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A lo largo de la Biblia, el pueblo de Dios se caracteriza por una pureza distintiva. Su pureza moral no es un logro propio, sino la obra de Dios en medio de él. Como dijo el Señor a los hijos de Israel: «Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44a). Dado que habían sido escogidos por un Dios santo como pueblo que llevaría su propio nombre, debían reflejar su santidad por su manera de vivir, de adorar a Dios y por sus creencias.

El código de santidad es elemental para comprender el Antiguo Testamento. Como nación escogida por Dios, Israel debía vivir según la Palabra y la Ley de Dios, que diferenciaría visiblemente a los hijos de Israel de sus vecinos paganos.

El Señor le recuerda a la nación que sería conocida por el nombre de Dios y que por ende debía reflejar su santidad. «Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra» (Dt. 7:6).

El Nuevo Testamento también describe a la iglesia como el pueblo de Dios que es visible al mundo por la pureza de su vida y la integridad de su testimonio. Como Pedro dijo a la iglesia: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia» (1 Pe. 2:9,10) – (1 Pe. 11,12).

Como el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia debe verse a sí misma como una comunidad forastera habitando en medio de la oscuridad espiritual, forastera para el mundo, que debe abstenerse de las concupiscencias y las tentaciones del mundo. La Iglesia debe distinguirse por su pureza y santidad y firmeza en su confesión de fe dada por los santos una vez para siempre.

El apóstol Pablo relacionó claramente la santidad que se espera de los creyentes con la obra consumada de Cristo en la redención: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él» (Col. 1;21,22).

La identidad de la iglesia como el pueblo de Dios debe ser evidente en su confesión pura de Cristo, su testimonio valiente del evangelio y su santidad moral delante de un mundo que la observa.

DISCIPLINA EN EL CUERPO: La primera dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella ejercitada directamente por Dios al tratar con los creyentes.  Como advierte el libro de Hebreos: «Habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ?qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?» (He. 12: 5-7).

A menudo esta disciplina es evidente en el sufrimiento, tanto individual como congregacional. La persecución por parte del mundo tiene un efecto purificador sobre la iglesia. Esta persecución no debe buscarse, pero si la iglesia es «probada por fuego», tiene que dar prueba de ser pura y auténtica, y recibir este sufrimiento como disciplina del Señor, tal como los hijos reciben la disciplina de su padre.

La disciplina cariñosa de dios para con su pueblo es su derecho soberano y se aplica completamente en acorde con su carácter moral, con su propia santidad.

La segunda dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella responsabilidad disciplinaria dada a la iglesia misma. Así como es la disciplina paternal de Dios para los que ama, debe ser la disciplina que lleva a cabo la iglesia como una parte integral de su responsabilidad moral y teológica.

El Apóstol Pablo confrontó un caso de fracaso moral escandaloso en la congregación corintia que incluía «fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombre entre los gentiles» (1 Co. 5:1). Les indicó que actuaran con rapidez y audacia para quitar semejante mancha de su congregación. También les advirtió: «Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?» (vv. 6-7a). La indignación moral de un Apóstol herido es evidente en estos incisivos versículos, que llama a la iglesia corintia a la acción y ejercer disciplina. Ahora la iglesia ha caído en un pecado corporativo por tolerar en ella la presencia de un pecador tan descarado y arrogante. El pecado manifiesto en su medio es como un cáncer que, dejado a su suerte, se extenderá por todo el cuerpo.

En la segunda carta a los Tesalonicenses, Pablo ofrece una directiva similar, combinando su preocupación por la pureza moral y la ortodoxia doctrinal: «Os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente y según la enseñanza que recibisteis de nosotros» (2 Ts. 3:6). Pablo indica a los tesalonicenses que sigan su ejemplo: «pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros» (3.7).

EL MODELO DE LA DISCIPLINA CORRECTA: ¿Cómo debían haber respondido los corintios a este pecado público? Pablo habla en 1 Corintios acerca de entregar a este pecador a Satanás y sacarlo de la congregación. ¿Cómo hacer esto? A los gálatas, Pablo escribió diciendo:» Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre,  considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gá.6:1) Esta enseñanza es clara, indicando que los lideres espirituales de la iglesia debían confrontar con espíritu de humildad y mansedumbre al miembro que estaba pecando, y hacerlo con miras a restaurarlo. Pero, ¿cuáles son los pasos precisos a tomar?

El Señor mismo proveyó estas instrucciones cuando enseñó a sus discípulos (Mt. 18:15-17).

El Señor instruyó a sus discípulos indicándoles que debían primero confrontar en privado al hermano que estaba pecando. En caso de que la confrontación privada no lleve al arrepentimiento, la restauración y reconciliación, el paso siguiente es llevar testigos. Si el hermano no escucha aun en la presencia de uno o dos testigos, pasa a ser asunto de la congregación.

Lamentablemente, la confrontación congregacional puede no dar el resultado deseado. Si no lo da, la única alternativa es la separación del hermano en pecado.

¿Qué del líder de la iglesia que está en pecado?  Pablo le indicó a Timoteo que los líderes de la iglesia -los ancianos- deben ser considerados «dignos de doble honor» cuando cumplen bien su ministerio (1 Ti. 5:17) Pero cuando un anciano cae en pecado, eso es un asunto de grandes consecuencias. Primero, ninguna acusación debe ser recibida en base a solo un testigo sin corroborar. Sin embargo, si el cargo es confirmado por dos o tres testigos, (Pablo dice) «repréndelos delante  de todos, para que los demás también teman» (1 Ti. 5:20). Indudablemente, los líderes llevan una carga mayor, y los pecados de un anciano causan aún más perjuicios a la iglesia. La reprensión pública es necesaria, porque el anciano peca contra toda la congregación. Como advirtió Santiago: «Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Stg. 3;1).

Los escándalos de inmoralidad por parte de los lideres de la iglesia han causado tremendos perjuicios a la causa de Cristo. El juicio más estricto debe ser una viva advertencia para aquellos que violan la Palabra de Dios y, por su ejemplo, causan que otros pequen. El incumplimiento de la iglesia contemporánea en aplicar consistentemente la disciplina bíblica ha dejado la mayoría de estos escándalos sin resolver sobre una base bíblica, por lo que siguen siendo una mancha sobre iglesia.

 

Tomado de The Disappearance of Church Discipline | How Can We Recover?  Partes 1 – 4.

R.Albert Mohler, Jr.