Cristo ascendido y exaltado

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El primer paso en la exaltación de Cristo fue su resurrección; el segundo, su ascensión al cielo; el tercero, el estar sentado a la diestra de Dios. Habiendo considerado el primero, meditemos en los otros dos.
I. SU ASCENSIÓN:

1. Nuestro Señor, habiendo resucitado [de los muertos], no ascendió inmediatamente al cielo, sino que permaneció cuarenta días en la tierra (Hech. 1:3). Gracias a esta demora:

(1) Daría a sus seguidores pruebas indubitables de su humanidad: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies” (Luc. 24:39-40). Mucho tiempo después de su ascensión al  cielo, el último de sus discípulos que todavía vivía testifica: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… os anunciamos” (1 Juan 1:1-3). (2) Cristo dio pruebas satisfactorias concernientes a la realidad de su resurrección. Lo hizo de muchas maneras, instando al pobre discípulo
que dudada que pusiera su dedo y viera sus manos, y que extendiera su mano y la pusiera en su costado (Juan 20:27). Ciertamente se presentó vivo después de su pasión con muchas señales infalibles (Hech. 1:3). (3). Cristo permaneció sobre la tierra por un tiempo para ayudar a sus discípulos a recuperarse del terrible golpe que había sufrido su fe y para instruirles sobre la naturaleza y cosas concernientes a su reino. “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.
Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Luc. 24:44-45).
2. Las profecías requerían la ascensión de nuestro Señor y las Escrituras no pueden ser quebrantadas. Así es que leemos: “Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta” (Sal. 47:5). “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y
también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios” (Sal. 68:18). De esta predicción, tenemos una interpretación inspirada y por lo tanto infalible dada por Pablo en Efesios 4:8-13. Daniel predijo lo mismo: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano
de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran” (Dan. 7:13-14). Nuestro mismo Señor predijo a menudo su propia ascensión: “Voy al Padre” (Juan 14:28). “Voy al que me envió” (Juan 16:5; ver Juan 1:51). Dijo muchas cosas más sobre lo mismo. Tanto que sin lugar a dudas, varias predicciones, que abarcaban al menos mil años, requerían que Cristo ascendiera a Dios.
3. El registro histórico coincide totalmente con las profecías. Ni Mateo ni Juan registran la ascensión de Cristo. No obstante, esta es declarada en cuatro libros del Nuevo Testamento. El testimonio de Marcos sobre el tema es: “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios” (Mar. 16:19). Lucas, en su Evangelio, dice: “Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo” (Luc. 24:50-51). En Hechos 1:9-11 leemos: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos”. Estaban mirando fijamente al cielo mientras ascendía, cuando de pronto dos hombres vestidos de blanco aparecieron junto a ellos y les dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. En 1 Timoteo 3:16, Pablo dice que fue “recibido arriba en gloria”. Entonces, el registro
coincide con la predicción y la explica…
4. Cristo ascendió al cielo desde el Monte de los Olivos. Las Escrituras dicen expresamente que su ida al cielo era necesaria: “a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas” (Hech. 3:21). El propósito de Dios, la verdad de las profecías y la idoneidad de las cosas requerían la
ascensión de Cristo al cielo. Marcos dice: “fue recibido arriba en el cielo”. Lucas dice: “fue llevado arriba al cielo”. Cristo mismo dice: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13). En Hechos 1:11, tenemos las palabras de los ángeles: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de
vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Esteban vio “los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hech. 7:56). Pablo advierte a los patrones que sean buenos y benevolentes, y les da como una razón: “sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos” (Ef. 6:9). Además “nuestra ciudadanía está
en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20). Y “Porque no entró Cristo en el santuario hecho  de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb. 9:24). Pedro dice también “ha subido al cielo”. Pero Pablo dice que fue “hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26). Esta manera de expresarse puede ser una referencia a la idea judía de tres cielos: primero los cielos aéreos y luego los cielos estrellados. Cristo fue hecho más sublime que estos cielos y entró al tercer cielo, llamado a menudo “el cielo de los cielos”.
5. Cuando decimos que Cristo ascendió, nos referimos a su cuerpo humano y su alma humana. Su naturaleza divina llena y siempre ha llenado el cielo y la tierra. De hecho, llena todo espacio, no está confinada a ningún espacio sino que abarca la inmensidad.

