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«No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor; que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor» (Jeremías 9:23-24).

¿ES EGOÍSTA DIOS?

Algunas preguntas surgen naturalmente en nuestra mente después de leer estas palabras del profeta Jeremías. ¿Por qué es mejor alabar a Dios que alabarnos a nosotros mismos? ¿A santo de qué esa insistencia por parte de Dios en que nos gloriemos en Él? (2 Corintios 10:17). ¿No produce esto la impresión de que Dios es un poco egoísta? Nosotros debemos renunciar a toda jactancia y Él, en cambio, insiste en que no dejemos de alabarle. ¿Por qué?

No es difícil hallar razones en contra del engreimiento propio. Ya de por sí el espectáculo de una persona que no hace más que decir grandezas acerca de sí misma es sumamente desagradable.

El orgullo es una insensatez manifiesta. Nadie reúne suficientes cualidades para poder hacer un elogio de su propia persona «en regla», porque nadie es tan perfecto como supone.

¿Qué hay de malo en la pedantería? Quizá el propio Jeremías (17:5) nos facilite un comienzo de respuesta cuando declara: «Así ha dicho el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre». Esta respuesta implica que la alabanza propia equivale a confianza en las capacidades humanas. Cuando empezamos a decir que somos listos, pronto nos lo creemos hasta nosotros mismos. Y esto de tal manera que, a la larga, no confiaremos más que en nosotros como si fuéramos los seres más sabios del mundo. Así la alabanza propia nos lleva a la pedantería, y esta nos aleja de la confianza en Dios. De tales personas dice el Señor: «Será como la retama en el desierto y no verá cuando viene el bien, sino que morará en las sequedades en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada» (Jeremías 17:6). El simbolismo es obvio. Una mata de retama en el desierto no tiene agua. Está reseca. Verdad es que, hasta cierto punto, puede parecer independiente, pero precisamente a causa de su independencia no recibe del exterior lo que necesita para su crecimiento, y, de hecho, la retama en el desierto solo puede sobrevivir por el agua que recibe del mundo que la rodea.

Cuando una persona hace alardes de autosuficiencia, confiando en sí misma y desechando a Dios de su vida, cierra la puerta y las ventanas de su existencia al sol y a la salud que emanan de la fuente de la Vida. Es decir, el petulante busca la independencia; y la independencia es el gran pecado, porque conduce a la ruina del hombre. En el huerto de Edén (Génesis 3:5), el tentador dijo a la mujer: «Seréis como Dios»; o sea: seréis independientes.

«Bien -acaso diga alguien-, ¿y qué hay de malo en que se quiera ser independiente?». Sencillamente, que si una persona consigue ser completamente independiente, muere. Y muchos lo han conseguido: de ahí que haya tanta muerte espiritual. Si nos desentendemos del medio ambiente, del agua y de la tierra, no podemos vivir. Si no queremos saber nada de Dios, habremos perdido el contacto con Aquel que dijo: «Yo soy la verdad y la vida»(S. Juan 14:6).

La independencia es muerte porque corta la fuente de suministros. Dios sostiene el universo y le comunica su poder preservándolo. Solo podrán sobrevivir, en consecuencia, los que sean sostenidos por el poder de Dios.

Examinemos al hombre que quiere ser dependiente. Es como un árbol plantado junto a arroyos de aguas: «Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto» (Jeremías 17:7,8).

El único árbol que puede llevar fruto es aquel que con sus raíces busca el agua y el sostenimiento en el mundo exterior a él. Igualmente, el único hombre que puede llevar fruto es el que confía en Dios y espera de Él la energía y el poder vivificantes.

Por supuesto, cualquiera puede escoger el ser independiente. Tiene libertad para hacerlo; puede elegir la independencia y morirse. Pero si quiere fruto, si quiere fortaleza, si quiere poder y -lo que es más importante- si quiere vida (en abundancia y eterna) debe encajar en el universo que Dios ha creado.

