en las Escrituras como el Siervo de sus decretos.

(2) No hay nada digno en nosotros: Porque cuando su amor lo llevó a dar a Cristo por nosotros, tenía en su mira a toda la humanidad como una masa viviendo en la contaminación o en un estado de pecado y sufrimiento, y por eso nos proveyó un Redentor. Dios al principio hizo una ley perfecta, que prohibía todo pecado so pena de muerte. El hombre desobedeció esta ley, y la seguirá desobedeciendo día tras día cometiendo  toda clase de pecados. Ahora bien, cuando los hombres vivían y seguían en
pecado y hostilidad contra Dios, le plugo enviar a su Hijo para tomar nuestra naturaleza y morir por nuestras transgresiones. Por lo tanto, dar un Redentor fue la obra de su misericordia por gracia. El hombre no amaba a Dios, de hecho, era enemigo de Dios cuando Cristo vino para hacer la expiación: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). “A vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado” (Col. 1:21). Estábamos inconscientes de nuestro sufrimiento, indiferentes a nuestro remedio, tan lejos de merecerlo, que ni lo deseábamos. En el principio estaba el amor de Dios, no el nuestro.

Versiculo 130

APLICACIÓN 1: Refutemos todo malentendido en cuanto a Dios. Es el gran designio de Satanás rebajar nuestra opinión de la bondad de Dios. Entonces asaltó primero a nuestros padres, sugiriéndoles que Dios (a pesar de toda su bondad al crearlos) envidiaba la felicidad y dicha del hombre. Y no se ha desviado de su propósito. Busca esconder la bondad de Dios y presentarlo como un Dios que se deleita en nuestra destrucción y condenación, en lugar de nuestra salvación, como si fuera inexorable y no
quisiera hacernos bien. ¿Y para qué? Para que nos mantengamos distanciados de Dios y lo consideremos aborrecible. O si no puede lograr tanto, nos tienta a tener pensamientos burdos, indignos y malos acerca de su bondad y misericordia. No podemos eludir la tentación más que por medio de reflexionar en su amor por el cual Dios dio a su Hijo para salvar al mundo. Esto demuestra que está más lleno de misericordia y bondad que el sol lo está de luz o el mar de agua. Un efecto tan inmenso demuestra la grandeza de la causa. ¿Por qué expresó su amor de una manera tan maravillosa y asombrosa sino para que tuviéramos pensamientos más elevados y grandes de su bondad y misericordia? Por otros efectos, vemos fácilmente la perfección de sus atributos: que su poder es omnipotente (Rom. 1:20), que su conocimiento es omnisciente (Heb. 4:12-13). Y por este efecto, nos es fácil concebir que su amor es infinito o que Dios es amor.

Versiculo 131

APLICACIÓN 2: Seamos vivificados de modo que admiremos el amor de Dios en Cristo. Hay tres características que expresan el regalo de Dios: (1) La buena voluntad del que da; (2) La grandeza del regalo; (3) La falta de mérito del que lo recibe. Las tres coinciden aquí.

(1) La buena voluntad del que da: Su propio amor y nada más movió a Dios a hacer esto. Fue la libre intervención de su propio corazón sin que nosotros lo pensáramos o puidiéramos. No se da ni puede darse otra razón. Nosotros no pedimos tal cosa, no se le ocurriría a nuestra mente y a nuestro corazón, ni en nuestra mente concebirlo ni en nuestro corazón desear tal remedio para recobrarnos del estado caído de la humanidad. No en nuestra mente, porque es un gran misterio: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad” (1 Tim. 3:16). No en nuestro corazón para pedir o desear, porque hubiera sido una solicitud extraña que pidiéramos que el Hijo eterno de Dios se hiciera carne, pecado y maldición por nosotros. En cambio, la gracia ha obrado “mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20), más allá de lo que podemos imaginar y más allá de lo que podemos pedirle en oración.

(2) La grandeza del regalo: Grandes cosas penetran nuestra mente, querámoslo o no. El regalo de Jesucristo es tan inmenso que expresa a qué extremo llega el amor de Dios. No tiene un Cristo mejor, ni un Redentor más digno, ni otro Hijo para morir por nosotros, ni hubiera podido el Hijo de Dios sufrir peores humillaciones que las que sufrió por nosotros… Por eso sabemos ahora que Dios nos ama, tenemos aquí una muestra o señal que lo manifiesta.

(3) La falta de mérito del que lo recibe: Esto también es cierto. Somos totalmente indignos de que el Hijo de Dios se encarnara y muriera por nosotros. El Apóstol bien lo recalca: “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:7-8). El Apóstol alude a la
distinción que era familiar entre los judíos: Tenían sus hombres buenos o ricos, sus hombres justos, celosos de la Ley y sus hombres malos, sujetos a condenación. Quizá daría uno su vida por alguien muy misericordioso, pero sería imposible encontrar alguien que fuera tan generoso y estuviera El amor inefable de Dios  dispuesto a dar su vida por un justo, o alguien totalmente inocente. Pero subrayemos que hay términos mitigantes: quizá y pudiera ser. Sería raro que alguien muriera por otro, por más bueno y justo que fuera. En cambio, la expresión de misericordia fue infinitamente superior a la que cualquier hombre ha demostrado, por más amistoso que hubiera sido. No había nada en el objeto que lo impulsara a hacerlo, porque no somos ni buenos ni justos, sino impíos. Sin tener en cuenta que no hay ningún mérito en nosotros, porque todos estamos en un estado de condenación, envió a su Hijo a morir por nosotros y librarnos de la muerte eterna, y hacernos partícipes de la vida eterna. Dios de tal manera amó al mundo
cuando habíamos pecado y nos habíamos arrojado conscientemente a un estado de condenación.

De Sermon XVI, “Sermons upon John III.16”  The Complete Works of Thomas Manton, D.D. 

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Thomas Manton (1620-1677): prolífico predicador puritano no conformista cuyas obras comprenden veintidós tomos. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

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