Definición de Disciplina Eclesiástica

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Disciplina incluye todos aquellos procesos por los cuales una iglesia, como encargada del cuidado de las almas, educa a sus miembros para el cielo, brinda instrucción pública y privada en el evangelio, el mantenimiento de reuniones sociales para su edificación y confort y, en general, el cultivo de un espíritu que aviva y atesora la vida cristiana. En esto radica el poder principal de la iglesia.

Pero disciplina, en un sentido más estrecho, denota la acción de la iglesia, ya sea como individuos o como un cuerpo, se refiere a ofensas cometidas contra las leyes de Cristo. En este sentido, incluye:

EL CUIDADO MUTUO DE LOS MIEMBROS POR MEDIO DE OFRECER ALIENTO, CONSEJOS, AMONESTACIONES Y REPRENSIONES.  Esto es individual, privado y una prevención contra ofensas. Si esto se hiciera, y se llevara a cabo con un espíritu religioso, tierno, cariñoso y serio, pocos serían los casos en que se requeriría una disciplina más a fondo. Un cuidado realmente cristiano de ayuda mutua entre los miembros indudablemente coadyuva al desarrollo máximo de la vida de iglesia. Dijo David: “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza” (Sal. 141:5). Y el evangelio recomienda encarecidamente: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gál. 6:1). “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:12-14). Dondequiera que la vida de iglesia se aproxima a este gran ideal, el ambiente espiritual tiene tanta vitalidad que cada alma rebosa de poder espiritual y se siente inspirada a vivir una vida más elevada y más santa.

LA RESOLUCIÓN DE LAS DISCORDIAS PERSONALES PRIVADAS. Cristo da las siguientes indicaciones: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mat. 18:15-17). Tome nota de que:

  1. El ofendido, si no lo hace el ofensor, debe tomar la iniciativa de tener una conversación con este. El tema y la conversación han de ser estrictamente privados. Su objeto es ganarse al ofensor como hermano.
  2. Si esto no da resultado, y existen pruebas de la ofensa, entonces uno o dos hermanos sabios, miembros de la iglesia, serán elegidos como testigos y mediadores, y el caso completo será considerado por ellos.
  3.  Si esto no da resultado luego de que las partes han sido notificadas, será presentado ante la iglesia para su consideración.

Notemos varios puntos más:

  1. La persona agraviada no tiene opción en cuanto a tomar este curso de acción o tolerar el agravio. Es obligatorio, y se convierte en el ofensor si no lo hace.
  2.  Si en la conversación privada la ofensa es negada, y no hay testigos de ella, no se puede tomar el segundo paso. Porque en ese caso, la parte que tienen la queja se convierte en un ofensor, habiendo hecho un cargo sin pruebas.
  3.  Si los “dos o tres” ante quienes, en el segundo paso, se ha presentado el caso consideran que la ofensa no es real o ha sido quitada satisfactoriamente, la parte ofendida, aunque insatisfecha, no puede tomar el tercer paso. Porque el ofensor los ha “oido”, y el acusador debiera estar satisfecho con la decisión de los hermanos que él mismo ha seleccionado.
  4.  Si esta gran ley de Cristo se cumpliera a la perfección, sería imposible que hubiera conflictos personales en la iglesia.

LA RESOLUCIÓN EN CASOS DE DIFERENCIAS RELACIONADAS CON CUESTIONES DEL MUNDO. La ley cristiana, tal como la enuncia 1 Corintios 6:1-11, exige que las diferencias entre miembros no se ventilen ante tribunales seculares, sino que sean referidas al juicio de miembros maduros de la iglesia.

  1. Los cristianos están mejor calificados para tomar decisiones oficiales sobre estas diferencias que los tribunales seculares.
  2.  La aparición de miembros de la iglesia como litigantes ante un tribunal secular es en sí impropio e inconsistente con sus relaciones y esperanzas profesadas como miembros del cuerpo de Cristo.

PROCEDIMIENTO EN CASO DE OFENSAS PÚBLICAS, INCLUYENDO TODAS LAS OFENSAS CONTRA LA FE Y LA VIDA REQUERIDA DEL MIEMBRO DE LA IGLESIA, tales como inmoralidades, herejía, codicia, el causar divisiones, negligencia habitual de deberes pactados y la persistente violación del orden eclesiástico. En las iglesias apostólicas los ancianos, como supervisores – gobernantes – del rebaño tenían la responsabilidad especial de mantener la disciplina de la iglesia.

  1. Los oficiales, habiéndose  enterado de los informes implicando a un miembro, procederán a investigarlo privadamente, y si los cargos resultan ser ciertos, tratarían de reivindicarlo. Este es el paso más importante dado que, si es realizado con cariño y privadamente, por lo general es eficaz.
  2. Si el primer intento fracasa, se haría otro aplicando adicionalmente toda la fidelidad y bondad cristiana que se podría sugerir.
  3. Si esto también fracasa, presentarían el caso ante la iglesia con todas las evidencias, y si su declaración del caso fuera disputado, el acusado tendría plena oportunidad de presentar su defensa. La iglesia luego tomaría su decisión, y, de ser adversa al acusado, requeriría una reparación del daño o procedería a excluirlo de su comunión.

La exclusión es el acto final del poder de la iglesia. Es la exclusión formal del ofensor de la comunión de la iglesia por la cual deja de ser miembro de la misma.

Una disciplina bíblica, administrada con ternura y fidelidad, es una de las acciones más trascendentales para el bienestar de la iglesia.  Una disciplina así es una necesidad urgente tanto para ayudar al alma individual como para la pureza, paz y autoridad moral del cuerpo.

 

Tomado de The Church: Its Polity and Ordinances.

Hezekiah Harvey (1821 – 1893)