Para cambiar de figura consideremos nuestro reloj: tiene un maravilloso engranaje en el cual todas las piezas están ajustadas y relacionadas de manera perfecta. Pero imaginemos, por un instante, que cada una de las piezas quisiera ser independiente o, siquiera, que una sola dijese: «Estoy cansada de encajar siempre en el mismo sitio. Quiero ser independiente. Me libraré de todo lo que no sea yo misma, y volveré a ajustar cuando me dé la gana, no cuando el mecanismo del reloj me lo ordene». Esta pieza habrá obtenido la independencia; sí, pero al costo de su vida. Pues, desencajada, ya no sirve para nada. Unida al engranaje ayudaba a señalar las horas, ahora solo le queda ser arrojada a la basura.

Como estas piezas, también nosotros -si queremos vivir vidas con sentido- debemos tratar de «adaptarnos» al mundo de Dios.

«SI EL HIJO OS LIBERTARE…»

Nuestra «adaptación» debe empezar estableciendo contacto con la principal Fuente de poder espiritual qué es Dios mismo. Pero la Palabra de Dios nos asegura que existe un gran impedimento para que este «contacto» pueda establecerse: «Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros para no oír » (Isaías 59:2). Nuestro alejamiento de Dios, nuestro vivir desentendidos de Él, constituyen la esencia del pecado, y este nos cierra el paso a la comunión con el Señor. ¿Qué debemos, pues, hacer para establecer la comunicación? Solucionar el problema del pecado.

¿Y cuál es la solución para el problema del pecado? No se trata de una cosa, sino de una Persona: Jesucristo. «De cierto os digo -enseñó Él (S. Juan 8:34-36)- que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado». Es decir: el pecador es un esclavo. Esta es la paradoja de la independencia: creemos ser libres cuando en realidad estamos sujetos al absurdo del pecado y la condenación. En cambio, la sublime paradoja del salvación consiste en que, renunciando a nuestra independencia anárquica para unirnos a Dios por medio de Cristo, obtenemos, no solo la plenitud de vida sino también la libertad. La verdadera libertad es: «Llevad mi yugo sobre vosotros y hallaréis descanso para vuestras almas»; «si el hijo os libertare seréis verdaderamente libres» (S. Mateo 11:29; S. Juan 8:34-36). Libres del pecado y de la muerte. Jesucristo viene a decir:»sed mis esclavos y os convertiréis en hombres verdaderamente libres».

Pero aún no hemos respondido a la pregunta formulada al principio: ¿ Por qué Dios reclama siempre ser enaltecido? ¿Por qué debemos alabarle a Él si sabemos que toda jactancia es mala?.

La respuesta es clara y contundente: Dios es el único Ser verdaderamente independiente, Él existe sin ayuda de nadie; más aún: «sin Él nada de lo que ha sido hecho,  fue hecho» (S. Juan 1:3). Él es el Creador de cuanto existe, el Cerebro que se esconde detrás de todas las leyes de la Naturaleza, el Corazón y la Fuente de la Vida. Eterno e Infinito. Omnipotente y Omnipresente. No es, pues, malo que estemos «orgullosos» de nuestro Dios, ni es egoísmo de su parte el que nos pida nuestra sumisión y acatamiento; más bien esto forma parte de sus bendiciones para con nosotros. Y es, por otro lado, un reconocimiento de la Verdad y de la Realidad.

Más no solamente el interés o la necesidad deben impulsarnos a nuestra entrega a Dios, para «encajar» (para «adaptarnos» a la verdadera Vida), sino que a ello debiera movernos, sobre todo, el hecho de que podemos unirnos a Dios gracias al amor manifestado por el Señor a favor nuestro. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, sino tenga vida eterna » (S. Juan 3:16).

¿Seguirás con tu vida independiente? de hacerlo así ya sabes el fin.

¿No crees que vale la pena renunciar a tu triste independencia actual para encontrar – en el único Independiente- la verdadera libertad y la verdadera vida? Cristo te espera. Él es el único que podrá dar sentido a tu vida, incorporándola a los sublimes planes de su soberana y perfecta voluntad.

«Aquí va la respuesta» José Grau, Editorial Peregrino