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La declinación de la disciplina eclesiástica es quizá el fracaso más visible de la iglesia contemporánea. Habiendo perdido el interés en mantener la pureza de la confesión o el estilo de vida, la iglesia contemporánea se ve a sí misma como una asociación voluntaria de miembros autónomos con una mínima rendición de cuentas a Dios, y mucho menos unos a otros, con respecto a la moralidad.

La falta de disciplina eclesiástica ya no es algo que asombra, por lo general ni se nota. De hecho, la mayoría de los cristianos a quienes se les presenta la enseñanza bíblica acerca de la disciplina eclesiástica, encaran la cuestión como una idea con la que nunca antes se habían topado. Lo cierto es que, sin una recuperación de la disciplina funcional para la iglesia – firmemente establecida sobre los principios revelados en la Biblia – la iglesia continuará su deslizamiento hacia la disolución moral y el relativismo. La disciplina auténtica y bíblica no es opcional, sino una característica necesaria e integral del cristianismo auténtico.

¿Cómo ocurrió esto? ¿Cómo pudieron las iglesias abandonar con tanta rapidez y de forma tan generalizada una de sus funciones y responsabilidades más esenciales?. El abandono de la disciplina en las iglesias está ligado directamente al acomodo paulatino del cristianismo a la cultura norteamericana.

En los inicios del siglo XX, la disciplina eclesiástica estaba en franca decadencia. La cultura en general comenzaba a adoptar una moralidad individualista autónoma. El resultado de estos desarrollos fue el abandono de la disciplina eclesiástica, y cada vez más áreas de la vida de los miembros se comenzaron a considerar fuera de la incumbencia de la congregación.

Este gran cambio en la vida de las iglesias fue seguido por las tremendas transformaciones culturales en los primeros años del siglo XX, caracterizadas por el pensamiento «progresista» y la liberación moral. Ya para la década de 1960, solo una minoría de iglesias pretendía  practicar el principio regulativo de la disciplina. Significativamente, la  rendición de cuentas y la disciplina moral confesional generalmente fueron conjuntamente abandonadas.

La categoría teológica del pecado ha sido reemplazada, en muchos círculos, por el concepto psicológico de la terapia.de la terapia.

Los individuos reclaman para sí mismos un enorme espacio de privacidad personal y autonomía moral. La congregación redefinida ahora como una mera asociación voluntaria no tiene derecho a  invadir este espacio. Muchas congregaciones han renunciado a cualquier responsabilidad de confrontar hasta los pecados más públicos de sus miembros. Dominados por los métodos pragmáticos, por el llamado iglecrecimiento y por la «Ingeniería congregacional», la mayoría de las iglesias dejan los asuntos relacionados con la moralidad librados a la conciencia individual de cada miembro…

La noción misma de la vergüenza ha sido descartada por una generación para la cual este término es innecesario y solo un obstáculo para lograr una pretendida realización personal total.

La demostración de este abandono de la moral puede verse en las principales denominaciones protestantes, que se han rendido ante la ética de «liberación» sexual. Los protestantes liberales ya perdieron toda credibilidad moral en la esfera sexual. El homoxesualismo no es condenado, aunque la Biblia lo condene claramente. Por el contrario, los homosexuales tienen su lugar especial en las denominaciones, sus propias publicaciones y sus derechos especiales en las asambleas de las denominaciones.

Los evangélicos, aunque todavía afirman que siguen las normas bíblicas de moralidad, se han rendido por completo ante la cultura del divorcio. ¿Dónde están las congregaciones evangélicas que afirmaban que los votos matrimoniales debían ser cumplidos? Unido a esta preocupación por no ofender a los miembros de la iglesia está la aparición de la «cultura de derechos», la cual entiende a la sociedad meramente en términos de derechos individuales en lugar de responsabilidad moral.

Los miembros de las iglesias se aferran tanto a su propio «diálogo sobre los derechos» que las congregaciones han tenido que llegar a considerar casi cualquier tipo de conducta, o «estilo de vida» como aceptable, o por lo menos, fuera de los límites de la sanción congregacional.

El resultado de esto es la pérdida del modelo bíblico para la iglesia y el inminente colapso del cristianismo auténtico en esta generación. Como Carl Laney lamenta: «La iglesia de hoy está sufriendo de una infección que se ha dejado empeorar… Así como una infección debilita el cuerpo destruyendo sus mecanismos de defensa, la iglesia se ha debilitado por causa de esta horrenda llaga. La iglesia ha perdido su poder y efectividad de servir como un canal de cambio social, moral y espiritual. Esta enfermedad es causada, por lo menos en parte, por la negligencia en el ejercicio de la disciplina eclesiástica.

 

Tomado de «The Disappearance of Church Discipline – How Can We Recover?» Partes 1-4