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Cuando Cristo caminaba aquí en la tierra, habló del Hijo del Hombre diciendo que estaba en el cielo (Juan 3:13). Esto era cierto en todo momento en cuanto a su naturaleza divina, aunque solo a ella. El efecto de esta exaltación de la naturaleza humana de Cristo no era para aniquilarla, ni para [alterarla] de modo que dejara de ser una naturaleza humana,
sino para glorificarla, para coronarla de gloria y honor. Cuando lo vio Saulo de Tarso, al poco tiempo después de su ascensión, brillaba con un brillo más brillante que el sol. Verlo le produjo una ceguera que fue curada milagrosamente. Unos seis años después, Juan lo vio y cayó como muerto a sus pies. El modo común de explicar este cambio
maravilloso en la apariencia de Cristo es que mientras estaba aquí en la tierra su gloria estaba como cubierta con un velo. En su transfiguración, el velo fue quitado, y sus vestiduras se hicieron blancas y brillantes. En el cielo no hay velo, nada que lo tape. La gloria brilla con esplendor, y nada la oscurece.
6. El modo como Cristo ascendió merece nuestra atención. Cristo ascendió no figuradamente, sino literalmente; no espiritualmente sino [corporalmente]; no de modo invisible, sino visiblemente. Sus discípulos lo vieron subir al cielo tan claramente como lo vieron en la cruz, en el barco o en la orilla del mar. Ascendió en una nube. Nadie nos ha dicho lo brillante que era esa nube ni tampoco su apariencia, pero era como la nube en la cual vendrá para juzgarnos (Hech. 1:11). Ni fue llevado súbitamente. Fue visto dejando la tierra, y visto por un tiempo después que la dejó. Lo contemplaron mientras iba subiendo. ¡Su ascensión fue triunfal! Cuarenta y tres días antes había entrado a Jerusalén montado en una asna. Ahora asciende triunfante a la Jerusalén celestial. Dejó este mundo diciendo palabras de aliento y bendición a los humildes. Las primeras nueve oraciones de su sermón del monte empiezan con la palabra bienaventurados. Lo último que hizo sobre la tierra fue pronunciar una bendición sobre su pueblo. Su ascensión el cielo fue gloriosa en todo sentido. Es indudable que su apariencia lo era… La ascensión del Señor fue un evento jubiloso en todo sentido y así lo consideraron sus discípulos, como nos informa Lucas expresamente. Fue el fruto bendito de sus sufrimientos y obediencia. Y fue visto por un número suficiente de testigos competentes y verosímiles, no menos de quinientos (1 Cor. 15:6)…
II. ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS:

Esta es el tercer paso de la recompensa de nuestro Señor, el tercer paso de su exaltación. Esto lo requerían las profecías. David había dicho: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Sal. 110:1; compárese Luc. 20:42; Heb. 1:13). Tanto Pedro como Pablo dan pruebas que esto se aplica a Cristo.
Cristo mismo predicó lo mismo cuando estaba en manos de sus asesinos: “Desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios” (Luc. 22:69). La Biblia habla mucho de esta posición a la diestra de Dios… Pablo dice que Dios lo sentó “a su diestra en lugares celestiales” (Ef. 1:20). Pedro dice que “está a la diestra de Dios” (1 Ped. 3:22)…Cristo no podía haber sido alzado a un grado más alto de descanso, soberanía, felicidad, poder y majestad. En este estado glorioso, Jesucristo lleva a cabo sus oficios de mediador.
Él es el gran Profeta de la Iglesia. En él está la plenitud del Espíritu. Por su Espíritu, convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8)…

