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Nadie puede leer las Escrituras sin ver la gran importancia que estas le dan a Cristo Jesús en el plan de salvación.

(1) Dice allí que es el Primero y el Último, el Alfa y el Omega, el Autor y Consumador de nuestra fe. Es el Obispo de las almas, la Fuente de agua viva, la Cabeza de la Iglesia, la brillante Estrella de la mañana, la Rosa de Sarón, el principal entre diez mil y codiciable. Pablo sentía tal pasión por él que afirmó: “Me propuse no saber entre vosotros [los corintios] cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Cor. 2:2).

(2) En la iglesia del Antiguo Testamento era conocido con nombres y títulos [como estos]: el Ángel del pacto, el Ángel del Señor, Admirable, Consejero, el Renuevo, el Mesías o Ungido. También lo llama allí Dios Fuerte y Jehová de los Ejércitos (Isa. 6:3; 9:6). En el Nuevo Testamento su nombre personal es Jesús, o Salvador (Mat. 1:21; Luc. 2:21). Su nombre oficial es Cristo o “Ungido”. También es llamado Emanuel, o “Dios con nosotros”. A menudo se lo llama Dios y Señor.

(3) Un mediador es alguien que se pone entre dos partes que están enemistadas a fin de reconciliarlas. Cuando no están enemistadas, no puede haber mediación. “Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno” (Gál. 3:20). Si no hay partes, no puede haber un mediador. Un mediador difiere de un defensor porque este último cuida los intereses de una de las partes, mientras que el primero considera ambas. Cristo es llamado el Mediador del Nuevo Pacto, el Mediador de un pacto mejor y el Mediador del Nuevo Testamento (Heb. 8:6; 9:15; 12:24). En el Antiguo Testamento a un mediador se le llama árbitro (Job 9:33).

(4) Es correcto y apropiado, y quizá necesario, que un mediador sea un igual de ambas partes. Jesucristo llena estos requisitos para hacer su obra. Puede poner su mano sobre Dios al igual que sobre pecadores. Conoce la voluntad de Dios y los derechos de Dios. Conoce los pecados del hombre y las necesidades del hombre. No traicionará a ninguna de las partes. Ser igual a Dios no fue cosa a la cual aferrarse (Fil. 2:6).

(5) Los conflictos y controversias son de tres clases: 1. Los que surgen meramente por errores, 2. Los que resultan por faltas de ambas partes, 3. Los que resultan por faltas de solo una parte. La controversia del hombre con Dios es de esta última clase. Solo el hombre tiene culpa. Solo el hombre ha cometido faltas. Los caminos del Señor son rectos. Los caminos del hombre no son rectos. (cf. Eze. 18:25, 29; 33:17, 20).

(6) Jesucristo es el único Mediador del nuevo pacto. Así lo dice Pablo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Tim. 2:5-6). Si es malo creer en dos o más dioses, lo es también creer en dos o más mediadores. Moisés es llamado mediador una vez (Gál. 3:19). Los antecedentes del evento al cual se refiere son sencillamente estos: Moisés era un mensajero encargado de comunicar a Israel la voluntad de Dios y comunicar a Dios los anhelos del pueblo de Dios. El pasaje
se refiere a la ocasión cuando este dio la Ley, cuando la manifestación de la majestad divina fue tan terrible que Israel le pidió a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Éxo. 20:19). En la mediación entre Dios y los pecadores para asegurarles la salvación, no hay otro
mediador sino Cristo (Hech. 4:12; 1 Cor. 3:11).

(7) La gran finalidad de la mediación de Cristo es la salvación de su pueblo. Así lo dijo el ángel que anunció su nacimiento: “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21). “Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Ef. 5:23). Como mediador, no hace acepción de personas. Su cuna, raza, riquezas, honores, color y nacionalidad no son nada para él. Descarta totalmente todas las distinciones culturales o las inventadas por el hombre. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3:28). Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6).

(8) La necesidad de un mediador se debe a la santidad y justicia de Dios y a los temores, la culpabilidad y los sufrimientos del hombre. Dios es tan santo que no puede tolerar la maldad (Hab. 1:13). ¿Y cómo puede el hombre, librado a su propio criterio, ser justo con Dios? (Job 9:2). No hay dos cosas más opuestas entre sí que la vileza del hombre y la pureza de Dios.

(9) Jesucristo fue escogido por su Padre para ser el Mediador (Isa. 42:1; 1 Ped. 2:4). Dios no eligió a ningún otro para la misma obra. No se otorgó él mismo su oficio. Su Padre declaró repetidamente que sentía complacencia en Cristo y con su actuar. Haberlo levantado de entre los muertos y exaltado a su diestra es la prueba más fehaciente de que se complacía en él. Dios honró grandemente a Moisés cuando lo enterró en un lugar secreto, pero nunca lo sentó a su diestra.

(10) Es grandioso vivir bajo la mediación de Cristo. Por medio de él, contamos con maravillosos descubrimientos del carácter y la gloria de  Dios. Por medio de él son enviadas  influencias celestiales para atraernos a Dios. Jamás se han hecho ofrecimientos más gloriosos a las criaturas que los ofrecimientos de vida y salvación. A los que aceptan
la mediación de Jesucristo le son dadas las bendiciones más ricas que existen. Esto dice Pablo a los creyentes: “Porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor. 3:21-23). “Donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:17-18). “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Cor. 5:1). “Y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Cor. 6:17-18). Todas estas innumerables bendiciones son seguras para el que cree en el Señor Jesucristo y deposita en él toda su esperanza y toda su salvación. La eternidad misma no agotará las riquezas indescriptibles que ha asegurado Cristo para los creyentes.
(11) Es cosa seria vivir en obediencia al evangelio. Nadie puede despreciar la mediación de Jesucristo sin incurrir en la peor de las culpas y exponerse a los más graves peligros. “Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y
desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su
voluntad” (Heb. 2:2-4). No hay nada más pecaminoso o peligroso que pisotear al Hijo de Dios, tratando su sangre como inmunda y afrentando al Espíritu de gracia (Heb. 10:28-29).
Tomado de «Theology for the People».
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William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano, predicador
del evangelio y autor de numerosos libros; nacido en Greensburg, PA.