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No tiene ningún guía o consejero. El Espíritu es uno con el Padre y el Hijo. Es soberano en todos sus actos (1 Cor. 12:11). No puede ser comprado con dinero, lágrimas o sangre. Sino que hay una armonía gloriosa en los asuntos de la Trinidad. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. No hay ninguna diversidad de opiniones ni de voluntad en la Deidad. El día de Pentecostés, Pedro dijo: “[Jesús siendo] exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:33). Entonces el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo.
Ilumina nuestro entendimiento, obra la fe en nosotros y nos salva. Cristo también levanta, califica y envía a todo obrero del evangelio real y auténtico. Es Cabeza de todas las cosas relativas a la Iglesia. En su estado de exaltación, Cristo sigue siendo nuestro Sacerdote. Por cierto que ya no presenta ofrendas, pero intercede gloriosamente
por nosotros. La gloria de su intercesión puede comprobarse en estos hechos: (1) la Persona del Intercesor es [inexpresablemente] generosa. (2) Cuenta con el beneplácito de su Padre. (3) Su intercesión tiene plena autoridad. (4) Prevalece siempre. (5) Es única. (6) Continúa para siempre.
En su exaltación, Cristo también es Rey. En esto, la grandeza de su gloria es: (1) Su reino que es espiritual y por ende tiene su centro en el corazón de su pueblo. (2) Su orden es absoluto en lo que se refiere a la verdad, la equidad y la justicia. (3) Es tan estable como el trono de Dios. (4) Es para siempre jamás.
1. [Por lo tanto] tenemos derecho a esperar la conversión de todos los escogidos por Dios. La depravación natural y los hábitos que llevan a un continuo pecar por largo tiempo pueden dar la impresión de que una transformación es imposible. Pero porque Cristo está sentado a la diestra de Dios, su pueblo se ofrecerá voluntariamente en el día de su
poder (Sal. 110:1-3).
2. No habrá fracaso alguno en el cumplimiento de los planes y designios de Dios. “El Señor está a tu diestra; quebrantará a los reyes en el día de su ira. Juzgará entre las naciones” (Sal. 110:5-6).
3. La Iglesia está a salvo. Su Cabeza está exaltada, él la ama y compró con su sangre. La ha grabado en las palmas de sus manos. Su éxito depende de su brazo lleno de poder, de su gracia que es infinita, su intercesión que siempre prevalece. La confianza humilde y exclusiva en el Capitán de nuestra salvación nunca sufre una decepción.
4. Hacia el estado glorioso al que se dirigen sin pausa los creyentes en Cristo. El cielo, el cielo de los cielos, el tercer cielo, el paraíso, la nueva Jerusalén, la ciudad de Dios, son algunos de los nombres de la gloria que espera al espíritu de los justos que han sido perfeccionados. La gloria de aquel mundo bendito es que el Cordero es su luz. Seremos
como él, pues le veremos como él es (1 Juan 3:2). Nuestros cuerpos viles serán convertidos en cuerpos similares al de él (Fil. 3:21). Moraremos eternamente con el Señor (1 Tes. 4:17).
5. Un sometimiento y una obediencia de todo corazón y universal a Cristo son tanto apropiados como obligatorios. Tenemos que someternos, ya sea con gozo para salvación o con pesar para destrucción… No habrá gritos pidiendo misericordia más fuerte, ningún alarido de angustia más penetrante, ningún lamento de desesperación que destroce más el corazón que los que al final se escucharán de los hombres que no le dieron importancia a las cosas eternas. Si tú estás todavía en tus pecados, una de dos cosas es cierta: o tu conciencia está en una guerra perpetua y temible con tus prácticas, o has adoptado algún error que le quita a la vida dignidad y a la muerte esperanza.
Tomado de Rock of Our Salvation 

William S. Plumer (1802-1880)